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Sting, el estoico tras el bajo

En la complejidad musical del jazz, el músico británico descubrió el instrumento con el que emprendió camino a la cima. "El bajo, sin ser deslumbrante, se ajustaba mejor a la parte oculta de mi personalidad", escribe Sting es su autobiografía.
María Eugenia Sevilla
14 mayo 2017 21:8 Última actualización 15 mayo 2017 5:0
'57th & 9th' es el proyecto que lo lleva de gira por el mundo -y lo trae al país esta semana- y también es su “regreso al rock”. (Especial)

'57th & 9th' es el proyecto que lo lleva de gira por el mundo -y lo trae al país esta semana- y también es su “regreso al rock”. (Especial)

En 1973, cuando el rock se cubría de diamantina y David Bowie se erigía como tótem de la androginia glam con su cresta roja, en el puerto inglés de Newcastle upon Tyne, un joven Gordon Sumner se enfundaba “con orgullo perverso” en una horrenda camisa rosa que uniformaba a los integrantes de una banda de jazz tradicional con la que llevó al bajo un nutrido repertorio de standards.

Se llamaban The Phoenix Jazzmen y cada sábado animaban –a veces sin éxito- a públicos de obreros, mineros y gente de los astilleros después de sus partidas de bingo, con ragtimes y viejos clásicos de Nueva Orleans.

Con 22 años encontraba aquella música de antes de la guerra -Louis Armstrong, King Oliver, Sidney Bechet- “tan visceral y excitante como el rock and roll”. Escudriñó a los Beatles, a Dylan y a Hendricks en la guitarra, como después los discos de Monk, Davis y Coltrane, pero del rock glamuroso de su tiempo, nada. “No tenía interés en nada de eso”, asegura en su autobiografía, Broken Music (2003).

Sting –sobrenombre que recibió en los atriles del jazz, cuando el líder de los Phoenix se mofó de su hoy famoso suéter con franjas de abejorro- nunca encajaba del todo en ningún entorno. Desde chico se acostumbró a refugiarse dentro de sí, donde la cualidad apolínea de su mirada lo medía todo desde lejos.

“A menudo he sentido que soy un impostor -confiesa en el libro-, mostrando todas las señales de la conformidad, pero conservando un conocimiento tenaz y persistente de que no estoy mostrando mis verdaderos colores. Que una vez adentro, simplemente no pertenezco al lugar”.

DE VUELTA EN MÉXICO
¿Qué? 57th & 9th Tour
¿Dónde? Auditorio Nacional
¿Cuándo? 17 y 18 de mayo, 20:00 horas
Localidad: $320 a $4,300

Así pudo aliarse con los bullies de su escuela de barrio bajo sin tener que participar en fechorías, e integrarse como maestro de primaria en un colegio católico, aunque no era religioso. Su afán de ocultarse halló un sitio cómodo en la discreción del bajo y en la intelectualidad musical del jazz, aunque nunca se consideró un jazzista de verdad.

“El bajo, sin ser deslumbrante, se ajustaba mejor a la parte oculta de mi personalidad, mucho mejor que la guitarra. Sería un heroísmo discreto el que yo buscaría, estoico y firme como el de mi padre. Mis ambiciones se concretarían de abajo hacia arriba”, escribe.

ÚLTIMA SALIDA 
Algo tenía en las venas del espíritu de esa ciudad, dedicada a construir enormes navíos que desde aquellos muelles del Mar del Norte eran lanzados al infinito. Le urgía escapar del salitre, de la eterna infelicidad de su padre, un exsoldado resuelto en lechero, y una madre cuya hermosura no le había acarreado más una vida de decepción flauvertiana.

Y fue en el jazz que el joven encontró su boleto al futuro. Last Exit fue el atávico nombre de la banda de jazz-rock que le invitó a formar su amigo Gerry Richardson, quien tocaba el hammond. Ambos habían armado otro ensamble de jazz en 1971, Earthrise, cuando cursaban la carrera de Magisterio, y después formaron parte de la Newcastle Big Band. John Hedley, una leyenda local, se les unió en la guitarra, y Ronnie Pearson en la batería, quien, decía la leyenda, había declinado formar parte de los Beatles. Corría 1974.

Last Exit fue el antecedente directo de The Police. Ahí Sting comenzó a cantar y a poner a prueba sus composiciones. Varias trascendieron al legendario trío rock que formó en 1977, algunas con modificaciones, como So lonely o Bring on the night. I burn for you atrajo la atención de Virgin Records y le ganó al grupo la grabación de un disco.

La banda se hizo de cierto renombre local y llegó a ser invitada al Festival de Jazz de San Sebastián, antes de disolverse con la salida del vocalista.

EL LADRÓN BLANCO DEL JAZZ NEGRO 
Siempre en fuga, el sueño conquistado en el rock se sintió como corsé tras ocho años. Más de 60 millones de copias vendidas no fueron suficientes para retener al frontman de una de las bandas más importantes del momento en el mundo. Era 1984.

“La libertad de no tener que adaptar una composición a un trío fue como abrir una ventana en un cuarto cerrado”, explicó a la revista Lyrics en 2010.

Para su nueva propuesta reclutó a algunos de los mejores músicos negros de jazz de la generación emergente: Omar Hakim, de Weather Report, en la batería; Darryl Jones, del Miles Davis Group, en el bajo; el tecladista Kenny Kirkland y el saxofonista Branford Marsalis, de la banda que dirigía Wynton Marsalis.

Ningún artista pop blanco había reunido una banda de jazzistas negros para hacer un disco.

“El pop está muerto porque se ha vuelto reaccionario y racista. A los músicos negros no se les está dando la oportunidad de ser escuchados en la radio blanca ni en las publicaciones de blancos. Esta banda es al revés. Y es un desafío abierto al sistema”, dijo Sting en Bring on the Night, el documental de 1985 que registra la formación del proyecto.

Pero no eran sus acompañantes. “Son demasiado buenos para eso y yo demasiado listo para querer eso”, le aclaró a NME en 1985, año en que lanzó el proyecto.

Que músicos serios de jazz se colaran al hit parade - If You Love Somebody Set Them Free llegó el tercer sitio en Estados Unidos- alzó cejas en el nicho jazzístico. “Algunos puristas reprueban que hagamos esto, pero creo que los músicos podemos tocar todo”, argumentó Kirkland en Bring on the Night.

Wynton retiró el habla a su hermano por desairar a la orquesta y “venderse”.

“Fue doloroso”, le dijo Branford al New York Times en 1992. Pero 10 años después le confesaría al Jazztimes que para él, tocar con Sting fue un crecimiento. “Porque en vez aquellos largos solos que no sabía cómo empezar ni terminar, de pronto, durante año y medio tuve solos de 90 segundos. Con esa disciplina, cuando regresé al jazz, mis solos eran más intensos y menos sobrepensados”.

Luego vino un segundo disco, Nothing like the sun (1987), con la misma alineación, que llegó a las Top 40 del Billboard con Englishman in New York.

La banda no continuó como tal y los subsecuentes discos de estudio tampoco tuvieron la carga jazzística de sus dos primeros, pero Sting se mantiene siempre cercano al género y a su escena. Ha grabado standards como She walks this Earth, de Ivan Lins, o Ain’t no Siunshine, junto a David Sanborn, entre otras colaboraciones con grandes figuras, como Chris Botti, con quien aparece en el disco en vivo Night Sessions, de 2001. Ese año, el trompetista lo contactó con el contrabajista Christian McBride para compartir el escenario de su famoso concierto del 11-S en la Toscana, Italia.

Si bien 57th & 9th, el proyecto que lo lleva de gira por el mundo -y lo trae al país esta semana- es su “regreso al rock”, su banda de apoyo continúa conformada por luminarias jazzísticas, de cepa, como el baterista Vinnie Colaiutta.

POR LOS SENDEROS DEL ROCK
Su decimosegundo álbum de estudio, 57th & 9th (A&M/Interscope Records) es el primer proyecto rock/pop de Sting en más de una década. Producido por Martin Kierszenbaum, el disco lanzado el 11 de noviembre de 2016 presenta 10 temas inéditos, en los que participan sus colaboradores de siempre: Dominic Miller (guitarra) y Vinnie Colaiuta (batería), así como el baterista Freese (Nine Inch Nails y Guns n’ Roses), el guitarrista Lyle Workman y los coros de la banda de Tex-Mex de San Antonio, The Last Bandoleros.