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Soy un narrador compulsivo: Luis Fernando

10 febrero 2014 4:31 Última actualización 26 septiembre 2013 5:2

 [El caricaturista presenta el primero de dos tomos que hablan de su peculiar personaje Yoni Latorta / Luis Fernando]


 
Viridiana Villegas Hernández
Las insólitas aventuras de Yoni Latorta (Editorial Resistencia), del caricaturista Luis Fernando, es el primero de dos tomos que hablan acerca de un peculiar personaje: un hombre ingenuo y despistado que se gana la vida atendiendo su puesto de tortas en la calle de Dolores, en el Barrio Chino ubicado en el Centro Histórico, y que, a raíz de un encuentro con La Llorona, se convierte en aficionado investigador de los fenómenos paranormales.
 
Gran imaginación, independencia e increíbles trazos son algunas de las características en la obra de Luis Fernando, quien desde 1979 comenzó a publicar su trabajo en diversos impresos (siendo él mismo, en varios casos, uno de sus fundadores), como ocurrió con los suplementos de historietas “Másomenos”, del viejo unomásuno a fines de la década de los setenta, e “HistErietas”, del periódico La Jornada en 1988. También fue uno de los pioneros en la revista El Gallito Cómics, creada en 1992 por Edgar Clément, José Quintero, Ricardo Peláez, Ricardo Camacho y Frik –proyecto que se mantuvo en circulación hasta el año 2000. En fin, él es uno de los representantes más importantes del cómic en México e, incluso, uno de los caricaturistas más veteranos en el arte de dibujar figuras roqueras en el país [un cuarto de siglo realizando las portadas de la revista zacatecana Dos filos, dirigida por José de Jesús Sampedro, lo avalan].
 
En esta ocasión, sin embargo, la charla con él es acerca de Las insólitas aventuras de Yoni Latorta, volumen que rescata una selección de las primeras tiras en las que aparece este simpático personaje, y que, en especial para este libro, alarga –para beneplácito del lector– el aliento del argumento en el que La Llorona se le aparece al tal Yoni Latorta, evento sobrenatural que marcará la vida y obra de este protagonista.
 
De entrada, Luis Fernando comenta que nunca estuvo interesado en dibujar súper héroes, tener buena paga y mucho menos llegar a las grandes ligas del mercado estadounidense, “el cual maneja el dinero y la distribución mundialmente”. Lo anterior se debe a que eligió otro camino: el cómic de autor.
 
“Bueno o malo, mi trabajo refleja mi muy particular manera de comentar el mundo. La apuesta de la generación a la que pertenezco fue la independencia, aprehenderla a pesar de las limitaciones del pequeño mercado mexicano; como dice el dicho, ‘más vale ser cabeza de ratón que cola de león’.”
 
–¿Cómo es ese entendimiento del mundo a través de Yoni Latorta?
 
–En realidad mi proceso es azaroso y quizá se deba a que siempre he sido un narrador compulsivo. Un día se me ocurrió inventar a un investigador de lo paranormal y apareció él. Pienso que la mecánica de la creación es no tener miedo al ridículo o al absurdo. A través de todo este tiempo he realizado muchos personajes, quizás algunos han tenido mayor presencia que otros porque he regresado a ellos; Yoni es uno de estos casos: él surgió de forma casual y cuando se lo mostré a Magú, quien entonces era el coordinador de “HistErietas”, me sugirió modificarle un poco el rostro, pues tenía rasgos parecidos a los de un bebé; así que, justo en ese momento, con corrector en mano, le cambié un ojo por un tache y le agregué puntitos que simularan una barba descuidada. Es impresionante cómo algo que comienza de manera juguetona puede convertirse en toda una labor imaginativa. Por ejemplo, el nombre de este personaje traté de ligarlo al italiano y ahora, viendo este detalle, entre otros, noto la influencia que tuvo en mí la chispa ingeniosa de Gabriel Vargas con La Familia Burrón; Elzie Crisler Segar, autor de Popeye con su cúmulo de personalidades vivas, y George Herriman con su inolvidable Krazy Kat.
 
–¿En alguna ocasión pensó que Yoni Latorta tenía posibilidades de crecer en su trabajo como autor, buscarle nuevas aventuras?
 
–Nunca me he casado con un personaje, siempre me he mantenido abierto a nuevas posibilidades (incluso Quino fue honesto y tuvo congruencia al terminar con Mafalda, pues se dio cuenta que comenzaba a repetirse, a hacer ese trabajo de forma mecánica y sosteniéndolo sin satisfacción alguna). Después de crear a Yoni, jamás pensé retomarlo porque no suelo evaluar si una de mis invenciones da para más o no; un mes después de su primera aparición, se me ocurrió una historia que iba como anillo al dedo a un investigador de lo sobrenatural como él. En ese momento reparé que si bien poseía una identidad gráfica, sólo sabía su nombre (pues al igual que en el cuento, en la historieta importan más las acciones que las explicaciones acerca de los sujetos). Fue entonces que traté de acercarme, aunque sin forzarme mucho por descubrirle un pasado, lo cual es una práctica bastante tradicional y convencional para ayudarse en el proceso.
 
–No obstante, en este tomo aparecen algunos datos del árbol genealógico del protagonista y de Tuna Tinaco, la misteriosa asistente de este detective aficionado.
 
–Es cierto, pero los hice hasta ahora para la publicación del libro, y no antes de crear a esta mancuerna. Si bien por años fantaseé con los ancestros de cada uno, la verdad es que no había concretado nada en papel al respecto; este ejercicio fue divertido porque me permitió mezclar aspectos de mi familia, como que mi abuela era de Guadalajara, Jalisco, y mi abuelo de León, Guanajuato, igual que algunos parientes cercanos de Yoni. Al final de este volumen aparecen ciertos ancestros dibujados, pero por ahí quedaron los bocetos completos de todos y cada uno de los antepasados de estos personajes, incluso con nombre, lugar de nacimiento, cómo se conocen, qué hacen. Les armé una historia individual siguiera o no el linaje.