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Sin importar quién, el Barcelona sigue

Con la llegada de Luis Enrique, el que es "más que un club" sigue tan campante en la élite europea, el Mundial de Clubes puede ser su quinto blasón en 2015, mérito tan frecuente que apenas hace levantar las cejas.
Mauricio Mejía
16 diciembre 2015 21:56 Última actualización 17 diciembre 2015 5:0
Nada más placentero para los culés que arrebatar la soberanía mundial al club merengue que pandea en la liga y en la Champions actuales. (Reuters)

Nada más placentero para los culés que arrebatar la soberanía mundial al club merengue que pandea en la liga y en la Champions actuales. (Reuters)

Los pregoneros de los ocasos insinuaron, todavía con Josep Guardiola en el banquillo, que el Barsa se había agotado. Sobrevisto, sobrecargado de barroquismo y, sobre todo, ensimismado de tanto tiki-taka. Acostumbrado a la pelota, decían, no faltará el club que le ponga cara con una postura distinta: delegarle la posesión y darle la vuelta con un control de la tierra. Han sucedido muchos veranos desde entonces y el club blaugrana se ha transformado sin perder la esencia. Guardiola despacha en la banda bávara; llegaron y se fueron Vilanova y Martino, arribó al puesto Luis Enrique y el que es “más que un club” sigue tan campante en la élite europea: el Mundial de Clubes puede ser su quinto blasón en 2015, mérito tan frecuente que apenas hace levantar las cejas.

Contra lo que se piensa, y sugirieron aquellos pregoneros de las oscuras golondrinas, el equipo ha cambiado progresivamente incluso desde el primer año del mítico Guardiola. La retirada de Xavi Hernández le quitó resonancia al medio campo, quizá el más artístico de la historia del balompié. El arribo de Alba le permitió abrir la cancha por la banda y la salutación primero de Neymar y luego de Suárez le permitió el lujo extraordinario de un Messi más suelto y creativo con los delanteros consumados y licenciados en la alta escuela de la ofensiva. El MSN latino le ha quitado geometría a las avanzadas blaugranas y le ha dado una movilidad de líneas rectas casi impensable en los tiempos del míster Josep. La goleada al Madrid en la Liga es ejemplo de la metamorfosis de un plantel saturado de premios y logros.

Cuando el Barsa se enfrentó a la Juventus en la final de la Champions League el ambiente miraba con morbo las circunstancias: sin pelota, con defensa de zona y con una daga en la espalda, la Vieja Señora sometía a escrutinio al poderoso y renovado cuadro catalán. Vestido de gala se tomó la afrenta como una cuestión personal y resolvió el dilema apegado a sus costumbres ya renovadas en la marea de los sucesos. Messi y Luis Enrique dirimieron dentro y fuera del vestuario un debate sobre el cómo. Superadas las diferencias, el caprichoso mago se dispuso a brindar sus mejores faenas a los comparsas del tridente. Y la pareja de habilidosos le dieron razón con goles. Si el Barça de Guardiola ensanchó el césped con pases que desdoblaban la cintura del campo, el de Luis Enrique lo ha alargado al límite. El culpable del éxito en el experimento (esa es la labor del banquillo) fue Suárez, ariete y colaborador sincero en los despliegues delanteros. Sólido el Barça asume hoy el partido de semifinales de un torneo que le viene bien en el pecho. Nada más placentero para los culés que arrebatar la soberanía mundial al club merengue que pandea en la liga y en la Champions actuales.

Todo ha cambiado en el Barsa, menos Busquets, el sello de agua de una época que al transformarse se confirma y se afilia a sí misma.