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culturas

Sin Cohen en tiempos oscuros

El poeta Leonard Cohen se ha quitado el sombrero en tiempos oscuros. Lo que ahora queda es el silencio, la antesala de una tragedia que tiene muchos nombres: Trump, Brexit, ISIS, Siria.
Eduardo Bautista
13 noviembre 2016 22:35 Última actualización 14 noviembre 2016 5:0
Cohen aseguraba que Estados Unidos es la cuna de lo mejor y lo peor de la humanidad. (Ismael Ángeles)

Cohen aseguraba que Estados Unidos es la cuna de lo mejor y lo peor de la humanidad. (Ismael Ángeles)

En The Future, Leonard Cohen vaticinó que el viejo código occidental se rompería. Y, en efecto, algo se quebró el 9 de noviembre cuando Donald Trump ganó las elecciones presidenciales de Estados Unidos. En Democracy, la misma voz ronca profetizó el entreguismo del sistema político norteamericano a los hombres de negocios. Hoy la Casa Blanca se prepara para recibir al magnate de los casinos.

Leonard Cohen se ha quitado el sombrero en tiempos oscuros. Lo que ahora queda es el silencio, la antesala de una tragedia que tiene muchos nombres: Trump, Brexit, ISIS, Siria. El poeta canadiense se fue de este mundo un día antes de que el republicano se convirtiera en el cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos. Mientras su cuerpo era enterrado -el pasado jueves- en la humildad de una caja de pino crudo, según el rito judío, en el cementerio de Shaar Hashomayim de Montreal, las ultraderechas elevaban copas y el Ku Klux Klan salía a la calle para festejar la nueva etapa de la democracia estadoundiense, la misma que hoy -lo anticipó Cohen hace 25 años- está mas cerca de los dólares que de las ideas de Tocqueville, Jefferson o Washington.

En 82 años, el bardo testimonió totalitarismos, guerras, muros y genocidios; también avances democráticos, progresos tecnológicos y prosperidad económica. Como Baudelaire o Neruda, cantó el espíritu de su época con lengua de oro.

“Su voz es la conciencia crítica de nuestros tiempos”, asegura el músico y escritor Alonso Arreola. Y es que con esa imagen oscura y elegante, Leonard Cohen parecía más un profeta, un Mefistófeles ascendido de los infiernos, poseedor de sentimientos ocultos y verdades absolutas.

Decía Cohen que una cicatriz es lo que sucede cuando la palabra se hace carne. Su partida le ha dejado a la civilización una herida irremediable, aún abierta y lacerada por los girones del racismo, que se asoma impío entre los niños de la escuela primaria Royal Oak, en Michigan, bajo el grito: “¡Construye ese muro, construye ese muro!”, a sus compañeros latinos; o en la Universidad de Nueva York, donde alguien escribió “Trump” en una sala de culto musulmán; o en otro colegio de la comunidad somalí de Minnesota, en cuyos muros se lee: “Vuelvan a África”. Y enseguida, el lema de la campaña trumpista: “Hacer grande a América otra vez”.

Al poeta tampoco le tocó ver a los adolescentes de Nuevo México maquillarse la cara con los colores de la bandera confederada, ni a David Duke, ex líder del Ku Klux Klan, escribir en su cuenta de Twitter el miércoles 9 de noviembre: “esta es una de las noches más felices de mi vida. Nuestra gente tuvo un papel enorme en la elección de Trump”, al tiempo de regocijarse por ser una de las figuras más comprometidas en la preservación de la gente blanca en el mundo.

De sus cientos de canciones, es Democracy una de las más inquietantes, pero también una de las más certeras. Sus versos son balas que anuncian el fuego demagogo que hoy consume los valores modernos de la Revolución Francesa: igualdad, fraternidad y libertad. En este tema -lanzado en 1994- Cohen canta sobre “los muros de la decepción”, “las familias rotas” y “el poderoso barco del Estado que navega por los acantilados del odio”. Irónica situación: Donald Trump ganó las elecciones un día antes de que se conmemoraran 27 años de la caída del Muro de Berlín.

Cohen aseguraba que Estados Unidos es la cuna de lo mejor y lo peor de la humanidad. “Es aquí -canta en Democracy- donde tienen el alcance y la maquinaria para el cambio. Es aquí donde la gente tiene la sed espiritual”.

El poeta vivió sus últimos años en Los Ángeles, alejado de los reflectores y concentrado en su último disco, You Want It Darker, que salió a la venta tres semanas antes de su partida. En él volvió a los temas esenciales con los que comenzó su carrera: la muerte, la vida y el judaísmo, el que muchas veces negó en nombre de la libertad. Canta en una de sus canciones: “hineni, hineni”, un concepto hebreo que hace referencia a estar preparado para enfrentar la muerte.

Él estaba listo para el final, pero el mundo quizás no lo esté para lo que viene.

CUANDO GRECIA ENCONTRÓ AL POETA
El Mar Egeo. Una Olivetti color verde olivo. Una hermosa mujer, noruega, llamada Marianne. Un poco de hachís. Algo de ginebra. Tabaco. Ray Charles. En eso consistía el mundo de Leonard Cohen a los 25 años. Un mundo que cabía perfectamente en la Isla de Hidra, la misma que cautivó a Henry Miller, Mick Jagger, Allen Ginsberg y Jacqueline Kennedy.

El ambiente hippie llegó a esta región del Golfo Sarónico mucho antes que a California. El ambiente bohemio y el amor libre atrajeron a artistas de todas latitudes, la mayoría jóvenes desconocidos con sueños de poetas, pintores y cantantes.

Eran los albores de los años 60. Aburrido del clima londinense, el joven Cohen buscaba una vida alejada del bullicio y las obligaciones del hombre moderno. En Hidra no había autos; ni siquiera electricidad: sólo mar, arena, calles empedradas y silencio.

Aunque para entonces ya escribía algunas cosas, fue en esta isla donde halló su vocación de poeta. Su breve paso por Atenas alimentó su espíritu. E igual que Lord Byron y Oscar Wilde, Cohen se redescubrió a sí mismo en la patria de Homero, el primer poeta de la historia.

Aunque quizás la clave de todo fue Marianne, su amor eterno. Sí. La misma de So Long, Marianne. A la que también dedicó Bird on the Wire. “Vivíamos bajo el sol, descalzos. Éramos muy pobres, pero también muy felices”, declararía ella en So Long, Marianne: A Love Story (2008), el libro que cuenta la historia de esta turbulenta relación.
Hoy, Hidra luce desnuda, quieta y silenciosa. Tal y como la encontró Leonard Cohen hace 50 años.

El futuro
(fragmento)
Devuélveme mi noche rota,
mi habitación de espejos, mi vida secreta;
esto es muy solitario,no queda nadie a quien torturar.
Dame control absoluto
sobre todos los seres vivos,
y acuéstate a mi lado, nena,
¡es una orden!

Dame crack y sexo anal,
coge el único árbol que queda
mételo en el agujero de tu cultura.
Devuélveme el Muro de Berlín,
dame Stalin y San Pablo.
He visto el futuro, hermano:
es un crimen.

Las cosas van a deslizarse en todas direcciones,
no habrá nada,
nada que puedas volver a medir.
La ventisca del mundo
ha cruzado el umbral
y ha volcado
la orden del alma.
Cuando dijeron: “¡Arrepiéntete!”,
me pregunto a qué se referían.

No tienes la más remota idea de mí,
nunca la tendrás,
nunca la tuviste.
Soy el pequeño judío
que escribió la Biblia.

He visto las naciones levantarse y caer,
he oído sus historias, las he oído todas,
pero el amor es el único motor de supervivencia.

Aquí tu siervo ha sido ordenado,
decirlo claro, decirlo fríamente:
Se ha acabado,
fin del trayecto.
Y ahora que las ruedas del cielo se han detenido,
sientes la fusta del diablo.
Prepárate para el futuro:
es un crimen.

El antiguo código occidental
saltará en pedazos.
De pronto, estallará tu vida privada.
Habrá fantasmas,
habrá fuegos en la carretera,
y el hombre blanco bailando.
Verás a tu mujer colgada boja abajo,
su vestido cubriéndole el rostro,
y todos los miserables poetuchos
aparecerán,
intentando sonar a Charlie Manson.