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“Si protestamos, es por defender la ternura”

10 febrero 2014 4:19 Última actualización 10 octubre 2013 5:2

[El uruguayo Daniel Viglietti actúa el domingo en el Festival Cervantino / Braulio Tenorio / El Financiero]


 
Carmen García Bermejo
 
 
Daniel Viglietti es un referente de la palabra comprometida con las mejores causas de América Latina. Su guitarra, su música y sus canciones incitan a la reflexión sobre lo vivido. Y es con este espíritu que el músico uruguayo se presenta el domingo 13 de octubre, justo al mediodía, en el Festival Internacional Cervantino, con su concierto Canciones humanas, en la ex Hacienda de San Gabriel de Barrera, Guanajuato.
 
 
Uno de los hilos conductores de este cuadragésimo primer Festival Internacional Cervantino (FIC), es el de dedicarlo a los artistas de distintas épocas y disciplinas que se han enfrentado a la violencia, la discriminación o la injusticia. Daniel Viglietti (Montevideo, 1939) es una de estas personalidades que han reaccionado, por medio de sus obras, a la adversidad. Pero también participa en esta “fiesta del espíritu” porque su país, Uruguay, es el invitado internacional de honor del FIC. 
 
 
Cantante, compositor, guitarrista, docente y locutor de radio y televisión, Viglietti ha tomado la música como arma de resistencia, aunque señala que el instrumento puede variar porque puede ser una guitarra o un libro. Lo esencial es la toma de conciencia sobre la desigualdad y la injusticia imperantes en tantos países:
 
 
“Yo tomé conciencia desde hace mucho tiempo –afirma Viglietti en entrevista con El Financiero–. Creo que así como un día me sensibilizó a mí la canción de Atahualpa Yupanqui y la poesía de César Vallejo, ahora tengo la posibilidad de tocar aunque sea una célula de la sensibilidad de alguien que me escucha y, con mi música, transmitir sentimientos. No se trata sólo de canción de protesta, como se nos etiqueta. Son muchas cosas juntas. Si protestamos, es por defender la ternura, así que mis obras también son canciones de ternura; si luchamos es por defender la alegría. Pero también hay que cantar los nombres de luchadores caídos.”
 
 
La guitarra de Viglietti tiene el sonido fino de un concertista y, a la vez, emite registros de música andina. Desde niño entró en contacto con la música clásica y popular, porque su madre, Lyda Indart, era una famosa pianista, y su padre, Cédar Viglietti, guitarrista e investigador del folclor uruguayo. Aunque Daniel Viglietti estudió en el Conservatorio Nacional de Música de Uruguay, decidió seguir el camino del canto popular desde principios de los años sesenta.
 
 
“Con esas bases que me dieron mis padres –apunta–, yo estaba condenado a no ser ornitólogo.
 
 
Estaba condenado a lo cultural. Pero no me bastaba con ese principio de carrera tocando a los músicos renacentistas, quería expresar mi propia voz y, para ello, había que recurrir a la palabra. Como me gustaba mucho escribir, para mí fue propicio mi ambiente. Al principio hice canciones ingenuas, textos muy líricos, paisajistas. Pero, de a poco, fui entrando a la realidad. En esto, Cuba marcó un hito porque nos enseñó que era posible hacer la revolución sin necesidad de importar una lucha lejana, que éramos capaces de hacerla en nuestra lengua, con nuestro vino. Que era posible. En 1959, cuando yo tenía 20 años de edad, me marcó profundamente ese suceso.”
 
 
El cantautor expresa que, en aquel momento, se acercó a los poetas de diferentes países y que, por ejemplo, conoció las denuncias previas a la revolución cubana. Primero, por la poesía de Nicolás Guillén. Después, musicalizó a Federico García Lorca, Rafael Alberti, César Vallejo, Líber Falco y Circe Maia, entre muchos otros poetas. Fue aprendiendo de esos escritores y, paralelamente, iba haciendo sus canciones con letra y música de su autoría.
 
 
“Bebí la sabia de la poesía –afirma–. No sé si toda mi música es política. Puede ser, a veces, tierna, como una canción de cuna, o pueden ser canciones humanas, que manejan sentimientos, contradicciones, los claroscuros que hay en el ser humano. Todo eso está adentro, hay que procesarlo. No es una actitud consciente. El poeta, el cantor, se sienta, escribe y esa mano guiada por fuerzas que ni siquiera él tiene bien claras, va plasmando cosas que vienen del pueblo, de la lucha, de las historias, de la vida en pareja, del amor, de los hijos, de la búsqueda, de las traiciones, de los abrazos, de las lealtades.”
 
 
Con 56 años de trayectoria profesional, Viglietti ha cantado en teatros, parques, estadios, auditorios... Y lo ha hecho no pocas veces durante el crecimiento de las luchas populares de su país y de América Latina. Por ejemplo, durante la represión que vivieron los movimientos sociales previos al golpe de Estado en Uruguay, fue encarcelado (1972). Entonces, se alzó el reclamo con miles de firmas que exigían su liberación, entre las cuales estaban las de Miguel Ángel Asturias, Jean Paul Sartre, Julio Cortázar, François Mitterrand y Oscar Niemeyer.
 
 
En 1973 se exilió en Argentina y, luego, en Francia. Regresó a Montevideo el 1 de septiembre de 1984.
 
 
“Durante la dictadura –recuerda–, en Uruguay se prohibió la cultura. Se proscribieron las expresiones libres, transparentes, creativas. A cambio, se impuso una cultura oficial, mediocre, limitada, hipernacionalista en el peor sentido. La cultura viva fue prohibida. Por eso, ocurrieron los exilios, al igual que los inxilios (gente silenciada dentro del país). Por eso, siempre les rindo un homenaje, pues fue muy difícil sobrevivir sin poder cantar, escribir o pintar. Después de la dictadura, se empezaron a reformular géneros, a formarse colectivos que hacen música desde una sensibilidad de lo actual, con su propio estilo y formas de cantar sus letras.”
 
 
Viglietti prepara su nuevo disco, que estará listo a principios de 2014: Canciones humanas, título que parafrasea el libro Poemas humanos, del vate peruano César Vallejo:
 
 
“Lo que hago –precisa finalmente Daniel Viglietti– son canciones de amor. De ese amor humano: el amor a ser libre, el amor a todo ese cambio que, alguna vez, el Che Guevara definió como la búsqueda del hombre nuevo, que también se llama utopía. Es una búsqueda de lo que tiene que cambiar.”