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CULTURAS

Shakespeare, ese Fulano

En San Juan de Abajo, Guanajuato, la realidad es la pobreza y los caminos de terracería. En este lugar se le conoce a Shakespeare como "el fulano". Pero sus letras han ayudado a cambiar historias de vida y a fomentar la inclusión cultural. 
Domingo Aguilar
02 octubre 2014 21:54 Última actualización 03 octubre 2014 5:0
Proyecto Ruelas, la inclusión social y cultural del FIC. (Archivo)

Proyecto Ruelas, la inclusión social y cultural del FIC. (Archivo)

“Y yo me pregunto, ¿dónde nacen los sueños? ¿En el corazón o en la cabeza? Yo creo que los míos nacieron de mi mano, de tanto cargar desde niña”. Sara Grimaldo fue madre de sus hermanos desde los 10. Tiene 30 años, pero luce mayor. Ella vive en San Juan de Abajo, León, en el estado de Guanajuato. Para llegar ahí hay que cruzar una vía de ferrocarril a las afueras de la ciudad y emprender camino entre sembradíos de maíz y sorgo. El asfalto es un lujo de la metrópoli; en esta comunidad la terracería, los charcos y lodazales son la única superficie disponible.

“A los 12 mi madre me llevó a trabajar a una tortillería, yo no quería, yo quería la escuela, pero me aguanté”. Desde joven trabajó en una fábrica de zapatos donde conoció a su esposo, con quien se casó al mes de novios y se llenó de hijos. “Me volví tan dependiente de él, que no hacía nada por mí misma”. Ahora, Sara Grimaldo casi termina la secundaria y es una de las cinco mujeres del poblado que forman parte del elenco de El Mercader de Venecia, de William Shakespeare, que se estrena ante unas 200 personas entre subibajas, resbaladillas y columpios.

Se incorporó a la puesta en escena para aprender y poder expresarse, dice. “También para decirle a la gente que si tiene un sueño, lo realice”. A partir de su colaboración en esta obra, asegura, ya no tiene miedo a decir todo lo que siente.

TEATRALIDAD MARGINAL

Tras una espera de cuatro siglos y medio llegó la tercera llamada. Se montaron escenarios y las historias de Shakespeare fueron representadas por primera vez en comunidades marginales de Guanajuato, a partir del miércoles pasado.

“Sí habíamos escuchado el nombre del ‘fulano’, como le decimos aquí, pero en realidad no sabíamos qué hacía o qué libros o novelas escribía. Ahora ya sabemos”, admite Mayra García, actriz de La Tempestad, que se presenta en Puente de Valle, Salamanca.

Llevar al “fulano” Shakespeare a zonas alejadas del estado, cuyas poblaciones no superan los 800 habitantes, es el objetivo del Proyecto Ruelas, organizado por el Festival Internacional Cervantino (FIC), con apoyos de los tres niveles de gobierno y el British Council.

Alrededor de 2.4 millones de pesos se han invertido en formar, desde junio, cuatro compañías de teatro en San Juan de Abajo, Puente de Valle, La Escondida, Pozo Blanco del Capulín y los Barrios Modelo del estado. Meses de trabajo han resultado en la conjugación de las letras del dramaturgo inglés y las vidas de los habitantes que decidieron exponerse en el escenario.

Aquí no hay diálogos fijos ni personajes, excepto para los actores profesionales involucrados en las obras, adaptadas y dirigidas por Sara Pinedo, Raquel Araujo, Javier Sánchez Urbina y Luis Martín Solís.

LETRAS QUE TRANSFORMAN

Al igual que Sara Grimaldo, pero en Puente de Valle, Mayra García vivió un proceso de cambio a partir del teatro. “Antes era reservada. Si me preguntaban algo, me chiveaba. Ahora sí hablo y digo todo”. Confiesa que a partir de los ensayos se ha vuelto capaz de decidir por sí misma. “Ya agarré las riendas de mi vida y no se las dejo a otros”.

El lugar donde Mayra García creció se asemeja al de la obra de Shakespeare en la que participa. También hay una cueva y el río Lerma fluye por el poblado, al igual que en la isla imaginada por aquél.

Pero la mujer de 30 años se identifica con algo más que el paisaje: el personaje del prisionero Calibán. Y es que ella, como muchas mujeres de su comunidad, se dedica a quitarle las espinas a los nopales.
“Somos lo más cercano a unos esclavos. Pero tenemos que solventar nuestros gastos. No tenemos un derecho, aquí el que paga manda”.

Los ensayos le permitieron romper la rutina. Se convirtió en actriz de su propia historia por dos horas diarias. Ahora atiende a sus tres hijos, limpia su casa, desespina nopales, hace de comer y después se reúne con sus 16 compañeras de escena para relacionar su vida con Shakespeare, en el DIF más cercano. Y lo seguirá haciendo mientras dure el Proyecto Ruelas. Podrían ser años. La iniciativa está planeada para continuar en el largo plazo.

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