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Sergio Romo, el lanzador con 'franela gruesa'

Los insultos racistas y la discriminación que vivió Sergio Romo en Estados Unidos, por ser de ascendencia mexicana, lo hicieron más fuerte para triunfar en las Grandes Ligas.
Alain Arenas
19 enero 2017 22:8 Última actualización 20 enero 2017 5:0
El mexicoestadounidense maneja una bola rápida entre 86 y 88 millas por hora. (Especial)

El mexicoestadounidense maneja una bola rápida entre 86 y 88 millas por hora. (Especial)

Frank Romo viajó desde Brawley –ciudad californiana ubicada a 50 kilómetros de Mexicali- a Zapopan para presenciar la serie entre el Charros de Jalisco y el Tomateros de Culiacán de la Liga Mexicana del Pacífico de beisbol. La primera vez que cubrió ese trayecto lo hizo al revés, cuando aún era niño… y en calidad de indocumentado.

Es robusto y mide cerca de 1.85 metros. Está sentado en el primer nivel del estadio de la novena local. Bebe un trago largo de cerveza. Pone el vaso en suelo cuando ve al pitcher dirigirse a la loma. “Ahí viene, lo van a dejar lanzar”, advierte.

Apenas acaba de pronunciar la frase cuando a través de las bocinas del inmueble suena El Mechón, de la Banda MS. “Eligió esa canción porque quería que su introducción fuera con música mexicana, de sus raíces, aunque a él le gusta el rap”, comparte sobre su hijo, Sergio, quien ganó la Serie Mundial en 2010, 2012 y 2014 con el Gigantes de San Francisco.

La historia de la familia Romo en Estados Unidos comenzó a mediados de los 60. Los abuelos del ligamayorista emigraron de Los Altos, Jalisco, a Brawley. Se dedicaron a trabajar el campo. Después Frank se enlistó en la marina, gracias a la cual obtuvo la ciudadanía. Al retirarse de las fuerzas armadas consiguió trabajo en una empresa que se dedica a limpiar las turbinas de los aviones. Luego se casó con Leticia, otra inmigrante de la región. Del matrimonio nacieron tres hijos.

La infancia y adolescencia del menor de ellos, Sergio, fue complicada. Apoyaba a su familia en el campo de lunes a viernes. Los fines de semana iba a jugar béisbol a Mexicali y, cuando el dinero se los permitía, asistía a los estadios de Grandes Ligas ubicados en California.

“El primer scout que lo vio era del Rays de Tampa Bay. Me dijo: ‘estaría interesado en firmarlo si fuera 10 centímetros más alto’”, comparte Frank. El lanzador mide 1.80 metros, mientras que el promedio de estatura de un jugador en esa posición en la MLB es de 1.90, de acuerdo a un estudio del portal Business Insider publicado en 2014.

“Cuando estuvo en la Universidad del Norte de Alabama los aficionados le decían: ‘Lárgate pocho’, que es un insulto muy fuerte en Estados Unidos, pese a que nació allá. Un día me llamó y me dijo: ‘Dad, en el juego le pegué a seis rivales’. Le pregunté que si su pitcheo estaba descontrolado. Me confesó que no, que fue intencional, porque le gritaban cosas discriminatorias. Se acercó a su mánager, al del colegio rival y a los ampayers, nadie le hizo caso y él decidió solucionar el problema”.

Permaneció un año en esa universidad (2004). Al siguiente pidió su cambio a Mesa State (Colorado), donde concluiría sus estudios.

Frank se pone al borde del asiento, se persigna tres veces y comienza a morderse las uñas, mientras su hijo se prepara para lanzar. “Siempre me pongo nervioso cuando se sube a la loma. Cuando tenía 9 años me dijo: ‘Dad, un día lanzaré en el estadio de los Dodgers’. Sabía que eso iba a ser complicado por nuestra situación económica”.

Ponchó al primer bateador, permitió un hit en el siguiente turno y terminó la entrada con un doble play gracias a su slider, que tiene la similitud de una recta, pero que hace un quiebre instantes antes de que intenten pegarle a la pelota.

“Su abuelo le enseñó cómo agarrar la bola para que diera ese efecto. Los periodistas siempre le preguntan cuál es el secreto, pero siempre los engaña. Lo hace porque, si les dice, los bateadores adivinarán el destino de sus lanzamientos. Pero también porque es bromista, siempre fue inquieto”, asegura Frank.

El mexicoestadounidense maneja una bola rápida entre 86 y 88 millas por hora. Un pitcher promedio de Grandes Ligas, según el portal brooksbaseball.net, alcanza entre 94 y 96 mph.

“Cuando tenía 12 años lanzaba la bola muy rápido y aún no desarrollaba completamente la fuerza de su brazo. En aquellos días se subió a una bicicleta BMX de la que se cayó y quedó inconsciente. Lo llevamos a un hospital de San Diego en el que estuvo tres días. El doctor me dijo que el golpe le afectó un nervio de la columna vertebral y que si no hubiera usado casco no hubiera sobrevivido. Se recuperó, pero el accidente afectó la velocidad de su recta”, agrega Frank.

Sergio Romo llega apresurado a la entrevista, saluda con una sonrisa. Se sienta en el dugout. Se le alcanzan a ver sus perforaciones en cada una de las orejas, además de los tatuajes en brazos y cuello. Lleva la barba larga, misma que utilizó como cábala en la Serie Mundial de 2012, en la que ponchó al venezolano Miguel Cabrera para sacar el último out, con el que San Francisco barrió 4-0 a Detroit.

El cerrador se pone serio cuando se le cuestiona sobre Donald Trump –quien asume hoy la presidencia de Estados Unidos- y si se vería perjudicado por sus políticas radicales en contra de los mexicanos. “No me afecta personalmente, pero indirectamente sí en mi familia, porque está fuera de un ámbito público como el béisbol. ¿Quién la defenderá si hay problemas?”, pregunta.

En el desfile de celebración de su segundo título (2012) viajó en el autobús del equipo con una playera con la leyenda: “Sólo parezco ilegal”, en referencia a la situación migratoria entre México y Estados Unidos.

A pesar de ello, la etapa más difícil de su vida –afirma- fue cuando estaba en las Ligas Menores, en las temporadas 2007 y 2008. “Había muchas personas que me decían que no podía, que me fuera a casa. Estuve cerca de darles la razón y enlistarme en la marina, pero concluí que debía llegar a las Grandes Ligas por mis padres, quienes se sacrificaron para que yo pudiera jugar”.

“No soy una persona que acepte las negativas. No importa si seas pequeño o flaco, lo importante es que tengas la determinación necesaria. La estatura no decreta tu destino”.

El lanzador se describe como alguien cercano a sus seres queridos, que es compartido con ellos. “Quiero ser el mejor de los Romo, no por vanidad, sino para poner el apellido en alto. Trato de ser el que une a la familia, el ejemplo de que la vida no te da las cosas fáciles, pero que puedes conseguirlas con esfuerzo”.

Los tres campeonatos conquistados por Sergio Romo lo convierten en el mexicano más ganador en la historia de las Mayores, logro que se debe a un esfuerzo grupal y no individual. “En San Francisco me aceptaron como soy y demostré que podía con el trabajo. Cuando ganamos el último campeonato en 2014 llamé a mi casa y dije: ‘Dad, te dije que iba jugar en las Grandes Ligas y que iba a lanzar en la Serie Mundial’”.

Frank Romo, padre de Sergio, asegura que tiene ofertas del Yanquis, Reales, Dodgers y Angelinos, pero que no ha firmado porque busca un contrato por dos campañas.