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Ser villano vende: Dagoberto Gama

El actor mexicano admite que da el tipo de narco y de corrupto, un perfil redituable como histrión. "Sin el narco ya no haría cine", afirma. Después de casi una década alejado de los escenarios, Dagoberto Gama regresa a las tablas con "Vuelo 2403".
Rosario Reyes
05 octubre 2015 21:41 Última actualización 06 octubre 2015 5:0
"En otro momento, actores como yo no hubiéramos hecho cine, porque el estereotipo era otro", afirma el actor. (Braulio Tenorio)

"En otro momento, actores como yo no hubiéramos hecho cine, porque el estereotipo era otro", afirma el actor. (Braulio Tenorio)

“Sin el narco ya no haría cine”, dice Dagoberto Gama. Recalca que está bromeando. “Pero es una broma negra, contra mí mismo. Lo que sucede en tu país, en tu entorno, el arte lo refleja. En otro momento, actores como Joaquín Cosío, Damián Alcázar, Jorge Zárate, Silverio Palacios y yo no hubiéramos hecho cine, porque el estereotipo -falso- del mexicano era otro”.

En pantalla, el actor guerrerense proyecta un tipo rudo. Su aspecto le ha permitido realizar personajes célebres por su maldad en cine y televisión, funcionarios corruptos y delincuentes en producciones como El infierno, o La reina del Sur.

De cerca, sin embargo, es un hombre gentil, amable. Cuenta que su madre bromea respecto a que, siendo tan buena persona, le den roles de villano. Pero reconoce que da la pala, una macabra coincidencia que, sostiene, lo mantiene activo.

“No me enorgullezco que existan todos estos temas dolorosos, pero tenemos que sacarlos a la luz pública a través de nuestro trabajo, y mi perfil sirve como una síntesis de esta tipología social en la que estamos inmersos”, reflexiona.

Como actor, lo que busca es indagar en el ser humano, asegura. Y como guerrerense, está convencido de que el arte tiene mucho qué hacer en la tierra donde nació.

“He visto la desigualdad en Guerrero a tres centímetros de mis ojos desde hace por lo menos 50 años”, lamenta. “Pero los artistas hemos estado ahí siempre. Los gobernantes deben tener conciencia de que tienen que aliarse con nosotros. El arte es un fiel aliado del desarrollo social, es el espíritu, el alma, la alegría de la sociedad, mas no para manipularla; no debe ser una anestesia social, sino al contrario, debe ser un puente de exacerbación del espíritu. Pero se cree que el arte y la cultura es un gasto que no reditúa”.

DE VUELTA AL TEATRO
Después de casi una década alejado de los escenarios, Dagoberto Gama regresa a las tablas -dice- como un ejercicio de rigor actoral.

El pasado 4 de octubre comenzó la temporada de Vuelo 2403, un montaje basado en la novela Cosmética del enemigo, de la escritora franco belga Amélie Nothomb, bajo la dirección de Néstor Galván, quien actúa junto a él y a Rafael Aparicio, Paula Serrano y Carolina Rocha. La obra se presentará los domingos a las 20:30 horas en el Foro Shakespeare.

En 2007 protagonizó la última obra de Emilio Carballido, que el dramaturgo le dictó a su compañero de toda la vida, Héctor Herrera: la comedia Un gran ramo de rosas, que se presentó en la Universidad Veracruzana. Ese mismo año, Dagoberto Gama había actuado en la puesta Yamaha 300, que Antonio Castro dirigió en el Foro Sor Juana del Centro Cultural Universitario. Después, el cine y la televisión lo acapararon.

La complejidad de los personajes “malosos”, como él los llama, le divierte mucho. “Tengo la facha y me contratan para este tipo de roles, pero de mi cuenta corre que tengan un encanto especial para que el espectador los acepte”, revela quien ha actuado en todas las cintas de Luis Estrada y en películas independientes como la multipremiada El violín, de Francisco Vargas; Familia tortuga, ópera prima de Rubén Imaz, o en grandes producciones, desde Amores perros, hasta Once upon a time in Mexico.

Vuelo 2403 narra la historia de dos pasajeros se encuentran en la sala de espera de un aeropuerto. Uno le cuenta al otro su vida, que resulta ser la misma que la de su interlocutor. Este argumento atrajo particularmente al actor. “Es una revisión del ser humano y como tal, de mí mismo. Tengo casi 10 años sin hacer teatro y me parece pertinente regresar a las bases, no debo permitirme dejar de formarme como actor sólo porque –bendito sea Dios- tengo un trabajo que la gente me reconoce en otros medios”.

La obra revela cómo el ser humano del siglo XXI no es distinto al del pasado, concluye. “Es un texto sobre la crisis del ser. El punto de partida somos nosotros mismos. Nosotros generamos lo que está bien o mal: cómo llevamos al planeta, al país, a la pareja, a uno mismo, pero no nos damos cuenta, menos ahora; vamos hacia un precipicio, humanamente hablando, y la obra lo refleja de una manera excepcional”.