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Ser pachuco, orgullo y elegancia en el Salón Los Ángeles

12 febrero 2014 5:16 Última actualización 16 abril 2013 19:9

[Cuartoscuro] Es un modo de vida que no se ha perdido en la vorágine de la ciudad. 


Notimex
 
Hombres de tupidas canas y de esbelta figura, ataviados con trajes de tonos llamativos, zapatos bicolor de charol y una singular pluma de faisán montada sobre el también llamativo sombrero de ala ancha, sacan brillo al legendario Salón Los Ángeles, en la colonia Guerrero de esta ciudad.

A su paso por las calles de la popular colonia, incluso antes de llegar a las puertas del edificio, atraen la atención de los transeúntes por su particular vestimenta, en la que destaca los pantalones de cintura y tiro alto, amplios a la altura de las piernas pero ajustados en los tobillos, y la vistosa cadena que cuelga de ellos.


La camisa de colores muy llamativos y de cuello largo también es signo de distinción, que destaca aún más por el chaleco y el saco cruzado y que baja más allá de la cadera de quien lo porta. Todo en ellos llama la atención, pero aún más la gallardía y el orgullo con el que portan su vestimenta.


En el Salón el ambiente se vuelve abrazador, impregnado de sonoridades danzoneras, que animan a las parejas a disfrutar de la pasión, el frenesí, lo emocionante y cautivador de este singular ritmo.


Desde las primeras piezas, se vislumbra ya la aproximación de los cuerpos, las cadencias; la alegría, la realidad y la fantasía conviven en cada una de las parejas, que en la pista muestran sus dotes dancísticos y lucen sus relucientes y elegantes atuendos.


Bailes ejecutados por pachucos y rumberas ataviadas con ceñidos y brillantes vestidos de salón; en la atmósfera se respira cierta nostalgia de las parejas de más avanzada edad, quienes por una noche reviven su juventud.


Los Ángeles está habitado por historias y anécdotas de quienes frecuentan el lugar, uno a uno hacen de su pasado un fresco relato sobre encuentros danzoneros, tal como lo hizo Jesús Juárez, "El cebos", quien muestra su orgullo de ser pachuco desde 1943, cuando esta corriente se encontraba en su apogeo.


Portando un pantalón, camisa y sombrero de color rojo intenso, así como un saco amarillo a cuadros, "El cebos" relata que actualmente se reúne aquí con algunos de sus amigos, también pachucos, para continuar con la tradición, "aunque muchos de ellos ya fallecieron", lamenta.


"Un pachuco debe vestir y bailar bien, además de tener una pareja que también sea bailadora, ya no usamos reloj, ni esclava ni nada de eso, porque ya en la vida nos toman por otra cosa", expresa al dar cuenta de la cultura pachuca, de la vida de estos personajes que todavía el interesado puede encontrar en sitios como éste.


Ser pachuco es un modo de vida que no se ha perdido en la vorágine de la ciudad, hay quienes mantienen la tradición con la cabeza en alto: "seguimos manteniendo accesorios característicos como el sombrero, con el cual también se alude a la moda de Germán Genaro Cipriano Gómez-Valdés Castillo, Tin Tan", dice "El cebos".


El día entra en la oscuridad al ritmo de una música que recrea una bella época; la elegancia predomina en la pista, de entre el grupo de pachucos destaca Zaira Castañeda, quien luce un straple negro y una ajustada falda con lentejuelas plateadas, vestimenta que va combinada con zapatillas, gargantilla y pendientes del mismo tono.


Ella será próximamente coronada como Reina de los pachucos, rumberas y tarzanes.


Zaira se hace acompañar de un grupo de rumberas, igualmente esmeradas en su arreglo, quienes un guardan el honor que sienten al decir que los bailes finos de salón son un arte y no sólo atañen ni a gente mayor ni a clases limitadas económicamente.


Ella y sus compañeras tienen el compromiso de evitar que el danzón y el mambo, entre otros géneros, desaparezcan y por el contrario se difundan más.


La visita al Salón Los Ángeles es entrar a una atmósfera melancólica, un regreso al pasado y plasma un ambiente que participó en la construcción del estilo de vida contemporáneo; sin embargo, es razón y motivo de entusiasmo para señores y señoras, quienes a pesar de los años siguen disfrutando y vistiéndose igual.


Seres, que a la vista de extraños están disfrazados, seguros de sí mismos, que en su exageración en el uso de colores y accesorios exponen la alegría que les provoca ser admirados por los jóvenes y dar a conocer el lenguaje, ropa y actitud que giró en torno a su juventud.


Para Leonel Salazar, otro pachuco que acude al lugar de baile, un miembro de esta corriente no debe confundirse con un "tarzán", pues estos últimos eran los padrotes de las prostitutas en la época en la que lo que predominaba era el swing, el danzón, el chachachá y el mambo.


Orquesta de Pérez Prado, "El calambres" y "El resortes" son algunos nombres que recuerdan con cariño los pachucos Ricardo Zamorano, mejor conocido como "El sabroso"; Manuel del Pozo, Luis Sánchez y Salazar.


Ellos lo tienen en claro: "El que se viste de pachuco y no baile no es en realidad uno de nosotros", acota "El sabroso", mientras que Del Pozo asegura con aire orgulloso: "el danzón da vida, salud y es un baile fino".


Lo que fue en su momento una burla al vestir de la sociedad estadounidense, hoy se ha convertido en un traje heroico y emblemático para quienes se hacen llamar pachucos y se reúnen para bailar y recordar, para los amantes del baile de salón, como en Los Ángeles, donde finalmente la noche les arrebata una sesión de orgullo y elegancia.