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Sentimiento, Juan Gabriel

Ha muerto Juan Gabriel, el más prolífico, el más profundo y el más penetrante de los compositores de la lengua latinoamericana del último tercio del siglo XX y lo que lleva el XXI. 
Mauricio Mejía
28 agosto 2016 18:9 Última actualización 28 agosto 2016 18:13
Mucho se despide en esta partida, mucha lágrima, mucho orgullo y mucho corazón. (AP)

Mucho se despide en esta partida, mucha lágrima, mucho orgullo y mucho corazón. (AP)

Desde la de José Alfredo, México no sentía tan fuerte pérdida de su patrimonio cultural. Ha muerto Juan Gabriel, el más prolífico, el más profundo y el más penetrante de los compositores de la lengua latinoamericana del último tercio del siglo XX y lo que lleva el XXI. Los alcances de sus prosas cantadas, muchas de genuina poesía, lo llevaron al aplauso de un subcontinente plagado de vates y poetas.

Edificio altísimo mexicano, Juan Gabriel prevalecerá, como Agustín Lara, Jiménez y Álvaro Carrillo, en el corazón, las venas y las entrañas de muchas generaciones de hombres y mujeres, porque el amor y el abandono no cabrán nunca en 140 caracteres ni en una tableta. Su obra será cantada, como la de los grandes forjadores de paisajes musicales en los que la vida no vale nada y el tequila está cubierto por el seguro de gastos médicos mayores. Machado aseguró que cuando una canción es propiedad del pueblo, ha dejado de ser del autor. En ese sentido, el cantautor fue desde hace muchos muchos años propiedad inmaterial de la lengua, de sus dolores, de sus pesares y sus festejos. Juan Gabriel es el alma de un tiempo y un vaso comunicante que sostiene la identidad latina, hilo que junta y congrega.

Mario Vargas Llosa dejó un libro indispensable para entender a las figuras tan altas como la de Juan Gabriel, El Hablador. Aquel que convoca, evoca y silencia a la multitud para escuchar su vocación de juglar, de reportero y de cronista. Latinoamérica y el Japón, se quedaron callados para escucharlo, para verlo en el escenario (nadie tan intenso como él), para saber qué nuevas espinas y flores llevaba a la guitarra que lo acompañó a donde fuera. Fue ovacionado como pocos en el Palacio de las Bellas Artes en un concierto que se regó, como los buenos versos, entre las pasiones y sentimientos de un país machista, ufano y con un padre que salió a comprar cigarros y no volvió. Toda la superestructura estaba en su contra y él, con la sencillez de la palabra desbarató la pirámide y se edificó como punto medular del termómetro del campo amatorio de los mexicanos.

El play list de la noche, en la que afloran los residuos de los desamores, las dagas de la ingratitud y el desencanto, caía en alguna de sus cientos de canciones como alivio al desamparo, como fortaleza en la zozobra y freno a los asesinos celos; promesa, altivez y llanto; desprecio, perdón y arrepentimiento pertenecieron al reino Juan Gabriel, ese gran sentimiento nacional, como López Velarde, Acuña y Sabines; como Pedro, Jorge y el siempre vivo José José.

Se va una forma muy sólida de la cultura mexicana, genuino y atinado como las flechas del capricho. Al velorio, siempre festivo, siempre triste y siempre ranchero, Juan Gabriel agregó lo que parecía imposible en una nación urgente del apapacho materno: un himno a la madre, siempre consoladora, siempre fiel y siempre confiable.

Mucho se despide en esta partida, mucha lágrima, mucho orgullo y mucho corazón.

Habrá que involucrar en el camposanto de la máxima poesía en movimiento a Juan Gabriel, esencial en el ADN de la patria.

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