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Se apagan los puños del 'Toro' LaMotta

La leyenda del boxeo en tiempos de la guerra muere después de ser convertido en inmortal por 'Toro Salvaje', la enorme cinta de Martin Scorsese, interpretado por Robert De Niro.
Mauricio Mejía
20 septiembre 2017 21:58 Última actualización 21 septiembre 2017 5:0
Jack LaMotta

(Especial)

Ha muerto el Toro. Jack LaMotta, legendaria figura del boxeo, cuando el ring era campo de los más grandes, se despide del encordado de la vida a los 95 años. Fue el campeón de los años de la Guerra. Rival de los grandes, empedernido del cloroformo. Y estrella que dio vida al personaje que interpretó Robert De Niro en una de las grandes cintas de Martin Scorsese y de la historia del cine: Toro Salvaje.

Ha muerto una idea del mundo cuyo récord es tan notorio como sus ademanes, dentro y fuera del cuadrilátero: 83 victorias y 19 derrotas. Así de milimétrica es la vida de los campeones.

Ha sido Christi, una de sus hijas, la que ha dado a conocer la noticia que enluta al Noble Arte. Tal parece que ha sido un golpazo de neumonía el recto que ha mandado a la lona al Toro del Bronx. Lejos queda aquel muchacho que aprendió el oficio de los guamazos en la calle y luego en el reformatorio, que le albergó desde muy joven. Nació en 1922, en ese barrio de Nueva York, que ya propagaban los Yankees de Babe Ruth. Los llamados Bombarderos.

LaMotta, de ascendencia italiana, como Scorsese, como De Niro, se acostumbró a la avería desde muy chico. Y de ella hizo profesión. Se convirtió en el campeón mundial de los medios hasta mucho tiempo después de comenzar su carrera como profesional, en 1941, el mismo año en el que se produjo Pearl Harbor y la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

Era marzo, no había olor a pólvora en el ambiente estadounidense. Jack venció en el cuarto a Charley Macley. Sería intenso ese año en el que todo cambió para siempre. A veces medio. A veces semipesado, La Motta tenía aguante, resistencia y ganas de comerse el mundo bocado tras bocado. Un boxeador de alcurnia, de esos que merecen el apodo de grande, necesita la cara B para darse a notar, para ganar su palmo de gloria.

La primera contraparte, la primera esquina contraria memorable se llamó Jimmy Reeves, contra quien se midió en septiembre, menos de dos meses antes de la provocación japonesa. La enciclopedia recuerda aquel combate como una de las decisiones más desafortunadas de los jueces. Ohio era un hervidero. LaMotta perdió, dijo la prensa al día siguiente, injustificadamente. Reevs y el Toro se verían las caras varias veces para reprocharse rencor y ofensas.

Vendría el gran espejo para LaMotta, el enorme Sugar Ray Robinson, como se llamaba a Walter Smith Jr. En el Madison Square Garden de Nueva York el astro negro venció a Jack en el décimo asalto, pese a que aquel tenía varios kilos de más.

A principios del 43, LaMotta se convertiría en el primer peleador en vencer a Sugar; decisión unánime de los jueces. Jack y Robinson darían forma a una extraña especie del romance de los mágicos 40. Europa era un panteón cuando estos dos debatían el cetro universal de los medios. Ganaba uno; ganaba el otro. El boxeo es, siempre, la forma más brutal de la amistad.

Entre sus encuentros con Re-evs y Sugar sucedió el drama para Jack. Billy Fox era un boxeador del montón. La mafia, dijo después, le prometió el encuentro para poder competir por el cinturón de los medios. Se dejó ganar, publicó la prensa después del escándalo, que recordaba al Medias Negras del 19, que vendieron la Serie Mundial ante el Rojos de Cincinnati.

Una frase volvió de entre los muertos: ¡Dime que no es cierto, Jack! Esas fueron, justamente, las palabras de un niño a Joe Descalzo Jackson, el gran astro del Chicago de aquella triste serie.

Era 1949 habían pasado ocho años y medio desde aquel debut, cuando Lamotta se hizo del campeonato mundial de los medios. Fue ante el francés Marcel Cerdan, en Detroit, tierra de campeones. Corría el décimo cuando el nocaut fue declarado por el tercero en el cuadrilátero. Cerdan murió antes de que se pactara la revancha. La Motta llegó a la cima de su agotadora carrera como profesional. Y en ella, en el techo de los grandes, también encontró la desgracia. El gimnasio dejó de ser su lugar de trabajo; el desorden era su verdadera vocación.

Otra vez Detroit, tierra de campeones. 1951. Diez años desde el debut. Estados Unidos ya escuchaba rock and roll. Sugar Ray Robinson sería el encargado de poner entre las cuerdas a Jack con su infalible destino. La jerga del boxeo llamó a aquella la Matanza de San Valentín. Desde muchacho, en el Bronx, en el reformatorio del Bronx, La Motta juró morir de pie. En el décimo tercero, Sugar, el enorme Sugar, despedazó el rostro, el orgullo y la carrera del campeón. Era la tercera defensa. Fue la última.

La caída del ídolo sigue llenando las estampas fotográficas de la Internet. De Niro y Scorsese hicieron posible una de las más asombrosas y majestuosas escenas del cine de todos los tiempos. Ya antes Ismael Rodríguez, en Pepe El Toro, nada es casual, había llevado al boxeo al arte puro de la pantalla.

De Niro se hizo del Oscar al Mejor Actor. Scorsese contaría que, en efecto, había visto la cinta de Rodríguez y la actuación de Pedro Infante en la última de las cintas de la trilogía urbana (Nosotros los pobres y Ustedes los ricos, las otras), y que había encontrado camino para la realización de Toro Salvaje.

LaMotta, como muchos campeones mexicanos, abrió un bar tras la retirada. Tampoco allí pudo refrendar el oficio de campeón. Fue un testigo de su tiempo, ahora es forma parte del viento.