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Salman Rushdie tiene nueva novela; aquí un fragmento

Con autorización de Editorial Planeta Mexicana, publicamos un fragmento de la nueva novela de Salman Rushdie, "Dos años, ocho meses y veintiocho noches" (Seix Barral). 
Especial
25 noviembre 2015 18:59 Última actualización 26 noviembre 2015 5:0
Rushdie alcanza una obra de exquisita belleza, de profundo juego amoroso y seductor estilo. (Cortesía)

Rushdie alcanza una obra de exquisita belleza, de profundo juego amoroso y seductor estilo. (Cortesía)

Capítulo 1
Ésta es la historia de una yinnia, una gran princesa de los yinn, conocida como Princesa Centella por su dominio de los rayos, que amó a un mortal hace mucho tiempo, en el siglo XII según nuestro calendario, y de sus muchos descendientes, y de su regreso al mundo después de una larga ausencia para volverse a enamorar, al menos momentáneamente, y después ir a la guerra. También es la historia de muchos otros yinn, masculinos y femeninos, voladores y reptiles, buenos, malos e indiferentes a la moralidad; y de la época de crisis, ese tiempo desarticulado que llamamos la Era de la Extrañeza, que duró dos años, ocho meses y veintiocho días, es decir, mil noches y una más. Y sí, desde aquella época han pasado otros mil años, pero los cambios que nos trajo fueron para siempre. Si fueron para mejor o para peor, eso lo decidirá nuestro futuro. En el año 1195, el gran filósofo Ibn Rushd, que había sido cadí de Sevilla y posteriormente médico personal del califa Abu Yusuf Yaqub en su ciudad natal de Córdoba, fue formalmente desacreditado y deshonrado por sus ideas liberales, unas ideas que resultaban inaceptables para los cada vez más poderosos fanáticos bereberes que se estaban propagando como la peste por la España árabe, y desterrado al interior, a la aldea de Lucena, en las afueras de su ciudad; una aldea llena de judíos que ya no podían decir que lo eran porque la dinastía que había gobernado antes al-Ándalus, los almorávides, los había obligado a convertirse al islam. Ibn Rushd, filósofo al que ya no se le permitía exponer su filosofía y cuyos escritos habían sido prohibidos y sus libros quemados, se sintió inmediatamente cómodo entre aquellos judíos que no podían decir que eran judíos. Antaño había sido el favorito del califa de la actual dinastía reinante, los almohades, pero los favoritos pasan de moda, y Abu Yusuf Yaqub había permitido que los fanáticos desterraran de la ciudad al gran comentarista de Aristóteles. El filósofo que no podía hablar de su filosofía vivía en una casa humilde de ventanas diminutas situada en un callejón sin pavimentar y se sentía terriblemente oprimido por la ausencia de luz. Montó una consulta en Lucena y su estatus de ex médico del califa le proporcionó pacientes; además, usó los recursos de que disponía para introducirse modestamente en el negocio de la trata de caballos, y también invirtió dinero en la fabricación de las grandes tinajas de loza en las que los judíos que ya no eran judíos almacenaban y vendían aceite de oliva y vino.

La acogió en su casa en calidad de gobernanta y amante, y en el silencio de la noche ella le susurró al oído su “verdadero” —es decir, falso— nombre judío, y eso se convirtió en su secreto.

Un día, poco después del inicio de su exilio, una chica de unas dieciséis primaveras apareció delante de su puerta, sonriendo gentilmente, sin llamar ni interrumpir sus pensamientos de ninguna otra forma, y se limitó a quedarse allí esperando con paciencia a que él reparara en su presencia y la invitara a entrar. Le dijo que acababa de quedarse huérfana; que no tenía fuente alguna de ingresos pero tampoco quería trabajar en el burdel; le dijo que se llamaba Dunia, que no sonaba a nombre judío porque no le permitían decir su nombre judío, y como era analfabeta no sabía escribirlo. También que el nombre se lo había puesto un viajero y que le había dicho que venía del griego y que significaba “el mundo”. Ibn Rushd, traductor de Aristóteles, no puso objeción alguna a aquella explicación, consciente de que significaba “el mundo” en los bastantes idiomas como para hacer innecesaria la pedantería.

—¿Por qué te has puesto “el mundo” de nombre?

—le preguntó, y ella le contestó, mirándolo a los ojos:

—Porque de mí fluirá un mundo, y quienes de mí fluyan se extenderán por el mundo.

Como era un hombre de razón, no adivinó que ella era una criatura sobrenatural, una yinnia, de la tribu de los yinn de sexo femenino, las yiniri: una gran princesa de aquella tribu en plena aventura en la Tierra, guiada por su fascinación por los hombres humanos en general y por los brillantes en particular. La acogió en su casa en calidad de gobernanta y amante, y en el silencio de la noche ella le susurró al oído su “verdadero” —es decir, falso— nombre judío, y eso se convirtió en su secreto. Dunia la yinnia fue tan espectacularmente fértil como su profecía había sugerido. En los dos años, ocho meses y veintiocho días que siguieron, se quedó embarazada tres veces y en cada uno de sus partos dio a luz a un gran número de criaturas, al menos siete cada vez, parece ser, y en alguna hasta once, o posiblemente diecinueve, aunque las crónicas son vagas e inexactas. Todos sus hijos e hijas heredaron su rasgo más distintivo: no tenían lóbulos en las orejas.

Título: Dos años, ocho meses y veintiocho noches
Autor: Salman Rusdie
Editorial Seix Barral
Precio: 348 pesos