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CULTURAS

‘A mí me gusta el tal Cortázar’

El argentino Eduardo Sacheri publica su novela "Ser feliz era esto", en la que vive 'Sofía', un personaje que seguramente enamorará al lector. EL FINANCIERO logró entrevistar al también cuentista, quien asegura que "el futbol es una pequeña escuela dramatizada". 
Mauricio Mejía
20 noviembre 2014 22:13 Última actualización 21 noviembre 2014 5:0
El escritor argentino Eduardo Sacheri tiene cuatro novelas y seis libros de cuentos. (Foto: Eladio Ortiz)

El escritor argentino Eduardo Sacheri tiene cuatro novelas y seis libros de cuentos. (Foto: Eladio Ortiz)

¿Cómo decirlo para que suene periodístico y no literario? Después de todo, ésta es una sección de un diario y en los diarios casi siempre la gente quiere leer noticias y sus relativas y no desplantes falsos de falsos escritores. Quizá lo mejor es lo sencillo, sujeto-verbo-predicado. Eduardo Sacheri es un personaje que inventa personajes, personajes tan vivos que el lector les reconoce hasta el humor, las pecas y lo largo del cabello. En el caso de Sofía, la niña que ha traído al mundo con Ser feliz era esto, el viajero de las letras puede reconocer que es castaño, lacio y medio tirado a lo emo, pero no tanto porque ella sabe para dónde van las cosas, tan segura, se ha quedado sin madre y encuentra al padre en 25 de Mayo 183, undécimo piso ascensor. Tanguito de vuelta.

Sacheri, en entrevista, como se dice en los diarios, dijo en La pregunta de sus ojos que los hombres tienen una pasión, sólo una irrenunciable pasión en la vida: el club. Él es de Independiente de Avellaneda, así con todas sus letras. Claro que lee, claro que tiene familia y claro que escribe, después de todo, su obra publicada ya es una biblioteca de tantos libros. Y claro que le gusta Julio Cortázar, se le nota en los tics. Dijo Cocteau que el estilo es un tic, y este enorme escritor va dejando sus influencias de Julio como gotitas en el mosaico. Desde luego que sí. Él, de hecho, lo acepta en charla con este diario, como se debe decir en el lenguaje del periodismo.

“Pero, andá que me gustan más sus cuentos. Ahora, con tanta Rayuela por todos lados, me quedo con el Cortázar de los cuentos, como protesta. Julio tomó lo cotidiano como materia para la literatura fantástica. Y lo hizo como nadie. Claro que la policía literaria actual, que goza de tan buena salud, no lo entiende. Para esos señores es un improvisado que se fue a París y nada más. A mí me cae muy bien el tal Cortázar”, dice, como si lo contara por primera vez. Desde luego que no es la primera, se aclara.

El tema del cronopio sale porque Sofía (la amarán quienes lean el libro) es una niña que debe debatirse con mayores, aunque esa palabra suene a problemas cardiacos, menopausia y colesterol. Entonces Sacheri tuvo que darle una inteligencia fina, como la de los niños.

Originalmente, cuenta, la novela fue escrita en primera persona; él, huérfano de padre desde 1978, también padeció esa especie de compasión artificial (convencionalmente compasiva, según él) que producían los huérfanos antes de tantos muertos. La gente chusma le preguntaba cosas y él miraba para otro lado para no gritarle en la cara “y vos qué te metés, dejame de hinchar las pelotas”. Entonces, Sofía.

El lenguaje periodístico, sin falsas literaturas, obliga al dato duro. Sí. Ok. En la página 28, Sacheri pone en el papel un hecho, un hecho en letras: “kilómetros de agua”. Suena a metáfora (sin que el lector sea escritor que no escribe) de llanto, Sofía sufriendo por la madre y el desafortunado encuentro con el padre que además tiene a Fabiana, una buena mina, aunque no tanto. Pero no. No. El autor advierte que es el mar. ¿No el Río de la Plata?, se le pregunta. Responde que no. Así, no. Entonces piensa que esa es una actitud de lector (vamos bien, lector), que es el mar gris y nada agradable del Sur. “No como este mar bello que tienen los mexicanos”, precisa. Se le corrige que bueno, sí, pero en verdad para pocos mexicanos. Acepta.

La charla, como todas, hasta las que aparecen en los diarios en forma de entrevista de pregunta y respuesta, se va yendo por varios lados. Eduardo Sacheri abunda sobre la “actitud de lector”. Añade que si uno ve mucho Argentina en sus libros es porque “quizá hay un empeño involuntario de mi parte para traer a cuento a la Argentina que he vivido”. Entonces, Sofía. ¿Hay mucho del Río de la Plata en ella? Contesta que si su personaje es verosímil es porque carga con todo lo que cargan los argentinos. ¿Y qué es? “Nuestro pasado, nuestro irónico humor, nuestra rebeldía, nuestra bronca”, dice. Claro, la bronca. Argentina siempre es una bronca.

Se le pregunta, con libreta y pluma en armonía, si hay algo de El mundo de Sofía (aquel best-seller que dio la vuelta y asombró al mundo) en esta Sofía, la bárbara niña que da vida al relato, su relato. Asegura que no. Que al contrario, ésta, la suya, respondería sin sabiduría griega al mundo de los adultos, sin haber pasado por Aristóteles ni Platón, menos por Sócrates, ese adolescente que dialogaba.

Ningún tango se aleja de Borges, quien como Gardel (lo dijo el mismo Jorge Luis), odiaba al tango. Éste tampoco. Sacheri tiene algo de Borges. Pinta los personajes sin detallar los rasgos físicos. No dice, por ejemplo, tenía la boca fina, como cortada por un diamante, la nariz recta como la de los romanos o la frente marchita como la del tango. No. Lo curioso es que el lector les atribuye, luego luego, esos detalles de manera arbitraria. El largo y castaño pelo de Sofía, por decir. Sucede lo mismo con sus cuentos de futbol: el pelirrojo de pecas y manos anchas. Él no lo escribe, pero el lector ya se los puso y no hay vuelta para atrás. Dice Ortega y Gasset que la vida es un acto natatorio. Siempre para adelante. Siempre. Sacheri se halaga, argentino al fin, de que eso suceda. “Me gusta si eso pasa en verdad”, señala, claro, con falsa modestia. Le encanta.

Le agrada tanto como cuando la charla se planta en el área grande. Su voz se vuelve más niña cuando habla de futbol. Otra vez Cortázar jugando a ser un pibe entre mayores. Exclama, tajante: “¡No hay nada que no esté en el futbol! ¡Esa pequeña escuela dramatizada!”. Cuando juega futbol, en verdad juega futbol, pero no así, no; sino entendiendo la vida, la vida. “La pelota nos desnuda y nos exhibe”, sostiene, “saca lo mejor y lo peor de nosotros, nuestro mejor rostro y el más monstruoso”. Así, la vida, la alfombra esmeralda. En la cancha, declara, se ventila lo más bello y lo más aborrecible de los hombres. La existencia en un pizarrón verde con gis blanco, vamos.

Una cuestión: ¿el juego nos redime? Devuelve la pared: “Sí, cuando nos enaltecemos espiritualmente. No cuando soltamos lo peor de nosotros. Cuando eso sucede, nos deja en medio del telón con las luces prendidas y nuestras miserias tiradas en las patas de la silla”.

Pero bueno, se le dice en el minuto 45 del segundo tiempo de la conversación, una charla es siempre un partido de futbol (perdón por la licencia poco periodística). Allí está el club, el club de cada quien. Independiente el suyo, por ejemplo. Remata: “El club es un símbolo casi patriótico, es todo nuestro amor y toda nuestra ideología, gracias al club tenemos a quién echarle la culpa, al empresario tramposo, a los jugadores pechos fríos, al rival, pero con el club, el club, tenemos una luna de miel eterna”.

¿QUIÉN ES EDUARDO SACHERI?

Eduardo Sacheri nació en Buenos Aires, en 1967. Es profesor de Historia. Ha escrito seis cuentos y cuatro novelas. Su carrera comenzó con Esperando a Tito y otros cuentos de futbol (2000). Fue hasta 2005 que se animó a probar en el terreno novelístico con La pregunta de sus ojos, llevada al cine en 2009 por Juan José Campanella bajo el nombre de El secreto de sus ojos, ganadora de un Premio Oscar a la Mejor Película Extranjera.