Rock mexicano que no hallarás en Spotify
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Rock mexicano que no hallarás en Spotify

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Rock mexicano que no hallarás en Spotify

David Cortés refresca su mapa del progresivo nacional antes de que la ciudad se pusiera la ropa 'fresa' y cuando existían bandas como Troker, Cabezas de Cera y Oxomaxoma.

Eduardo Bautista
21/12/2017
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Decibel, Como México No Hay Dos, El Queso Sagrado, Chac Mool... No es necesario buscar en Spotify. Ningún resultado será arrojado. Son nombres de bandas que crecieron a la sombra de El Tri, de Botellita de Jerez y del mainstream del Rock en Tu Idioma. Ajenas a los gustos populares, pero fundamentales para entender eso que hoy se denomina, con más confusiones que certezas, rock mexicano.

El periodista David Cortés ha lanzado una nueva edición de su libro El Otro Rock Mexicano. Experiencias progresivas, sicodélicas, de fusión y experimentales (Tomo), en la que explora la historia de este género con todas sus variantes y fusiones, desde principios de los años 70 hasta la actualidad. Un reto gigantesco, sobre todo, por la escasa información documental que hay al respecto, afirma.

“Este libro es para quienes andan diciendo que el rock mexicano no existe. Sí existe, pero hay que hundirse en la mugre, buscar, informarse y no dejarse llevar por lo que venden las grandes promotoras y los periodistas de rock que, de rock, por cierto, saben muy poco”, comenta el autor.

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CUATRO BANDAS PROGRESIVAS MEXICANAS
Gallina Negra
Fundada en 1994 por Jorge Calleja, esta banda hilvana rock, jazz y música tradicional mexicana

Troker
Jazz rock con influencias de progresivo y ritmos funk interpretados por seis hábiles músicos tapatíos desde 2004

Cabezas de Cera
Desde 1995, sus poco ortodoxos instrumentos como el Chapman Stick californiano y el didgeridoo australiano hacen de esta banda capitalina el estandarte de la música experimental en México

Oxomaxoma
Experimental dentro de lo experimental. Debutaron en la UAM Azcapotzalco en 1980 y su música viaja del post punk al progresivo, con guiños a la poesía excéntrica de Alfred Jarry y los estatutos de la patafísica
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Más que un mapa, el libro es un baúl de sorpresas. Casi como un buscador de Google especializado para quienes gustan del rock y sus avatares.

Es, también, un viaje por bandas que jamás —o muy pocas veces— se mencionan en los medios tradicionales. Grupos que apenas hallaron espacios para tocar. Ni siquiera los hoyos fonqui —rincones de la Ciudad de México donde se tocaba de manera clandestina por temor a las redadas policiales de los años 70 y 80— los aceptaron.

“Hay alguna anécdota del fallecido Lalo Tex —vocalista de Tex Tex— en la que relata la primera vez que vio a Chac Mool en un hoyo y le impresionó sobremanera, pero en realidad el progresivo nunca tuvo cabida en estos lugares. Se tuvieron que inventar foros de muchas maneras. Incluso se ampararon en nombre del jazz para que les abrieran espacios universitarios y culturales. Nunca se nombraron abiertamente roqueros. Fueron marginales entre los marginales”.

Eran los rincones de una ciudad dura que se ha devorado el progreso.

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LA BANDA ESENCIAL QUE MUY POCOS RECUERDAN

Chac Mool es uno de los pilares de este libro y del rock nacional en general. Fundada por Jorge Reyes, Carlos Castro, Mauricio Bieletto, Carlos Alvarado y Armando Suárez en 1979, rápidamente se convirtió en referente del género y destacó por el nivel intelectual de sus letras —Un Mundo Feliz, uno de sus mayores éxitos, está basado en la obra de Aldous Huxley— y por la complejidad sonora de sus producciones, que por momentos rememoraban a algarabías aztecas y por otros a una batalla a muerte entre King Crimson y Pink Floyd. El periodista Víctor Roura la definió como “la mejor banda del rock mexicano”.

El progresivo llegó tarde al país. Así lo recuerda el percusionista de Botellita de Jerez, Rafael González, en 100 discos esenciales del rock mexicano. Antes de que nos olviden (2016): “Mientras en el mundo entraba en una franca decadencia al ser desplazado por el punk y su consecuencia, el new wave, en México, desfasado en el tiempo y en un ambiente en el que las ganas solían estar por encima de las aptitudes, Chac Mool le dio la cara a esta corriente musical.

En una suerte de estilo progresivo naive, el grupo no partió del característico virtuosismo de las legendarias bandas de los setenta, pero sí generó un complemento musical para las imágenes mágicas, épicas e incluso existenciales de sus letras”.

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En su libro de crónicas Tiempo transcurrido (1986), Juan Villoro relata el momento en que compró el primer álbum de Chac Mool, Nada en especial: “venía impreso en vinil transparente, con su funda doble donde los cinco aparecían de pie a orillas de una legendaria autobahn mejor conocida como Anillo Periférico y con una portada en la que aparecía un monstruo que nada tenía que ver con la música, pero era tan espeluznante que atraería compradores”.

La agrupación fue liderada por Jorge Reyes, un excéntrico flautista, apasionado de la cultura prehispánica y etnomusicólogo con estudios en Alemania y la India.

El origen de los músicos del progresivo, apunta Cortés, no es similar al de los que integran las bandas mainstream. Muchos de ellos, dice, provienen de los conservatorios o los círculos de jazz. “El progresivo tiene una vena más jazzística que bluesera, quizás por eso siempre se ha ido por su propio camino”, observa.

¿Es por ello, entonces, que es considerado un género sofisticado? El periodista británico Charles Shaar Murray recurre a los orígenes de la música afroamericana para dar una explicación: “el blues era, en específico, la música de los negros más pobres y menos respetados y, como muchos blueseros de Muddy Waters a B.B. King han testificado, era menospreciado tanto por los trabajadores y respetables chicos de la iglesia cuando por las educadas ascendentes clases profesionales negras, cuya música de elección sería el gospel y el jazz”.

A principios de los años 80 —explica Cortés en su libro— existía la necesidad de creer en el rock mexicano y había hambre. Y entre la fe y la inanición, la estatura de Chac Mool creció hasta encumbrarse. El escritor Xavier Velasco recuerda que “fue en la Carpa Geodésica, un local hospitalario y pequeño, pero eso sí, muy permeable al delirio, donde solía aparecerse una banda integrada por tres instrumentistas, un nigromante y un brujo siempre deseoso de practicar largas lecciones de alquimia en los teclados”.

Era 1980 y faltaban cinco años para que el terremoto configurara el mapa musical de la ciudad y, con ello, explotara el movimiento de Rock en Tu Idioma, que —como han señalado infinidad de músicos y críticos— dejó fuera de la escena a muchos grupos que venían trabajando por cuenta propia.

Los sonidos prehispánicos que se escuchan en éxitos de Caifanes como Afuera y Aquí No es Así ya habían sido explorados por músicos como Luis Pérez, Humberto Álvarez y el mismo Jorge Reyes.

“En México, el progresivo siempre ha sido un acto de resistencia. Su problema estriba en la falta de promoción. El rock mexicano vive un momento muy importante. Hay muchas bandas de muy buena calidad, con excelentes niveles de ejecución y composición, pero la gente está empecinada en escuchar lo mismo pese a la variedad que nos ofrecen los servicios por streaming. El consumo de rock sigue siendo tradicional. Para que una escena crezca es necesaria su difusión. Y muchas veces la gente que escribe o está detrás de los micrófonos se olvida de grupos que en verdad están haciendo cosas nuevas”, concluye Cortés.

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