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Roberto Sosa: Volver a creer

Con 39 años de carrera, Roberto Sosa vuelve al teatro después de una pausa tras enfrentar sus problemas de alcoholismo. Reacio a aceptar si los recursos con los que cuenta como actor, o su relación con el arte lo salvaron, reconoce que logró recuperarse gracias a su necesidad de volver a creer.
Rosario Reyes
16 septiembre 2015 22:26 Última actualización 17 septiembre 2015 5:0
Según cuenta Roberto Sosa, el desánimo es una carga pesada en la sociedad mexicana contemporánea. (Cortesía)

Según cuenta Roberto Sosa (derecha), el desánimo es una carga pesada en la sociedad mexicana contemporánea. (Cortesía)

Con 39 años de carrera, en los cuales actuó en cintas célebres del llamado nuevo cine mexicano, como Lola, de María Novaro en 1990, por la que ganó un Ariel a la Mejor Coactuación Masculina, o El fantástico mundo de Juan Orol, de Sebastián del Amo, que le valió el Ariel como Mejor Actor, Roberto Sosa vuelve al teatro después de una pausa tras enfrentar sus problemas de alcoholismo.

Reacio a aceptar si los recursos con los que cuenta como actor, o su relación con el arte lo salvaron, reconoce que logró recuperarse gracias a su necesidad de volver a creer. ¿Pero en qué, en quién?

“En que vale la pena conmoverse con la lluvia, volver a sentir el agua en la cara. Conmoverme y volver a creer que eso en sí mismo vale”, comparte al final de la función de Escorial, el montaje con el que regresa a los escenarios y se presenta los miércoles en el Teatro Helénico. Bajo la dirección de Luly Rede, la obra de Michael Ghelderode cuenta también con las actuaciones de Patricio Castillo, Roberto Ríos y Paula Comadurán; el equipo que la estrenó en 1998 en el Foro Sor Juana.

Sosa, que planea hacer una obra sobre Buster Keaton y una serie de televisión sobre la vida de Agustín Lara, dejó de apreciar los detalles simples de la vida. “Cuando empecé a darlo por hecho, a dejar de creer que eso era magia, algo divino, tan insustancial como inasequible, dejé de verlo todo. La herramienta de la cual me puedo asir en este momento es esa, volver a ver mi sudor en escena, escuchar a mi compañero, escucharme diciendo un texto, y vivirme en ese momento real e irrepetible. El teatro me brinda el regalo maravilloso de hacer lo que la vida no me permite: repetir un momento único”.

El lado oscuro del arte
Su herramienta de trabajo son las emociones y en su entorno siempre ha estado presente el arte. Para bien y para mal. “Puede llegar a ser una tortura”, reconoce quien asegura vivir a fondo cada personaje que interpreta. “Todo es vital, por eso tengo que buscar el equilibrio, aunque no siempre lo he logrado. Soy muy eufórico o muy triste, sí veo mis pasiones como herramientas para trabajar, pero para la vida tengo que cuidarme de ellas porque pueden ser mis peores enemigas; mi espada de Damocles. Mis emociones me pueden tragar, por eso tengo que ponerlas al servicio de la escena”.

Nació en el seno de una familia de artistas. Sus padres son la actriz Evangelina Martínez y el actor y director Beto Sosa Rodríguez. Dos de sus tías se dedican a la actuación: Socorro Bonilla y Alma Delfina. Cuenta que las conversaciones en casa eran sobre el cine de Cassavetes, Bertolucci, o Tarkovsky (incluso, un tío suyo estudió cine en Rusia); los montaje de Carlos Ancira, José Solé, Alejandro Jodorowski o Julio Castillo (el director con el que debutó en De la calle, en 1987).

“Mi madre nos llevaba a sus ensayos de zarzuela, de danza, mi padre nos llevaba a los teatros de la UNAM. Yo, haciendo tarea, jugando, dibujando, crecí en ese ambiente. De niños jugamos a los indios y vaqueros, policías y ladrones y nos la creemos, nos convertimos en esos personajes; como actores de pronto se nos olvida entrarle con esa credibilidad, con esa pasión”.

Y así, apasionado, se reencontró 17 años después con una obra que, afirma, ahora entiende mejor. En Escorial, un rey (Patricio Castillo) y su bufón (Sosa) aguardan la muerte de la reina y para apaciguar la tristeza, el monarca le pide a su súbdito que invente una farsa. Después, le pide que intercambien papeles y entonces, ambos pueden decir, en boca del otro, aquello que son incapaces de aceptar siendo quienes son. “Nos encontramos con un texto conocido, pero con la posibilidad de profundizar más en él a partir de nuestra propia experiencia de vida. Ahora tenemos una edad más cercana a lo que el autor propone, ambos hemos vivido frustraciones, dolores, fracasos, desánimos existenciales y se lo podemos regalar a los personajes. De lo que el autor habla es de este desencanto, de esta necesidad de volver a creer en algo, de llenar este vacío que existencialmente se va anidando en el corazón, en el alma humana”.

Según él, el desánimo es una carga pesada en la sociedad mexicana contemporánea.

“Como dice el bufón: ¿para qué divierto y hago tanto circo si estamos tan jodidos? Sucede lo mismo en este país, ¿para qué salgo a trabajar, para qué hago las cosas, para qué me motivo, si cada vez tenemos menos confianza en quienes nos gobiernan? Es el desencanto del que habla este texto, con una vigencia realmente maravillosa”. Sosa ha logrado poner en ruta una carrera que salió del dibujo de la vida por un buen rato. Es lo que se levantó de sí mismo.


Un actor en el sentido estricto
Durante 15 años Roberto Sosa trabajó de manera empírica como niño actor y luego de tres años en temporada con De la calle, que montó la Compañía Nacional de Teatro, se encontró con la necesidad de estudiar. A los 17 años se mudó a París y se matriculó en la Escuela Nacional de Circo y el Conservatorio de Arte Dramático. A su regreso a México siguió trabajando y a la fecha ha filmado 112 películas.