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River Plate apela al oficio para resolver un juego sin esplendor

Esta noche fue la despedida de Tigres en la Copa Libertadores 2015. Fue derrotado 3-0 por el River Plate en un juego de estética pobre y mucha desorganización. Ricardo Ferreti no tuvo capacidad de reacción. 
Mauricio Mejía
05 agosto 2015 22:37 Última actualización 05 agosto 2015 22:42
Andre Gignac en medio del Monumental de Buenos Aires. (AP)

Andre Gignac en medio del Monumental de Buenos Aires. (AP)

Ha sido contundente, como un mazazo. River, fiel a su espejo diario, resolvió un partido dirimido en el potrero, repleto de faltas, de lucha cuerpo a cuerpo y de barrio. Tigres, también guardando apego a la tradición mexicana, siempre descuidado en los últimos minutos de ambos tiempos, fue débil, impuntual y hasta impropio para una final de la Libertadores que exigía atributos de sobra.

La calidad futbolística de este duelo fue paupérrima, dolorosa para el estilo; habrá que decir que hace mucho, mucho que los clubes argentinos no juegan al gusto del que hablan sus grandes narradores y técnicos. En esta ocasión River jugó al fin que justifica todos los medios y los sudamericanos conocen todos los rincones de la artimaña, a la que se alían cuando hay que romper el vidrio de emergencia.

Todo el primer tiempo fue una batalla en el lodo, con sobrada pasión y poco encanto. La pelota nunca rodó por más de dos minutos continuos. Se jugaba, olía así la cancha, un certamen, el más sólido de los clubes latinoamericanos. Los mexicanos liaron con ímpetu, con cierta valentía, aunque con sobrada precaución a la hora de labrar el área contraria.
Damm, otra vez, como eco del juego de ida, tuvo la ocasión más peligrosa de romper el hielo. El joven reiteró la cobardía, eludió la responsabilidad pasando el balón al centro. La jugada no provocó reparos en la zaga millonaria. Cuando parecía que el descanso despabilaría la gresca, Alario, solo en el área, anotó un gol de cabeza con cierta gracia. Minuto 44. La debacle se avecinaba. Tigres participaba del peor guión presupuestado: el local tenía las riendas de la carreta, la tribuna y el oficio.

Sin capacidad de reacción, otra costumbre de los técnicos mexicanos, Ferreti se empecinó en sus modos, no siempre atractivos ni efectivos. Hubo partido hasta entrado el segundo tiempo. Atorado, sin imaginación y con el estrés a cuestas, Tigres logró darse un rato de paciencia y logró reconciliarse con el uso del balón. Cargado de presión, regresó a la labor ofensiva, siempre por el costado de Damm, siempre con Gignac esperando el telegrama y con Sobis despreocupado por la táctica y sobreatento con el recurso físico, al que imponía un River sucio, ríspido, dispuesto a sacar la daga a la menor provocación.

El penal, válido, sobre Sánchez en el 74’ decantó definitivamente una discusión de patadas.

Ferreti no daba crédito a la situación. Presa de sus circunstancias se acordó que Guerrón, el más avispado de sus hombres, había hecho el viaje a Buenos Aires. Ya era tarde, muy tarde. El tigre ya era presa del local. Como en el judo, entre más hacía por defenderse, el visitante más se entregaba al poder del enemigo. El cabezado de Funes en el 79’, entre tres defensores, dictó la muerte en el trigal.