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Ritmo para mover el alma… bien sabroso

El músico Poncho Sánchez, la realeza de las congas, trae su fusión afrocubana con un twist de funk y soul junto a su Latin Jazz Band. Hoy existe un modelo de congas con su nombre. Así de fuerte suena el barbado en la escena mundial de las percusiones.
María Eugenia Sevilla
07 junio 2016 22:29 Última actualización 08 junio 2016 5:0
Poncho Sánchez, junto con su Latin Jazz Band, con la que se presenta mañana dentro del festival Clazz Continental Latin Jazz. (Cortesía)

Poncho Sánchez, junto con su Latin Jazz Band, con la que se presenta mañana dentro del festival Clazz Continental Latin Jazz. (Cortesía)

Poncho Sánchez le gusta recordar su infancia, ya lejana. Cuando todo su mundo se movía en un radio de 15 millas, de Norwalk a Downtown LA.

“Mi padre era de Matanzas, Jalisco. Mi madre, de Vallecito, Nuevo León. Se conocieron en Laredo, Texas. Tengo 6 hermanas y cuatro hermanos, menos uno: Jesús. Murió el cuatro de julio, hace dos años”.

Hoy existe un modelo de congas con su nombre. Así de fuerte suena el barbado hombrón en la escena mundial de las percusiones, alma de las músicas afrocubanas que ha llevado al terreno del jazz. Veinticuatro discos como líder, un Grammy por el disco Latin Soul, amén de una carrera en la que ha compartido escenario –todavía lo dice con un tono de incredulidad- con sus ídolos de niño: Dizzie Gillespie, Tito Puente, Cal Tjader... “Mis hermanas tenían todos sus discos”.

Poncho Sánchez nació en Laredo. Su padre alimentó a sus 11 hijos con el producto de una tintorería que en su nombre llevaba el espíritu del sueño americano: Hollywood Drycleaning.

“Aunque nunca había ido a Hollywood en su vida. Le iba muy bien para ser gente pobre”. Pero siguió la ruta de aquel sueño y se mudó a Los Ángeles, donde le dijeron que había más trabajo. Era 1954.

La evocación de la niñez de Idelfonso en aquel modesto departamento suburbano de tres recámaras lleva consigo el aroma de las tortillas hechas mano que su madre echaba al comal todos los días, como lo hizo por 50 años, menos los domingos.

“Ese día mi papá la llevaba a la iglesia, en el Downtown, donde vivían la mayoría de los latinos, o en East LA, donde la misa se decía en español. Íbamos todos”, recuerda.

Como el benjamín familiar, en los oídos de Poncho se decantaban, de refilón, los gustos musicales de los mayores. “Cuando llegué a California tenía tres años, y mis hermanos estaban muy emocionados porque en la tele había seis u ocho canales, mientras que en Laredo no teníamos tele; allá se veía solamente un canal en inglés y otro en español. ¡No podíamos creer todos los shows que había!”.

La variedad musical de la radio también les fascinaba. En particular los programas de Chico Sesma. “Fue el primer disc jockey en Los Ángeles, en los 60, en tocar mambo, cha-cha-chá, merengue, pachanga, todo lo que ahora llaman salsa. Pasaba una vez a la semana, así que se sentaban alrededor de la radio y aprendieron a bailar esa música con sabor latino, por eso tengo una canción llamada así”.

Para Poncho Sánchez, Sesma fue el gran promotor de la música afrocubana en la Costa Este, al reproducir los bailes de salón que se hacían en Nueva York, en el Hollywood Palladium. Nunca faltaban sus hermanas a aquellas citas mensuales, en las que aprendieron a bailar con la música de la Orquesta Aragón, la banda de René Touzet o del vibrafonista Cal Tjader, figura clave en la vida de Poncho, quien al olor de aquellas influencias comenzó a jugar a la música con diversos instrumentos, y la afición terminó por convertirse en un camino de vida.

“Mi padre era de la vieja escuela, era muy estricto. Cuando compré una conga y él me compró la otra, me dijo: ‘mi’jo, la vida de músico no es fácil. And boy, he was right!’”.

Pero era demasiado bueno. En cuanto Cal Tjader lo conoció, a través de un amigo mutuo, lo contrató. Era 1975. Juntos ganaron un Grammy en los 80 y tocaron juntos por más de siete años.

La plata no relució nunca, no demasiado, y Stella, esposa del conguero desde hace 44 años, tuvo que trabajar por tres décadas en la zapatería de una tienda departamental. Mientras, él vivía a plenitud los placeres de ser un músico-en-el-camino. Tocaba por todo el mundo. Teatros, prisiones, hospitales o palacios.

DESPUÉS DEL SILENCIO
Cuando Tjader -quien según Sánchez podía beberse un litro de whisky todos los días- murió de manera inesperada durante una gira por Manila, Poncho se vio sin trabajo.

“Fue un 5 de mayo, hace 34 años, y aún lo recuerdo como si fuera ayer. En ese tiempo bebía yo demasiado, consumía coca, y con ese estilo de vida me empecé a sentir nervioso, por las drogas. Durante dos años fui un desastre, caí en depresión. Gracias a Dios salí de ese episodio, regresé a la Iglesia. Lo mejor de todo fue poner a Dios primero, a mi familia segundo, y al trabajo tercero, en ese orden”, revela.

Fue entonces cuando fundó su Latin Jazz Band, con la que se presenta mañana dentro del festival Clazz Continental Latin Jazz, en el Centro Cultural del Bosque. Un ensamble con el que ha desarrollado una fusión de ritmos a los que a también añade un twist de soul y acentos funky.
Dentro de dos meses, el grupo entrará al estudio para grabar un tributo a, John Coltrane. “Bien sabroso”.

Después de esto, Sánchez quiere bajarle al ritmo. Viajar menos, estar más con su mujer, sus dos hijos y dos nietos.

“Voy a cobrar mi social security, que no es mucho, pero me servirá. Estoy cansado”. Apenas tiene 64 años, pero ya le pesa tomar aviones cada semana. Será un retiro paulatino en el que México, promete, seguirá en su mapa.