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culturas

Reinterpretan la tradición del Altar
de Dolores

La artista visual Betsabeé Romero realiza una exposición con materiales reciclados y extraídos de la basura, en una propuesta que enlaza la práctica espiritual de esta tradición con la realidad contemporánea. 
Rosario Reyes
14 abril 2014 22:47 Última actualización 15 abril 2014 5:0
El largo camino hacia el altar está flanqueado por cera encendida, y las paredes lucen cubiertas con piezas de papel picado que tienen impresos rostros de mujeres.

El altar está flanqueado por cera encendida, y las paredes lucen cubiertas con piezas de papel picado, en donde están impresos rostros de mujeres. (Cortesía)

Sensibilizada por el sufrimiento de las madres de Ciudad Juárez y de migrantes desaparecidos en México, Betsabeé Romero reinterpreta, desde el arte contemporáneo, una tradición que ha prevalecido por más de 450 años en el país: el Altar de Dolores.

En el culto católico se trata de un lugar sagrado que se erige en el viernes anterior al Viernes Santo en honor de “La Dolorosa”, también llamada Virgen de la Soledad, que no es otra que María, la madre que ha perdido a su hijo, Jesús, en la cruz.

Con una propuesta que enlaza la práctica espiritual con la realidad contemporánea, la artista mexicana realizó la instalación "Altar de Dolores. Con el dolor y la fragilidad", que se exhibe en la sala 15 del Antiguo Colegio de San Ildefonso, hasta el domingo 11 de mayo. Para ello utilizó -como suele hacer su trabajo- materiales reciclados y extraídos de la basura. No podían faltar sus distintivas llantas y piezas de automóvil; pero en esta ocasión, grabadas con oro.

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Altar de dolores

Costumbre medieval
La tradición de montar el Altar de Dolores proviene de la Europa del siglo XIV, cuando hacia finales del medioevo, las prácticas religiosas requerían aliviar el peso de acontecimientos que afligían a la población, como las guerras, pestes y hambrunas.
En el siglo XVI, esta práctica se asoció a la devoción a la Virgen de los Dolores, que se presenta vestida de color morado o rojo, con una daga clavada en el pecho -en ocasiones tiene hasta siete puñales, en representación del sufrimiento y muerte de Jesús, cuya resurrección es aludida por el sentido ascendente que cobra la forma piramidal del altar.

Este lugar de culto es presidido, pues, por una Dolorosa, y los colores predominantes son el morado y el negro, que simbolizan la tristeza. Tradicionalmente este espacio suele ser alumbrado por lámparas de aceite, se colocan naranjas con banderas de papel picado, ramos de manzanilla e hinojo y macetas con cebada o chía. También se ponen vitroleros con agua, esferas que emulan joyas, o las propias alhajas de quien monta el altar. Agua azucarada, nieve de sabores o paletas se ofrecen a los visitantes, así se recuerdan con dulzor las lágrimas de María.

Romero reinterpreta estos elementos en una instalación “sobrecogedora”, una sensación que describe en un poema de su autoría, que se despliega en uno de los muros que resguardan el camino hacia el Altar de Dolores.

Apropiación artística
Dislocada del contexto litúrgico, pero extendiendo su sentido a la universalidad del dolor, la pieza de Romero está dedicada a las madres que han sido víctimas de fenómenos criminales en el México contemporáneo. Sus rostros, difundidos en medios informativos, fueron recuperados por la artista, quien los enmarcó en soportes de hojalata para exhibirlos a la entrada de la instalación, colgados de coronas de espinas. Esta área, alumbrada por lámparas dentro de vitroleros, recibe al visitante con datos periodísticos acerca de la violencia que azota al país, como el recuento de 80 mil muertes en los últimos ocho años, asociadas a la guerra contra el narcotráfico, o los 26 mil desaparecidos desde 2006.

El largo camino hacia el altar está flanqueado por cera encendida, y las paredes lucen cubiertas con piezas de papel picado que tienen impresos rostros de mujeres. En el techo, llantas partidas a la mitad, grabadas con oro, resguardan el tránsito del espectador que culmina en el altar, cargado de simbolismos recreados.

“Están los borreguitos sembrados con chía, que trabajé con ceramistas de Malinalco, del Taller Tierra Baldía, y que representan cómo la esperanza renace”, explica Romero en entrevista.

“Tuve la oportunidad de que la galería Daniel Liebsohn me prestara estos tibores de talavera del silgo XVII y estas esferas de vidrio soplado, que eran las tradicionales que simbolizaban las lágrimas de la Virgen”, agrega la artista, quien añadió un piso de vidrios rotos para dar mayor dramatismo a la representación del llanto de María.

Otro elemento importante en el Altar de Dolores son los “siete puñales de siete dolores” que Romero hizo en hojalata. “Son espadas de doble filo hechas con una hoja de agave, un poco diferente a los puñales tradicionales; y los floreros que tienen siempreviva o estate blanco están hechos con llantitas que yo grabo. Los elementos más protagónicos de mi altar vienen de la basura, como las llantas usadas. Son elementos pobres y frágiles, como el papel picado, la cera y la cerámica de baja temperatura”.

La experiencia se completa con una selección musical de diversos Stabat Mater hecha por la misma creadora. La obra de Betsabeé Romero, artista mexicana de reconocida trayectoria internacional, se centra en temas como la identidad, la migración, el medio ambiente y la historia.

Su retrospectiva "Lágrimas Negras" (1997-2007), se presentó hace siete años en el Museo Amparo de Puebla, el Museo de Arte contemporáneo de Monterrey y el museo de San Ildefonso en la Ciudad de México, bajo la curaduría de Julián Zugazagoitia, director del Museo del Barrio de Nueva York. Ha presentado exposiciones colectivas e individuales en México, Estados Unidos, Sudamérica y países de Europa, Asia y Australia.

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Altar de Dolores