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DEPORTES

Redundancia que aburre

Un dato objetivo debió favorecer con el galardón del Balón de Oro a Manuel Neuer, el arquero de una de las mejores selecciones alemanas de todos los tiempos. Neuer fue campeón del mundo; ni Cristiano ni Messi lo fueron, y quizá nunca lo sean.
Mauricio Mejía
12 enero 2015 13:32 Última actualización 12 enero 2015 13:34
Manuel Neuer

Manuel Neuer fue campeón del mundo; ni Cristiano ni Messi lo fueron, y quizá nunca lo sean. (AP)

La FIFA convierte el premio al mejor futbolista del mundo en una absurda repetición que reconoce más la mercancía que el mérito. Un dato objetivo debió favorecer con el galardón a Manuel Neuer, el arquero de una de las mejores selecciones alemanas de todos los tiempos. Neuer fue campeón del mundo; ni Cristiano ni Messi lo fueron, y quizá nunca lo sean.

El abuso de delanteros a la hora del apapacho es ya indecible: siete galardones entre los rivales del portero alemán; tres de Cristiano y cuatro de Messi, como si en el juego más lindo no contaran los zagueros y los guardametas. Imperdonable la ocurrencia de la FIFA. El negocio puede más que la labor, la disciplina y el esmero. Neuer es un ejemplo de eficiencia, eficacia y efectividad: solamente recibió cuatro goles durante la fase final de la Copa del Mundo; ha sido ganador de la Bundesliga, de la Champions y de la copa alemana. Hace mucho que un portero no reunía tan impresionante palmarés.

En los arrebatos de publicidad al mete goles, la FIFA, y antes France Football, se olvidaron de grandes guardavallas como Banks, Maier, Dasaev, Shilton, Zoff, Buffon, Schmeichel. Suena a bufonada la miopía de los juzgadores del Balón de Oro. La lista de defensas es paupérrima también: sólo Beckenbauer y Cannavaro. El sistema visto sólo de la media cancha para adelante. Esta actitud villamelona, simple y hasta torpe, impide el camino a la posteridad de una gran cantidad de jugadores, cuyo imperdonable olvido angosta el blasón a la falsa popularidad del vulgo. 

La fama es un mal entendido, dijo Faulkner, no hay peor mal entendido que este diploma, que, como casi todos, se vuelven infames en la medida de lo que no reconocen. Queda claro que el aplauso mayor, el del Mundial, es inútil para la veneración internacional. El negocio es el gol. La mercancía que produce mercancías en la infinita cancha de la plusvalía. Cristiano es, en ese sentido, una redundancia que aburre.