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culturas

Radiografía de un especulador

Fragmento de la novela 'El Financiero', de Theodore Dreiser, con autorización del sello Akal. La primera entrega de la 'Trilogía del deseo' del autor estadounidense.
Especial
23 julio 2017 20:55 Última actualización 24 julio 2017 5:0
'El Financiero', de Theodore Dreiser. (Especial)

'El Financiero', de Theodore Dreiser. (Especial)

Capítulo 1
La Filadelfia en la que nació Frank Algernon Cowperwood era una ciudad de doscientos cincuenta mil habitantes o más. Disfrutaba de hermosos parques, edificios notables y estaba llena de recuerdos históricos. Muchas de las cosas que nosotros y él conocimos más tarde no existían entonces –el telégrafo, el teléfono, el tren expreso, el barco de vapor transoceánico y el reparto del correo en la ciudad–. No existían los sellos de correos ni las cartas certificadas. El tranvía eléctrico no había llegado; en su lugar, había multitud de tranvías tirados por caballos, y para los viajes más largos, se contaba con el ferrocarril, que lentamente se iba desarrollando y aún estaba conectado en gran medida mediante canales.

El padre de Cowperwood trabajaba como empleado en un banco cuando Frank nació, pero diez años después, cuando el chico empezaba a fijarse en el mundo con mirada vigorosa y sensata, el señor Henry Worthington Cowperwood se convirtió en el heredero del puesto de cajero que había quedado libre como consecuencia de la muerte del presidente del banco y del ascenso consiguiente de los otros directivos, con el salario, munificente para él, de tres mil quinientos dólares al año. Enseguida decidió, tal como comunicó gozosamente a su esposa, llevarse a su familia del número 21 de Buttonwood Street al 124 de New Market Street, a un barrio mucho mejor, donde había una bonita casa de ladrillo de tres plantas de altura en oposición a su domicilio actual en una casa de dos plantas. Existía incluso la posibilidad de que algún día llegaran a tener algo todavía mejor, pero por el momento, esto era suficiente. Estaba extremadamente agradecido.

Henry Worthington Cowperwood era un hombre que sólo creía en lo que veía y que se sentía satisfecho de ser lo que era: un banquero, o un potencial banquero. En esta época era una figura notable –alto, delgado, inquisitivo, con aspecto de erudito− de bonitas patillas suaves y bien recortadas que le llegaban hasta más abajo de los lóbulos de las orejas. Tenía el labio superior delicado y curiosamente largo, la nariz larga y recta, y un mentón que tendía a ser puntiagudo. Las cejas eran pobladas y acentuaban unos ojos desvaídos de un verde grisáceo, y el pelo era corto y liso, y lo llevaba con la raya bien hecha. Siempre vestía con levita –era lo habitual en los círculos financieros de aquellos días− y sombrero de copa. Y llevaba las manos y las uñas inmaculadamente limpias. Su actitud podría haberse denominado como severa, aunque en realidad era más cultivada que austera.

Al tener la ambición de prosperar social y económicamente, ponía mucho cuidado en con quién y de quién hablaba. Tenía el mismo temor a expresar una opinión política o social excesiva o impopular que a ser visto con algún personaje de mala fama, aunque en realidad, no tenía ninguna opinión de gran importancia política que expresar. No era ni pro ni antiesclavista, aunque el ambiente era tormentoso entre las opiniones a favor de la abolición y los que se oponían a ella. Creía sinceramente que con los ferrocarriles se harían grandes fortunas, siempre y cuando se tuviera el capital y esa cosa curiosa que era el magnetismo personal; la capacidad de ganarse la confianza de otros. Estaba seguro de que Andrew Jackson estaba totalmente equivocado al oponerse a Nicholas Biddle y al Banco de los Estados Unidos, una de las grandes cuestiones del momento; y le preocupaba, y con razón, la tormenta perfecta de dinero emitido por los bancos estatales que flotaba por allí y que llegaba a su banco constantemente –desvalorizado, por supuesto, y que volvía a entregarse a prestatarios ávidos a cambio de un beneficio–. Su banco era el Third National de Filadelfia, y estaba ubicado en lo que era sin duda el centro de Filadelfia, y en aquel momento, prácticamente de todas las finanzas nacionales –Third Street− y sus propietarios dirigían una correduría financiera como negocio suplementario. En aquellos días había una auténtica plaga de bancos estatales, grandes y pequeños, que emitían billetes prácticamente sin regulación alguna basándose en activos peligrosos y desconocidos, que quebraban y suspendían operaciones con extraordinaria rapidez. Tener conocimientos de todo esto suponía un requisito importante del puesto del señor Cowperwood. Como resultado, se había convertido en el alma de la cautela. Desgraciadamente para él, carecía en gran medida de las dos cosas necesarias para distinguirse en cualquier campo: magnetismo y visión. No estaba destinado a ser un gran financiero, aunque sí parecía haber sido designado para ser moderadamente próspero.

La señora Cowperwood era de temperamento religioso; era una mujer pequeña con el pelo castaño claro y los ojos marrones, que había sido muy atractiva en su día, pero que se había vuelto puritana y poco sentimental, predispuesta a tomarse muy en serio el cuidado maternal de sus tres hijos y de su hija. Los primeros, capitaneados por Frank, el mayor, eran una fuente de considerables disgustos para ella, porque hacían continuas expediciones a distintas partes de la ciudad, mezclándose con chicos malos, probablemente, y viendo y oyendo cosas que no deberían ver ni oír.

Frank Cowperwood era, ya a los diez años, un líder nato. Tanto en el colegio al que asistió como en la escuela secundaria, se le consideraba como alguien en cuyo sentido común se podía confiar incuestionablemente en todo momento. Era un joven robusto, valiente y desafiante. Desde el comienzo mismo de su vida, quiso saber de economía y política. Los libros no le interesaban nada. Era un chico limpio, espigado, bien proporcionado, de cara pulcra y radiante, de rasgos perfilados y afilados, con grandes ojos grises, frente ancha y el pelo castaño oscuro corto e hirsuto.

Era de actitud incisiva, rápida e independiente y hacía preguntas constantemente con el deseo voraz de hallar una respuesta inteligente. Nunca tenía dolores ni molestias, comía con deleite y controlaba a sus hermanos con mano de hierro. “¡Vamos, Joe!”, “¡Date prisa, Ed!”. No daba las órdenes de manera brusca, pero sí con mucha seguridad, y Joe y Ed las acataban. Desde el principio, admiraron a Frank y lo consideraron el jefe, y escuchaban con avidez cualquier cosa que él tuviera que decir.

Estaba siempre reflexionando, reflexionando –fascinado por la información, fuera de la naturaleza que fuera− porque no era capaz de entender cómo estaba organizado este lugar al que había llegado, esta vida. ¿Cómo habían llegado al mundo todas estas personas? ¿Qué estaban haciendo aquí? ¿Y quién empezó todo esto? Su madre le contó la historia de Adán y Eva, pero no la creyó. Había un mercado de pescado no muy lejos de su casa y allí, de camino a ver a su padre en el banco, o guiando a sus hermanos en sus expediciones de después del colegio, le gustaba echar un vistazo a cierto tanque que había delante de uno de los puestos donde se guardaban los ejemplares raros de animales marinos que traían los pescadores de la bahía de Delaware. Una vez vio un caballito de mar –un extraño animalito marino que se parecía un poco a un caballo− y otra vez vio una anguila eléctrica que el descubrimiento de Benjamín Franklin ya había explicado. Una vez vio que metían un calamar y una langosta en el tanque, y en relación con ellos fue testigo de una tragedia que lo acompañó toda su vida y que le aclaró las cosas considerablemente a nivel intelectual. A la langosta, según parecía de lo que comentaban los curiosos desocupados, no le dieron comida, ya que se consideraba que el calamar era su presa legítima. Estaba en el fondo del tanque de vidrio transparente sobre la arena amarilla, sin ver nada aparentemente –no se sabía hacia dónde miraban aquellos ojos redondos parecidos a pequeños botones negros− pero, aparentemente, no se separaban del cuerpo del calamar. Este último, pálido y de textura cerosa, muy parecido a la grasa de cerdo o al jade, se movía como un torpedo, pero sus movimientos aparentemente no escapaban nunca a los ojos de su enemiga, porque su cuerpo empezó a desaparecer gradualmente en pequeñas porciones arrancadas por las pinzas implacables de su perseguidora. La langosta saltaba como una catapulta hasta donde estuviera el calamar, que parecía estar soñando de manera despreocupada, y el calamar, muy alerta, se alejaba como una flecha, soltando al mismo tiempo una nube de tinta tras la que desaparecía. Pero no siempre tenía éxito. Con frecuencia, quedaban en las pinzas de la langosta pequeñas porciones de su cuerpo de su cola. Fascinado por el drama, el joven Cowperwood venía diariamente a observar.

Una mañana estaba delante del tanque con la nariz casi pegada contra el cristal; sólo quedaba una pequeña parte del calamar y su saco de tinta estaba más vacío que nunca. En una esquina del tanque estaba la langosta, al parecer preparada para la acción.

El chico se quedó todo el tiempo que pudo: lo fascinaba aquella encarnizada lucha. Ahora, quizá al cabo de una hora o de un día, el calamar podría morir, aniquilado por la langosta, y la langosta se lo comería. Volvió a mirar a la máquina de destrucción de color verde cobrizo de la esquina y se preguntó cuándo ocurriría. Esta noche, quizá. Volvería por la noche.

Regresó aquella noche, y ¡ved!, lo que se esperaba había ocurrido. Había una pequeña multitud alrededor del tanque. La langosta estaba en la esquina, y ante ella se encontraba el calamar partido en dos y parcialmente devorado.

—Al final lo pilló –observó un curioso−. Yo estaba aquí hace una hora, dio un salto y lo agarró. El calamar estaba demasiado cansado. No fue lo suficientemente rápido. Retrocedió, pero la langosta ya había calculado que haría eso; llevaba ya mucho tiempo observando sus movimientos. Lo ha pillado hoy.

Frank se limitó a mirar fijamente. Qué lástima que se lo hubiera perdido. Sintió una pizca de pena por el calamar al verlo muerto. Después dirigió la mirada hacia la vencedora.

—Así es como tiene que ser, supongo –comentó para sí−. El calamar no fue lo suficientemente rápido –concluyó.

El calamar no podía matar a la langosta; no tenía armas. La langosta sí podía matar al calamar; tenía unas armas muy poderosas. El calamar no tenía nada con lo que alimentarse, y la langosta tenía como presa al calamar. ¿Cuál podía ser el resultado? ¿De qué otra manera habría podido ser? No tenía nada que hacer –concluyó finalmente, mientras trotaba hacia su casa.

El incidente le causó una gran impresión. Respondía a grandes rasgos al enigma que lo había estado incordiando tanto en el pasado: “¿Cómo está organizada la vida?”. Las cosas se alimentaban unas de otras para vivir, esa era la respuesta. Las langostas se alimentaban de los calamares y de otras cosas. ¿Y qué se alimentaba de las langostas? ¡Los hombres, por supuesto! ¡Desde luego que era así! ¿Qué se alimentaba de los hombres?, se preguntó. ¿Otros hombres? Los animales salvajes se alimentaban de los hombres. Y había indios y caníbales. Y algunos hombres morían como consecuencia de tormentas o accidentes. No tenía muy claro lo de que los hombres se alimentaran de otros hombres, pero los hombres sí que mataban a otros hombres. ¿Qué decir de las guerras, las peleas callejeras y las turbas? Una vez vio cómo una turba asaltaba el edificio del Public Ledger cuando volvía del colegio. Su padre le había explicado el porqué. Fue por los esclavos. ¡Eso era! Desde luego que los hombres vivían de otros hombres. Mira los esclavos. Son hombres. Por eso hay tanta excitación estos días. Los hombres matan a otros hombres, a los negros.

Se fue a casa muy satisfecho consigo mismo por haber hallado la solución.

—¡Madre! –exclamó al entrar en la casa−, ¡por fin lo ha pillado!—¿Ha pillado a quién? ¿Qué ha pillado a qué? –preguntó extrañada−. Ve a lavarte las manos.

—Pues la langosta esa de la que os estuve hablando a ti y a papá el otro día, que ha cogido al calamar.

—¡Qué lástima! ¿Qué te hace interesarte en esas cosas? Corre a lavarte las manos.

—No se ven cosas así a menudo. Yo nunca lo había visto antes. –Salió al patio trasero, donde había un grifo y una columna con una mesita encima, y sobre ella, un cacharro brillante de estaño y un cubo de agua. Aquí se lavó las manos y la cara.

—Papá –le dijo a su padre más tarde−, ¿te acuerdas del calamar?

—Sí.
—Pues está muerto. La langosta lo cogió.

Su padre continuó leyendo.

—Qué mala suerte –dijo con indiferencia.

Pero durante días y semanas Frank estuvo pensando en esto y en la vida a la que se había visto arrojado, porque ya andaba reflexionando sobre lo que sería en este mundo y en cómo iba a salir adelante. De ver a su padre contar dinero, estaba seguro de que le gustaría la banca, y Third Street, donde estaba la oficina de su padre, le parecía la calle más limpia y más fascinante del mundo.