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CULTURAS

R2-D2, reportero
deportivo

El debut de un robot como cronista del futbol inglés abre el debate sobre el futuro de uno de los máximos géneros del oficio; la urgente demanda de información convierte en máquina al intérprete de los hechos.
Mauricio Mejía
16 agosto 2017 23:0 Última actualización 17 agosto 2017 5:0
robot

(Alejandro Gómez)

Mucho después, Walter Benjamin lo llamo cháchara. Para Karl Kraus -el solitario redactor de La Antorcha- la Phrase, así en francés, era la imagen del tiempo presente. “Es el lugar común, la frase hecha, el cliché que se usa para todo y que ya no quiere decir nada; la baba, la costra, el moco del lenguaje”.

Para Kraus (ese diagnosticador del mal de su tiempo), dice Josep Casals en Afinidades Vienesas, la prensa era el medio que destila toda esa palabrería en una crónica que aparecía en el pie de la primera página del periódico que se caracteriza por abordar la actualidad en un tono ligero y chispeante comparable al de una opereta o una charla de café (...) El fetiche en nombre del cual ejecuta esta “catastrófica confusión” que es la actualidad, ésta, como un rodillo, lo aplana todo, lo convierte todo en superficie. Y de ese modo el contenido de la prensa, recursivo a fuerza de ser novedoso, queda reducido a hechos sensacionales siempre idénticos.

Kraus sostuvo hace 100 años que el periodismo se acabó cuando el chico de los recados se convirtió en noticia. Cuando el dato, el hecho, la revelación fueron menos importantes que la voz que los enunciaba. Hoy la Liga Premier inglesa ha contratado los servicios de un robot para hacerse cargo de las crónicas ultraoportunas de sus partidos, que suelen ser vistos y seguidos por decenas de millones de aficionados en todo el mundo (y cubierta cada vez más por reporteros de diarios en sus versiones digitales, ese espacio en el que sólo permanece lo que se borra fácilmente). El nuevo invento de la tecnología remplaza la labor del intérprete de los acontecimientos al que solía llamarse con cierto swing reportero deportivo.

Desde hace muchos años la opinión ha suplido al hecho en el relato de la hazaña deportiva, la más universal de todas. No caben ya las noticias, las declaraciones de los atletas, los récords o las versiones de los involucrados en la tarea del ejercicio físico. Importa ahora quién lo dice, cómo lo dice, para qué (o para quién) lo dice y desde qué tribuna lo dice.

Eso: la tribuna ha suplido a la arena, el espacio en el que suceden los acontecimientos. Los protagonistas se volvieron los opinadores; los que –exclaman, ufanos- conocen el trasfondo de la noticia. Son ellos, no “las fuentes”, los que analizan la trascendencia de los eventos (llaman evento, por ejemplo, a una final anticipada de Champions, a un certamen olímpico o a un Mundial de futbol) de las pista y el campo.

Aquella traslación del rol de juego, pasada inadvertida por el lector, el televidente o el escucha, dinamitó las reglas básicas del ejercicio periodístico: el que pregunta es el reportero; las respuestas son la carne y el hueso del reportaje, género cada vez más desconocido en la prensa.

Julio Scherer subrayó que periodismo es revelación. Ya en este minuto del partido no importa la pregunta: los analistas, que saben lo que dicen, responden y su contestación es contundente e irrefutable categoría. De esas opiniones nace el nuevo juego del certificado de identidad, del que hablaba Kraus: la polémica. No sólo el mundo del deporte se llenó de opinadores de todas las disciplinas, también de ex atletas, de ex árbitros y ex funcionarios; que vaya que saben lo que dicen.

El nuevo robot se limitará al hecho, al conteo objetivo de las llegadas, de los goles, de las estrategias y las funciones cumplidas o descumplidas por los 22 jugadores del campo. La demanda de los nuevos consumidores de información obliga a la urgencia, a la arcadia del presente de la que hablaba Machado. El duelo acaba y en segundos los fanáticos quieren los detalles del taller del encuentro entre el United y el West Ham. El tiempo apremia. Todo es ahora. Ya. En 1920, Valéry escribió: “Y cada vez se nos exige un mayor esfuerzo intelectual. Que otros piensen por nosotros.”

Entre la traslación de la crónica del hecho (hace mucho que en México dejó de haber programas deportivos en los que el deporte, aquí sí vale la redundancia, sea el protagonista; y hace mucho que desaparecieron las crónicas de boxeo, beisbol y ciclismo, tres deportes con prosapia en las páginas de prensa hasta muy entrado el siglo XX) a la voz de los conocedores, se produjo un aniquilamiento del espíritu de la más noble tarea humana. Se produjo lo que Benjamin llamó cháchara: el gol dejó de ser una anotación para convertirse en grito del narrador en turno; la expulsión, en debate falso y pueril de entre merecida o no, y el público se convirtió en juez de quién fue el mejor futbolista de la noche. Las palabras ya no significan nada en los espacios deportivos, de por sí de pocas palabras.

Dijo Kraus que al embrutecerse el lenguaje se embrutece la vida. Aquí, más allá del salón de belleza de la palabra que siempre dice una cosa y no otra, se ha producido una transformación económica. Explica Kraus: La prensa en tanto valor de cambio necesita maquillaje cultural precisamente porque representa una devaluación de la Kultur. Y así: el medio se ha convertido en fin. En el mundo del kitsch la prensa es el acontecimiento. Pregunta Benjamin: “¿Es la prensa un discurso? No, es la vida”.

Kierkegaard había entendido que el diario anula la diferencia entre lo público y lo privado. El robot, la máxima aspiración del kitsch, suple la imaginación como la verdadera espina dorsal del periodismo, esa función que, en términos de Mauther, por no tropezar desdibuja su camino. De la página deportiva sólo queda el síntoma.