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¡Que sí, señor! Un siglo de Dámaso Pérez Prado

El 11 de diciembre próximo se celebra el centenario del nacimiento del músico cubano que puso a bailar a América, cuya obra llegó a ser tan amplia, que prefería darle número y no título a sus composiciones.
Rosario Reyes
08 diciembre 2016 21:28 Última actualización 09 diciembre 2016 5:0
Tan cercana fue su relación con México, país al que llegó en 1949, que aquí grabó sus discos más exitosos. (Especial)

Tan cercana fue su relación con México, país al que llegó en 1949, que aquí grabó sus discos más exitosos. (Especial)

Mientras la Segunda Guerra Mundial asolaba Europa, en La Habana, Cuba, a su regreso de una gira por Estados Unidos, Dámaso Pérez Prado (1916-1989) preparaba el lanzamiento de un nuevo ritmo: el mambo.

Era 1946 y la historia de la música comenzaba un nuevo episodio en todo el continente americano. El ambiente de destrucción europeo parecía muy lejano al extraordinario genio musical de quien fue conocido como cara’e foca.

Un excéntrico músico cubano originario de Matanzas, que creó la sofisticada forma musical que años más tarde encontró en México el escenario ideal para su popularización. Entre el cine y la vida nocturna de principios de la década de 1950, Pérez Prado consolidó su carrera.

Entre las anécdotas más polémicas en torno a su figura, destaca la de que hizo una versión en mambo del himno nacional mexicano. A pesar de que no existe partitura o grabación alguna que lo confirme, hay quienes atribuyen a esa osadía su deportación del país, en 1953.

Su apodo y nombre artístico
Se atribuye a Benny Moré. A un año de su llegada a México, el sonero empezaba a ser conocido entre el público, que recibía por primera vez a un joven cantante, acompañado por la orquesta de Pérez Prado. Benny Moré estrenó aquí el número Locas por el mambo, una pieza suya en la que decía: ¿Quién inventó el mambo que me sofoca?/ ¿Quién inventó el mambo,/ que a las mujeres las vuelve locas?/ ¿Quién inventó esa cosa loca?/ /Un chaparrito con cara'e foca.

El viaje a México
Llegó en busca de su consolidación. Originario de Matanzas, donde comenzó a tocar con orquestas danzoneras, a los 28 años se trasladó a La Habana. Su carrera despegó como pianista y arreglista del famoso conjunto Casino de la Playa. Sin embargo, los modernos arreglos que hacía para el grupo no fueron del agrado de la disquera Peer, que le bloqueó los contratos. Entonces decidió viajar a México. Llegó en octubre de 1949 con el cantante Kiko Mendive, que le presentó a Ninón Sevilla, quien le brindó su casa y lo invitó a hacer arreglos para cine.

El delirio mexicano
El mambo se asoció a la modernidad. Pérez Prado llegó a irrumpir entre las preferencias del público bailador, que en ese entonces gustaba del danzón, la rumba, el son y el bolero. Su música era definida en la prensa como “escándalo bailable y sensual”. En las fiestas y salones reinaba el mambo, cuya carta de presentación fue un disco grabado en 1949, que en la cara A incluía Qué rico el mambo y en la cara B, el Mambo #5. Luego vendrían otros éxitos que pusieron a bailar al país entero, como Patricia, Mambo #8 y La niña popoff.

El mambo según Carpentier
el escritor publicó su definición del ritmo en 1951. “Por primera vez un género de música bailable se vale de procedimientos armónicos que eran, hasta hace poco, monopolio de compositores calificados de modernos. Hay mambos de una invención extraordinaria, tanto desde el punto de vista instrumental como desde el punto de vista melódico; Pérez Prado, como pianista de baile, tiene un raro sentido de la variación, rompiendo con esto el aburrido mecanismo de repeticiones y estribillos. Toda la audacia de los ejecutantes norteamericanos
del jazz ha sido dejada atrás por el más extraordinario género de la música bailable de nuestro tiempo”.

La escuela neoyorquina del mambo
Se dice que suavizó los arranques de Pérez Prado. Uno de los precursores fue el director cubano-español Xavier Cugat. También, los pianistas Tito Puente y Tito Rodríguez. Jazzistas estadounidenses como Stan Kenton, a quien Pérez Prado dedicó una pieza, que éste correspondió con el tema Viva Prado. Artie Shaw y Dizzie Gillespie le dedicaron asimismo composiciones al cubano.

Los otros ritmos
Pérez prado fue un visionario. Durante una estancia en Estados Unidos incursionó en la música culta. En 1963 compuso y grabó la obra de tipo sinfónico Suite exótica de las Américas, que se estrenó en el Teatro de las Américas, en Nueva York. Al año siguiente regresó a México y comenzó a indagar en otros ritmos: dengue, culeta, mambo-twist y rockamambo. Ninguno tuvo tanto éxito como el original.

El cine
Participó sobre todo en películas mexicanas. Recién llegado a México, formó parte de la cinta Coqueta (1949), de Fernando A. Rivero, con Ninón Sevilla. Entre sus múltiples colaboraciones en el cine nacional como músico o actor (122 en total) se encuentran Al son del mambo, Amor perdido, La niña Popoff, Las interesadas, México nunca duerme, Perdida y Salón de baile. Su música aparece en otros filmes, como Underwater (1955), de John Sturges; Cha-cha-cha boom! (1956), de Fred F. Sears; La dolce vita (1960), de Federico Fellini; y Kika (1993), de Pedro Almodóvar.

Tan cercana fue su relación con México, país al que llegó en 1949, que aquí grabó sus discos más exitosos, ésos que maravillaron a los jazzistas estadounidenses de la época como Stan Kenton, Artie Shaw y Dizzie Gillespie, o a cineastas como Federico Fellini, que incluyó en su cinta La dolce vita el mambo Patricia. también en esta tierra falleció, el 14 de septiembre de 1989, a la edad de 72 años. El 11 de diciembre próximo se celebra el centenario del nacimiento del músico que puso a bailar a América, cuya obra llegó a ser tan amplia, que prefería darle número y no título a sus composiciones.