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Prodigios de Lavista

01 febrero 2014 9:16 Última actualización 01 noviembre 2013 5:2

  [“He ido por el mundo con mi cámara y los momentos dados que he tenido la fortuna de que se me den, los he capturado”, expone la fotógrafa / El Financiero]


 
Silvina Espinosa de los Monteros
 
A Paulina Lavista (DF, 1945) se le dibuja una sonrisa en el rostro. Sentada frente al jardín de su casa de Coyoacán -que durante 37 años compartió con el escritor Salvador Elizondo hasta su muerte en 2006- acepta sentirse halagada por el reconocimiento que hace un par de días le hiciera el Sistema Nacional de Fototecas (Sinafo) del INAH, institución que el próximo 7 de noviembre le concederá la Medalla al mérito fotográfico, en el marco del décimo cuarto encuentro nacional de fototecas a realizarse en Pachuca, Hidalgo.
 
Su entusiasmo es explicable, ya que aun cuando su trayectoria fotográfica ha rebasado las cuatro décadas, “los estímulos han sido escasos”, asegura. “Sólo una vez obtuve el Tlacuilo de Oro. Y esta distinción llega en un momento muy gratificante, porque me he entregado a este trabajo de manera ininterrumpida; comencé a los 14 años y ya profesionalmente desde 1968”.
 
Para alguien a quien le es tan importante el azar, resulta curioso que en el apellido lleve su oficio: “Parecería que me lo puse, pero no. Mi padre era el músico Raúl Lavista (quien, por cierto, ayer 31 de octubre cumplió un centenario de su natalicio), mi primo hermano es Mario Lavista y pues mi apellido es así. Me tocó llevar en él lo que hago. Ahí está el azar naturalmente”.
 
El ímpetu de Paulina Lavista por tomar fotos comenzó con una cámara que le prestó su papá. Con doce o trece años tomó su primer rollo y lo mandó a revelar a un sitio donde de manera promocional le obsequiaban una imagen amplificada de 8x10 pulgadas, lo que le parecía “algo extraordinario”. Poco después un amigo le prestó una cámara Leica con todas sus lentes: “Y ésa fue mi escuela, ya que era un equipo difícil de manejar”, comenta.
 
Tiempo después, Lavista ingresó al Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) de la UNAM, institución en la que estuvo de 1964 a 1967, y en la que Salvador Elizondo impartía clases. Asimismo, trabajó como asistente en la compañía Cine-Foto de Rafael Corkidi y con el fotógrafo Antonio Reynoso.
 
En 1968 exploró la técnica de laboratorio en blanco y negro, además de participar en la coordinación del registro visual de las Olimpiadas. A lo largo de su trayectoria se especializó en temas urbanos, arquitectónicos, desnudos femeninos y personajes de la vida cotidiana dentro de su entorno.
 
Capítulo aparte merecen los retratos de destacadas figuras de la vida cultural a los que Lavista pudo capturar, como Jorge Luis Borges durante su visita a Teotihuacan; Manuel Álvarez Bravo (a quien ella considera su maestro), Juan Soriano, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Francisco Toledo y, por supuesto, Salvador Elizondo.
 
Todos estos personajes siento que son míos porque yo los retraté, me los robé y los tengo guardados en mi archivo”, asegura. “Son muy entrañables Francisco Corzas o Borges, a quien fue un privilegio retratar, pero sobre todo destacaría a Juan Rulfo: la mirada pacífica, hermosa y amorosa que él tenía sobre México en sus fotografías contrasta con la posición crítica que encuentras en su literatura”.
 
Dueña de un acervo de 100 mil negativos, Paulina Lavista piensa seguir trabajando en series que aún no han salido a la luz y, en el futuro, ofrecer una parte de su archivo al Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, “porque pueden ser muy útiles para la investigación arquitectónica de la Ciudad de México”.