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culturas

Prisionero de la libertad

La excusa del mayor diploma para un hispanoescribiente otorgado hoy a Fernando del Paso es volver a "Noticias del Imperio", a "José Trigo" y a "Palinuro de México", tres monumentos de la novela, colosales geometrías de la narrativa.
Mauricio Mejía
12 noviembre 2015 18:17 Última actualización 12 noviembre 2015 18:25
No caducará la obra de Del Paso, autor de todos lo tiempos y de todos significados. (Cuartoscuro)

No caducará la obra de Del Paso, autor de todos lo tiempos y de todos significados. (Cuartoscuro)

Las letras en español festejan y celebran a uno de sus más grandes devoradores, Fernando del Paso no sólo se engulló todo el lenguaje, adjetivos, artículos, adverbios, sustantivos, conjunciones, acentos, comas y puntos y comas; todas las palabras. No sólo ha sido un glotón de las palabras, lo que cada una quiere decir sin decir otra, ni otra, ni otra. Del Paso las ha degustado, digerido y las ha aventado en un orden prosaico sin parangón en la literatura iberoamericana. Cerca de la erudición, casi pedante, el celebrado con el Cervantes, ha dado forma a un edificio colosal del idioma en el que no parece faltar nada, menos la tubería de la imaginación.

Inagotable, el escritor demuestra y confirma la sentencia de Borges: no es importante leer; lo que vale es releer. Si algún valor tienen los premios es el pretexto. La excusa del mayor diploma para un hispanoescribiente otorgado hoy a Del Paso es volver a Noticias del Imperio, a José Trigo y a Palinuro de México, tres monumentos de la novela, colosales geometrías de la narrativa en las que, como enormes tazas de té, todo cupo, la crítica, la ironía, el humor, la precisión y las bibliotecas. Eso: Del Paso es una enorme biblioteca que generó bibliotecas, fascinantes momentos de lector, que cae cautivado en cada paso de página, algo viene, algo inesperado, algo desconocido, algo asombroso, como todos los universos, como todos los descubrimientos del espacio. Espacial, Del Paso hace confundir al lector los límites de la verdad con la ficción. Lo hace con lo único que tiene que es mucho: idioma, la única herramienta de los grandes escritores para recomponer las fallas telúricas de la Historia. Obrero de las letras, se somete a ellas con un cariño infinito. Juega Del Paso; siempre es lúdico. Avasalla su talento de creación. Ora frases cortas, ora largas; ora ideas, ora escenarios; ora perfiles precisos como la navaja ora circunstancias verdaderas. Todo lo avienta, lo suelta con una naturalidad que ni se nota. Del Paso es un artista artesano antes que otra cosa. La policía literaria no puede encerrarlo en ningún movimiento ni en ninguna secta porque, como buen albañil de la prosa, es un firme prisionero de la libertad, nada detiene su paso por las hojas en blanco, se mueve como Palinuro en los terrenos del aire fresco del desparpajo.

Ajeno a la solemnidad, disfruta de los escondrijos, y allí inventa mundos y submundos. No caducará la obra de Del Paso, autor de todos lo tiempos y de todos significados, cuando el oficio de escritor se agote (de tantos, como ahora en los que hay más escritores que lectores) habrá unos ojos que se fatiguen con la delicia de este mexicano universal y multiversal.