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Porfirio Díaz, el hombre de negocios... con los recursos del país

El historiador mexicano Jorge H. Jiménez expone las relaciones ilegítimas del expresidente con empresarios. "Es probable que una buena parte de los vicios políticos de México se haya gestado durante el Porfiriato: enriquecimiento ilícito, nepotismo, saqueo institucional…", así de categórico es Jiménez.
Eduardo Bautista
11 noviembre 2015 21:23 Última actualización 12 noviembre 2015 16:32
Porfirio Díaz

Pocos periodos de la historia nacional causan tanta atención como el Porfiriato. (Cortesía)

“Es probable que una buena parte de los vicios políticos de México se haya gestado durante el Porfiriato: enriquecimiento ilícito, nepotismo, saqueo institucional… Son muchas las prácticas que perduran en la descompuesta médula de un país manchado de corrupción”. Así de categórico es el historiador mexicano Jorge H. Jiménez, quien acaba de publicar Empresario y dictador. Los negocios de Porfirio Díaz (Editorial RM), el primer libro que escarba en la faceta empresarial del general que gobernó México durante más de 30 años.

Más que un presidente era un hombre de negocios. Y uno de gran sagacidad y astucia, pero sobre todo truculento, mañoso y corrupto, sostiene Jiménez. El objetivo de Díaz –continúa– era sencillo: promover a la nación como una empresa en la que los extranjeros pudieran invertir sus capitales.

“En uno de sus primeros viajes a Estados Unidos, Díaz quiso vender una empresa de desagüe, pero no pudo porque se armó un gran escándalo en la prensa. Fue entonces cuando aprendió la lección más grande de su vida: en México no se puede ser rico si no se actúa con discreción”, comparte Jiménez.

Díaz invertía sus ganancias en las deudas públicas de otros países. Pero nunca invirtió en la de México

Quizás ésa –señala– es una explicación histórica de por qué hoy muchos funcionarios amasan sus fortunas a costa del erario, mezclando recursos públicos con capital privado y transitando entre los escaños y las ofertas accionarias.

Porfirio Díaz es el precursor institucional de las turbias relaciones entre políticos y empresarios. Incluso modificó el artículo 72 para poder darles todas las concesiones a sus amigos y familiares. Ése fue el método que utilizó para crear su pequeño grupo de leales y mantenerse en el poder por tanto tiempo”, asegura.

El historiador repasa en su libro cada uno de los negocios en los que incursionó el general oaxaqueño, desde la industria ferrocarrilera hasta la producción artística, pasando por la minería, la energía eléctrica y la banca privada. “Y en todos utilizó recursos públicos”, afirma Jiménez, quien durante muchos meses estudió con detalle documentos del acervo histórico del Archivo General de Notarías.

En el sector bancario, por ejemplo, sólo se autorizó la emisión de papel moneda a los tres bancos consentidos del presidente. Para ello creó una Ley Bancaria en la que el principal beneficiario era él.

Otro negocio poco conocido -agrega Jiménez– fue un enorme taller de escultura en el que se creaban estatuas y demás figuras que exaltaban el nacionalismo del régimen. Oficialmente se llamaba Fundición Artística Mexicana, pero el entrevistado prefiere llamarlo La fábrica de héroes, porque era en este lugar donde se construían en bronce los diferentes héroes nacionales, como Cuauhtémoc, Ponciano Arriaga y Hermenegildo Galeana. Hoy algunas piezas sobreviven y otras adornan el Paseo de la Reforma.

Díaz invertía sus ganancias en las deudas públicas de otros países, como Canadá. Pero casualmente nunca invirtió en la de México. Es evidente: no tenía ni seguridad en su propio país”, apunta el autor.

El error principal de Díaz –asegura– fue querer adaptar un modelo capitalista de primer mundo a México, un país aún inexperto, mayoritariamente rural y lastimado por las guerras de los siglos anteriores. “Para él la modernidad era parecerse a otros países. Por eso le dio los ferrocarriles a Estados Unidos y los bancos a los franceses. Y aunque quiso conformar una clase empresarial, fracasó, porque él siempre quería formar parte de ella”, agrega.

Según él, la Revolución Mexicana puede interpretarse no sólo como un conflicto social, sino como una lucha entre hombres de negocios: “Recordemos que el golpe más brutal de Porfirio Díaz contra Francisco I. Madero fue de carácter empresarial. El Banco de Nuevo León, por ejemplo, le exigió a la familia Madero que pagara todos sus créditos en muy poco tiempo. Y por si eso fuera poco, las empresas se pusieron de acuerdo para despedir a todos los Madero que trabajaran en sus filas y los acusaron de abuso de confianza”.

La sucesión presidencial –el libro de Madero con el que se inició la Revolución– es también un libro de índole empresarial, señala Jiménez. En sus páginas pueden leerse críticas a Díaz como empresario abusivo y político parcial. “También Victoriano Huerta era un empresario de la construcción. Y como tal le pidió muchos favores a Limantour para hacer varios negocios. Díaz nos heredó una corrupción institucionalizada en la que muchos políticos aprendieron a utilizar la nación para beneficio propio”, concluye Jiménez.