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CULTURAS

Poética de la pelota

Escritores como Antonio Machado, Jorge Luis Borges, Albert Camus, Miguel Hernández, Horacio Ferrer y William Shakespeare dedicaron algunas de sus letras al deporte más bonito del mundo: el futbol. 
Mauricio Mejía
07 mayo 2014 20:8 Última actualización 08 mayo 2014 5:0
Algunos poetas han dedicado sus versos al balompié. (Archivo)

Algunos poetas han dedicado sus versos al balompié. (Archivo)

El holandés Johan Huizinga sostuvo que el juego y la poesía liberan de situaciones embarazosas.

Para él, la poesía nació del juego y como juego: “En su carácter sacro, este juego se mantiene constantemente en la frontera de la alegría desatada, la broma y la diversión. Es una embriaguez de la fiesta”.

Viene la fase final de la Copa del Mundo. Brasil será, en palabras, de Huzinga, el lugar del festín de la gran tribu. Buen pretexto para juntar, sobreponer, los dos grandes divertimentos de la especie: el futbol, la gran religión laica, y el verso que todo imanta.

Antonio Machado, una especie de Xavi Hernández de la poesía española, escribió, al borde del área grande:

En las encrucijadas del camino
Crueles enemigos acechan:
dentro de la casa la traición se esconde,
fuera de la casa la codicia espera.
Vendida fue la puerta de los mares,
y las ondas del vienti entre las sierras,
y el suelo que se labra,
y la arena del campo en que se juega,
y la roca en que yace el hierro duro;
sólo la tierra que se muere es nuestra.

En la media cancha, jugando libre, como Lionel Messi, el astro Jorge Luis Borges, jugador de ambos perfiles, la prosa y el verso, atina el pase:

Aprendí a vistear con los otros, con un palo tiznado: todavía no nos había ganado el futbol que es cosa de ingleses

Loquita sin bandera, sin tiempo de repuesto, la pelota se deja seducir por el inglés de la tragedia que nunca anotó en Wembley, Shakespeare:

Oswaldo: No permito que nadie me pegue, señor.

Kent: (echándole la zancadilla y tirándolo al suelo) ¡Ni que te echen la zancadilla, mal jugador de fútbol! Balón

Schiller, el Paul Breiner de la poesía alemana, sostuvo, con la pelota pegada al pie, que el hombre sólo se puede jugar con lo bello y con lo bello sólo se puede jugar. Nibelungos al abordaje 5-3-2. Carrileros por las bandas. Todo es bullicio. El arco es la puerta de los cielos que nadie se mueva. Grita Rafael Alberti, extremo derecho que llega al final de la cancha, en donde todo es mar. Oda al arquero del Barcelona en aquella final de copa ante la Real Sociedad de 1928.

Nadie de olvida, Platko, no, nadie, nadie, nadie,
oso rubio de Hungría.
Ni el mar,
que frente a ti saltaba sin poder defenderte.
Ni la lluvia. Ni el viento, que era el que más rugía.
Ni el mar, ni el viento, Platko,
rubio Platko de sangre,
guardameta en el polvo,
pararrayos.
Camisetas azules y blancas, sobre el aire, camisetas reales, contrarias,
Contra ti, volando y arrastrándote.
Platko, Platko lejano,
rubio Platko tronchado,
tigre ardiendo en la yerba de otro país.

Porteros y poetas y locos: Vladimir Nobokov, Eduardo Chillida, Karol Wojtyla.

​Albert Camus, el Zinedine Zidane de la literatura francesa, diría que el oficio de portero es maravilloso porque “es duro el oficio de querer guardar”.

Miguel Hernández, a lo Sergio Busquets, observó mejor que nadie la soledad que reina bajo los tres palos, meta y comienzo de la gloria. Elegía a un arquero bajo el cielo de Orihuela.

Entre las trabas que tendió la meta
de una esquina a otra esquina
por su sexo el balón, a su bragueta
asomado,
se arruina, su redondez airosamente orina.
Delación de las faltas, mensajeras
de colores, plurales,
amparador del aire en vivos cueros,
en tu campo, imparciales
agitaron de poner señales.
Ante tu puerta se formó un tumulto
de breves pantalones
donde bailan los príapos su bulto
sin otros eslabones que los de sus esclavas relaciones.

Roberto Jorge Santoro, una forma de Roberto Artl con zapatillas doradas, hilvanó este regate en la media cancha, justo cuando caía el sol en un barrio del Gran Buenos Aires (la dictadura lo desapareció en 1977 sin poder arrancar sus desplantes de genio con la de gajos).

El futbol
bailarín con un pie mareador
silbador
quien lo ve
toca de a poco
en caricia
le pone al cuerpo ballet
levanta el balón
lo empuja
si lo resbala
lo mima con una gana
lo enrolla con otro pie
le da una vuelta
en el aire
de taco que ni se ve
la vuelve
le cae al pecho
que para
cae
resbala
su pierna
de forma rara
la hace morir en el pie
que la pisa
si dormida por el suelo
la toca
y levanta el vuelo
la pelota y el ballet
que en avance
con un pique
le dice que se achique
la guarda
que en el zapato
del otro que ni la ven
se da vuelta
y no la tiene
está saltando en el aire
le dice con la cabeza
que va el otro
que la deja
que la espera en otro pie.

Brasil será la casa de la fiesta, Rubem Fonseca, Clarice Lispector y Tostao, tres versiones de la gracia, amparan la gran casa de la pelota mestiza. El Palo Brasil, que nombre al país, estará en boca de todos, como Pelé, para quien Horacio Ferrer dejó esta balada que refresca el césped de todos los tiempos hasta los venideros:

A Edson Arantes do Nascimento
Pelé
le hicieron –pobre- la cuna
con un grano de café
bajo la luna.
Su esbozo
fue un trozo de claro viento.
La Luna
era una vela en la favela.
Y el arrorró oscuro,
el coro
de aquella hambruna,
donde se hornean el futbol y los shoros
en estado puro.
Edson Arantes do Nascimento,
por un momento
pareció predestinado
-fatalmente-
a abrir las puertas de los coches
alquilados
del turismo
por un cruceiro
impertinente.
Pero una noche
-los brujos tañen pandeiros-
y vaya uno a saber
por qué atavismo
caliente de su ser
se reencarnó en bailarín
el chuiquilín:
medio Marceau, medio Chaplin,
con fueros
de canillita y de torero.
Pero en el modo sutil
y condombero
y balonero
del Brasil.
Y le empujó tras la piel
El samba silvestre, aquél
que tocan a morir los sapos populares
en los lugares
donde aun hay potreros
barreros,
para los niños
que no tienen pan ni cavaquiño.
Estos sapos hechiceros,
negros sapos,
sapos raros,
los que también inventaron
la pelotita de trapo.
Y Edson Arantes do Nascimento,
que tenía un remiendo en el trasero,
y otro remiendo –grave- en la comida,
pero todo un talento,
bien entero,
meta samba,
apretó como Dios manda
la de trapo contra el piso
y le hizo, a la vida,
sin permiso,
un soberbio pas de deux remacumbero.
Y es ahora un son universal
de mía tuya y tuya mía
que le canta en el botín,
fenomenal,
al chiquilín,
medio Marceau, medio Chaplin.
Y una escola de taquitos y muletas,
mía y tuya y tuya mía,
y la alegría
de una gran mitología
de gambetas
y de locas butacas,
de pisadas.
Y esos goles…¡Goles, che,
algunos,
para firmarlos
como si fueran cuadros y guardarlos!
Tuya y mía mía y tuya;
qué linda aristocracia de uno
que es esta suya,
Pelé.
Porque usted se acuerda, todavía
de aquel día
en que Edson Arantes do Nascimento
le hicieron –pobre- la cuna
con un grano de café
bajo la luna.

Nuestro Fernando Marcos, dijo en la parte final del Partido del Siglo entre Italia y Alemania, en el Azteca.

Los minutos pasan.
Los minutos pesan.
Los minutos pisan.

Algo de Villaurrutia alentaba al gol.