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Plácido Domingo, el travieso

Cumplir 55 años de carrera operística evoca los inicios de una trayectoria fantástica. Ni de lejos sospechaban los alcances a los que llegaría quien venía de ser un equivocado barítono en la compañía de zarzuela de sus padres, de la que fue pianista.
María Eugenia Sevilla
05 noviembre 2015 20:43 Última actualización 06 noviembre 2015 5:0
10 de octubre de 1960. Domingo (der.) interpretó a Alfredo en La Traviata, junto a Rafael Sevilla, en Monterrey (izq.). (Cortesía)

10 de octubre de 1960. Domingo (der.) interpretó a Alfredo en La Traviata, junto a Rafael Sevilla, en Monterrey (izq.). (Cortesía)

Sobre las tablas, entre compañeros, Plácido Domingo ha destacado también por su sentido del humor, incluso la travesura. Durante una función de My Fair Lady, de producción nacional, el incipiente tenor se colgó al cuello una botellita con agua y, en cierta escena en la que se apagaba la luz, aprovechaba el momento para salpicar a uno de los cantantes, el barítono Jorge Lagune. Le divertía verlo voltear para todas partes sin saber de dónde le llovía. Era 1959, y el cantante con más discos grabados en el mundo operístico tenía unos 18 años, recuerda Rafael Sevilla.

Plácido era siempre jovial, algo travieso”, afirma el también tenor, quien conoció a Domingo cuando ambos eran estudiantes en la extinta Academia de la Ópera, en 1958.

Ni de lejos sospechaban los alcances a los que llegaría quien venía de ser un equivocado barítono en la compañía de zarzuela de sus padres, de la que fue pianista. De hecho, por aquel tiempo -refiere Rafael Sevilla-, era más conocido en la escuela como ejecutante de piano. “Y su afán de conquistador”, dice con picardía. Pero sobre todo, por su musicalidad y generosidad.

“Tenía y aún tiene una faceta que muy pocos acompañantes poseen, que es: si no había partituras, acompañar de oído y de memoria. Y siempre estaba dispuesto a estudiar al piano con quien se lo pidiera”, comenta quien compartió piso con Domingo y su mujer, Marta Ornelas, durante más o menos un par de años, cuando formaron parte de la Compañía de Ópera de Tel Aviv, en Israel, a inicios de los años 60.

JUVENTUD ACUMULADA
Le gustaba decir que sí. El hombre de hierro de la ópera admite que si forjó una de las carreras más longevas de su ámbito ha sido precisamente por eso.

Un primer par de zuelas en la escena
1957. En la zarzuela Gigantes y cabezudos, de Manuel Fernández Caballero (barítono).
1958. En el estreno mundial de la ópera mexicana Eréndira, de Luis Mendoza López, (bajo).
1959. En la ópera Marina, de Eugenio Arrieta, como Pascual (tenor). Teatro Degollado de Guadalajara.
1959. En Rigoletto, de Giuseppe Verdi, como Borsa (tenor). Palacio de Bellas Artes.
1959. La Traviata, de Giuseppe Verdi, como Alfredo (tenor). Teatro María Teresa Montoya de Monterrey.
1959. En el estreno en México de Diálogos de Carmelitas, de Francis Poulenc, como el Padre confesor (tenor).Palacio de Bellas Artes.
1960. En Tosca, de Giacomo Puccini, junto a Giuseppe Di Stefano, como Spoletta (tenor). Palacio de Bellas Artes
1960. En el estreno mexicano de Turandot, de Giacomo Puccini, como el Emperador Altoum (tenor). Palacio de Bellas Artes.


“La pasión y el entusiasmo que tengo siempre me ha mantenido en forma”, dijo ayer a la prensa mexicana en una videoconferencia desde Nueva York. La ocasión fue para anunciar el concierto con que el martes próximo celebrará, en el Auditorio Nacional, 55 años de su debut como tenor. Unos años que, advirtió, “pasan rápido”, pero que lo hacen verse a los 74 como un hombre de “juventud acumulada”.

La monumentalidad de Domingo se debe a toda una forma de ser inmersa en una realidad musical desde siempre, confirma Rafael Sevilla. “Con o sin gente, se distraía cantando frases tanto de ópera como de zarzuela. Era un hombre hecho para la vida de su voz”.

LOS AÑOS CUESTA ARRIBA
Pero lograr las amplias, brillantes y redondas notas altas que encumbraron al artista también fue cosa de decir sí. Una conquista ardua, que le tomó años. Primero, porque no las había cultivado hasta que el maesto Umberto Mugnai dio con su tesitura correcta al entrar a la Academia de la Ópera.

Tras una serie de debuts en el registro bajo en 1957 y 1958, fue hasta 1959 que se estrenó como tenor, en México. Hizo un principal (Alfredo, en La Traviata), en el Teatro María Teresa Montoya, en Monterrey, y papeles menores. Todavía en 1964, ya en Israel, su compañero de viaje lo recuerda insistiendo en que sí, el agudo saldría, en casa, junto al piano rentado, y en el teatro, al que a veces llegaba antes del ensayo. “Él, en el escenario, hacía sus ejercicios y trataba de ir superándolos, y Marta oyéndolo en la última fila, al pie del cañón”.

Después de 280 funciones en Israel, el trabajo estaba hecho. Llegó la oportunidad en la New York City Opera, en 1966. El resto es historia. En palabras del propio Domingo, “una carrera fantástica”.

Son recuerdos entrañables, toda una vida dedicada por completo a la música. Ha sido un privilegio el poder hacer una carrera tan fantástica. Vamos a decir que mi trabajo es mi hobbie”.