AFTEROFFICE

Pintar es como un acto de meditación, no tengo que explicar nada

10 febrero 2014 5:19 Última actualización 19 agosto 2013 5:2

 [David Choe nos platica sobre su nueva exposición en el Museo del Chopo/ El Financiero]


 
 
Silvina Espinosa de los Monteros
 

Luego de cuatro años de estar ausente del mundo del arte, el pasado fin de semana el artista estadounidense de padres coreanos, David Choe (Los Ángeles, California, 1976), inauguró la exposición Snowman Monkey BBQ en el Museo Universitario del Chopo, donde de manera simultánea se abrieron al público cuatro muestras más.
 
 

Con la nutrida presencia de gente interesada en el arte callejero y seguidores de la obra de este hombre que en 2005 pintó las oficinas de Facebook —por encargo de Sean Parker y Mark Zuckerberg, recibiendo como pago acciones de la empresa que en pocos años valdrían 200 millones de dólares—, Choe arribó al museo acompañado de sus padres y amigos originarios de Los Ángeles.
 
 

Snowman Monkey BBQ busca transmitir una gama de emociones crudas, relacionadas con los temas del deseo, la degradación y la exaltación de la condición humana, a través de diversas técnicas experimentales inspiradas en la inmediatez del grafiti, entre las que destaca el llamado dirty style, del que Choe es un magistral exponente.
 
 

La muestra, ubicada en la sala sur del Museo del Chopo, está integrada por 18 óleos, un mural, un carromato-escultura con cabeza de caballo realizada a partir de desechos industriales, una instalación compuesta por piñatas de súper héroes grafiteados en negro, así como 25 acuarelas, entre las que se encuentran dos realizadas al alimón con el artista de origen italiano, radicado en México, Pedro Friedeberg.
 
 

David Choe asegura que la experiencia de mostrar su trabajo en este recinto “es un honor y un placer” para él. El mural, la escultura y la instalación de piñatas las llevó a cabo in situ, durante un lapso de tres semanas. Las acuarelas, en cambio, las trajo ya hechas de Los Ángeles, a excepción, claro, de las creadas con Friedeberg, el excéntrico autor de la silla-mano.
 
 

—¿Por qué el título de Snowman Monkey BBQ? ¿Cuál es la interrelación entre las cartas del juego de bacará y su experiencia con los indios kogui?
 
 

—Esas tres palabras del título —explica Choe— son la que los apostadores chinos de bacará gritan en las casas de juego para pedir las cartas que les faltan, mientras apuestan todo su dinero. Por lo que yo pensaba: “Esta gente está loca.” Yo mismo fui adicto al juego por largo tiempo. Los últimos diez años fueron para mí una experiencia de locura, a la que ya no le encontraba sentido. Por lo que detuve las cosas y no aposté más. Así que las obras de esta exposición fueron una manera de crear sentido a algo que para mí no lo tenía. Esto, sumado a mi experiencia del año pasado con los indios kogui en Santa Marta, Colombia, donde participé en un ritual con ayahuasca. Había dejado el arte por cuatro años, era un periodo de vulnerabilidad que se volvió muy reflexivo para mí. Y, a los 37 años, ese ritual cambió mi vida.
 
 

Todo cobró mayor brillantez, que es como actualmente me siento.
 
 
—¿Qué representa para usted el llamado dirty style?
 
 

—Yo soy zurdo. Cuando en la escuela de arte te enseñan a pintar una raya, tú haces esto —asegura Choe, mientras mueve horizontalmente la mano de un punto a otro—, pero siendo zurdo frotaba la mano contra la superficie y, aunque tratara de hacerlo muy limpio, siempre acababa escurriendo o manchando el trazo. Para mí eso era frustrante hasta que pensé: “Está bien, siempre estará sucio; sólo es cuestión de aceptarlo e integrarlo a mi forma de hacer las cosas.”
 
 

—Esa característica suya vinculada a la imperfección tiene mucho qué ver con la esencia de la condición humana y lo que usted busca transmitir…
 
 

—Exactamente. Es como esa escultura con cabeza de caballo que está en medio de la sala. Cuando ando en la calle me interesa recopilar materiales feos, sucios y a los que nadie toma en cuenta, para construir otra cosa. La gente lo ve como basura y me pregunta: “¿Qué vas a hacer con eso?” Y yo les digo: “Esperen, regresen en unas horas o el día de mañana y ya verán.” Mi metáfora al respecto es que se puede encontrar belleza en algo feo o repugnante.
 
 

El mural que David Choe hizo ex profeso para una de las sala del Museo del Chopo fue realizado en el perímetro de una enorme estructura rectangular y posee cuatro facetas. Tiene dos personajes reconocibles y numerosos elementos mezclados al azar, desde un luchador hasta diferentes tipos de ojos, las perneras de un pantalón, una rodilla con carita feliz…
 
 

—¿Esto tiene algún significado?
 
 

—La manera perfecta de hacer arte para mí es tratar de no pensar en lo que estoy haciendo.
 
 
Por ejemplo, en el panel izquierdo del mural hay un personaje que tiene un brazo hecho como de pedacería de metal y, al final, una pequeña mano. Eso simplemente me salió. Probablemente significa algo, porque viene de mí, pero la verdad no sé qué es. Es como cuando sueñas: una mezcla de locuras aparece y, al despertar, te preguntas: “¿Qué es esto?”
 
 

—¿Cómo fue la colaboración con Pedro Friedeberg en ese par de acuarelas denominadas Cadáveres exquisitos?
 
 

—Fue casual: fui a su casa y nos pusimos a trabajar. Acordamos doblar el papel de tres maneras. Él pintaba algo y yo no lo podía ver. Luego, yo pintaba otra parte y él no la podía ver. Nos la pasamos muy bien, estuvimos tomando mezcal y tequila, fue un gran momento. Me gustaría que siguiéramos trabajando juntos. Friedeberg es una leyenda, además de que es un hombre genial y divertido.
 
 

—Finalmente, ¿qué entraña el acto de pintar para usted?
 
 

—Ahora estamos platicando para esta entrevista, pero cuando pinto no tengo que explicar nada. Es un proceso donde limpias tu mente y entras como en una especie de trance o meditación.