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Pilar Rioja: 75 años de garbo

A los cuatro años aprendió las jotas, bailes populares que sus padres, afincados en Torreón, disfrutaban en fiestas familiares para recordar a su España natal. Ahora, la Secretaría de Cultura del DF le realizará un homenaje el viernes 14 de agosto en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris.
Rosario Reyes
04 agosto 2015 22:47 Última actualización 05 agosto 2015 5:0
Para ella lo más importante es la expresión. Pero, aclara, sin técnica el cuerpo no está preparado para hacerlo. (Edgar López)

Para ella lo más importante es la expresión. Pero, aclara, sin técnica el cuerpo no está preparado para hacerlo. (Edgar López)

Pilar Rioja ha bailado toda su vida. A los cuatro años aprendió las jotas, bailes populares que sus padres, afincados en Torreón, disfrutaban en fiestas familiares para recordar a su España natal. De adolescente, actuaba en variedades de centros nocturnos, presentaciones que alternó durante algún tiempo con sus funciones en teatros.

Perfeccionó en España las técnicas que aprendió en México con los maestros Óscar Tarriba y Manolo Vargas. “Son las danzas de ida y vuelta, desde la Conquista, entre España, África y Latinoamérica. Compartimos un idioma, el español, y también el lenguaje de la pasión. Los marinos traían sus canciones, que se convirtieron en romances en España y, aquí, en corridos. Iban y venían y se iban transformando”, explica Rioja, una vital mujer de 82 años.

Fue esposa del poeta Luis Rius, quien le escribió varios de sus espectáculos. Gracias a los dibujos que Héctor Javier hizo de ella aprendió el artilugio. “Él hacía una línea y no la continuaba, la dejaba a la imaginación del espectador. Igual un bailarín tiene que dejarle algo al público, no darles todo hecho, sino insinuar”, asegura la bailarina a quien el poeta catalán Juan Duch le dedicó un libro, igual que Simón Pelegri. Pita Amor, recuerda, le obsequió varios poemas y el investigador Alberto Dallal ha sido su biógrafo. Como puede verse es el resumen de una vida intensa.

Pero no sólo del arte ha alimentado su sensibilidad. “Muy joven empecé a bailar en lugares de baja ralea, donde había ‘encueratrices’. Un público difícil. El del teatro lo es, porque te exige mucho. Pero atraer la atención del público que va a divertirse de otra manera no es nada sencillo. El teatro exige perfección. No, perfección no; porque es un término que no me gusta. Equivocarse es bueno, te hace improvisar y ser más humano”.

La Callas de la danza española
Un retrato que le pintó el artista Guillermo Ceniceros y varias esculturas, algunas reproducciones a escala de las que lucen en ciudades como Torreón o Morelia, decoran su sala. Su imagen, detenida en el tiempo, luce en cada pieza con un garbo único, que encuentra su máxima expresión en el escenario y se refuerza cuando se observan sus gestos al hablar.

Asegura que, de haberse quedado en España luego de terminar sus estudios, no habría desarrollado el estilo que creó en México. “El español es más fuerte, más temperamental, aquí somos más dulces hasta en el hablar. Por el mestizaje, las fusiones caribeñas como las guajiras, se integraron más fácilmente a mi forma de bailar”.

En presentaciones como Teoría y juego del duende, basado en poemas de García Lorca, o Mística y erótica del barroco, que estrenó en 1975, cuando lució por primera vez el vestuario diseñado por Billy Barclay, quien aún se encarga de sus trajes, Rioja prescinde de escenografía. “Como soy del desierto me gusta el escenario vacío”, cuenta la artista a la que Nueva York llamó como “La Callas de la danza española”.

“Yo hago un mestizaje, no bailo como en España. Aunque soy hija de españoles, nací aquí, soy del norte y mis costumbres son de aquí”, aclara. Sus padres llegaron a México siendo casi unos niños. Se instalaron por separado en Coahuila. Vinieron solos, a trabajar cuando todavía no cumplían 15 años. “A La Laguna arribaron muchos vascos; mi papá era el único riojano y conoció a mi mamá en una hacienda”, cuenta del matrimonio que tuvo cuatro hijos. Las dos mujeres, Pilar, la mayor, y Milagros, la menor, se inclinaron por la danza. Bailaron juntas durante varios años. Los hombres siguieron caminos muy lejanos al arte en movimiento. De hecho, uno de ellos murió hace tres meses; golpe que tiene a Pilar en un pasaje de tristeza.

Ha sido un estandarte de México en el extranjero. Cada año, iba dos veces a la ex Unión Soviética y pasaba tres meses en temporada en Nueva York. El resto del tiempo lo dedicaba a los escenarios mexicanos. Recuerda entre sus mejores experiencias las giras Fonapas en el sexenio de José López Portillo, en teatros como el Degollado, de Guadalajara, Bellas Artes, en la capital y el Juárez, de Guanajuato. También, actuaba en el Isauro Martínez, de su ciudad natal. En ninguno se cobraba la entrada para verla, un desplante impensable en estos días. “Luego íbamos a los pueblitos. Aurora Molina declamaba versos de García Lorca con dos guitarristas. Yo hacía cosas clásicas de la escuela bolera del siglo XVIII y el pueblo era muy receptivo, gozaba porque no pensaba en tecnicismos”.

Para ella lo más importante es la expresión. Pero, aclara, sin técnica el cuerpo no está preparado para hacerlo. “Se trata, eso sí, de no hacerla evidente; no hacer alarde de cuántos zapateados hice en tres minutos, o cuántos saltos, cuántas vueltas en el aire. Bailar es difícil, claro que lo es, pero yo nunca tuve prisa. Todo en mi carrera se fue dando. A su tiempo, llega. Todo es ritmo”.

La irrrenunciable vocación por estar vivo y hacer lo que se quiere
Conocedora de la danza clásica y del folclor mexicano, ha hecho una fusión única que no se puede definir de otra forma más que con su propio nombre. Pilar Rioja baila Pilar Rioja hace 75 años y para celebrarla, la Secretaría de Cultura del Distrito Federal le realizará un homenaje el próximo viernes 14 de agosto en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris a las 20:00 horas, con entrada libre.