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culturas

Vivienda orgánica, binomio humano-naturaleza

La arquitectura orgánica es una rama que crece poco a poco en México. “Las líneas rectas son un invento del hombre. Lo curvo es semejante al seno materno, el primer espacio que conocemos: un área natural y abrigadora”, sostiene Javier Senosiain. 
Carlos Zulbarán
03 septiembre 2014 21:43 Última actualización 04 septiembre 2014 5:0
La Casa Orgánica de Senosiain recupera la forma del útero materno. (Cortesía)

La Casa Orgánica de Senosiain recupera la forma del útero materno. (Cortesía)

El hombre tiene tres pieles: la epidermis, que se ajusta al organismo de la persona; la ropa, que se adapta al cuerpo, y la vivienda, que debería ajustarse al hombre. Pero esto no sucede, ya que por lo general se construye a base de cubos, cuya forma no se adapta a las necesidades ambientales y físicas del ser humano, observa Javier Senosiain, considerado el máximo exponente de la arquitectura orgánica en México.

Para él, esta disciplina debe basarse en el binomio humano-naturaleza, que permite el regreso a lo esencial: el ser biológico. Sus construcciones se caracterizan por amoldarse a las condiciones geográficas del lugar -la topografía, la orientación con vistas, el entorno y las condiciones culturales-, y privilegia las formas curvas porque, dice, casi todo en la naturaleza “pide” ese tipo de diseño.

“Las líneas rectas son un invento del hombre”, asevera. “(Lo curvo) es semejante al seno materno, el primer espacio que conocemos: un área natural y abrigadora”.

Otros arquitectos mexicanos como Gerardo Broissin y Francisco López Guerra consideran que la arquitectura orgánica debe ser sustentable y utilizar materiales amigables con el medio ambiente, aspecto que, advierten, no se cumple en la obra de Senosiain, que está construida con ferrocemento.

En todo caso se trata de dos visiones de una rama arquitectónica que en México es incipiente y se abre campo de forma muy paulatina, debido a que la construcción con materiales naturales y el uso de tecnologías verdes encarece los costos: por ejemplo -dice Broissin- colocar paneles solares cuesta un 600 por ciento más que una instalación eléctrica.

Además, las obras son habitacionales o ecoturísticas de bajo perfil. Incluso una figura como la de Senosiain, que posee una trayectoria de 42 años y una creación que ha sido comparada con la de Antoni Gaudí y Frank Lloyd Wright, realizó su última obra orgánica en 2007: el conjunto habitacional Nido de Quetzalcóatl (2007), de 10 casas, en el Estado de México.

MÍNIMA HUELLA AMBIENTAL

Broissin, reconocido como uno de los 10 arquitectos de vanguardia mundial en 2007 por Architectural Record, de Nueva York, y López Guerra, ganador del Concurso Nacional de Diseño Arquitectónico del Pabellón de México para la próxima Exposición Universal de Milán, en 2015, sostienen que la arquitectura orgánica debe buscar la sustentabilidad y tomar en cuenta aspectos como el uso de materiales naturales y energía verde, para tener un mínimo impacto ecológico.

Al igual que Senosiain, para quien el espacio debe fluir por donde lo permita el terreno, los proyectos de Broissin recuperan factores como la orientación para el aprovechamiento de la luz solar, o el emplazamiento sobre la superficie de construcción. Así ha llevado a cabo proyectos como el hotel Itaai, en Bonfil, Sonora, cuyos muros están hechos a base de tierra compactada, que tiene un efecto térmico. Siempre utiliza materias primas que el propio lugar ofrece. “Es una arquitectura verde y ambiental”.

El diseño desarrollado por López Guerra para el pabellón mexicano de la feria alimentaria en Italia está inspirado en las hojas del tamal, por lo que recibe su nombre en náhuatl: Totomoxtle (hoja de maíz). Más allá de estructurarse a partir de patrones de la naturaleza, está hecho con materiales amigables al medio ambiente, como madera y otros que son industrializados a partir de productos no artificiales.

“El Totomoxtle sugiere una propuesta arquitectónica sustentable en cuanto a forma y función, además de atacar el tema de la alimentación que se requería”, explica López Guerra. La pieza tiene como objetivo mostrar la preocupación por el tema bioclimático a través de una arquitectura efímera, así que la estructura es ligera y fácil de construir; es desmontable, reutilizable y reciclable. Los muros y techumbre del Totomoxtle están armados en forma envoltoria y movible, lo que permite el paso de la iluminación exterior y produce sombra en el acceso principal. Hay una cascada de luz en la entrada y un manantial que baja por terrazas y termina en una chinampa.

“Esto es una forma simbólica de representar la biodiversidad del país, que debe presumir su cuarto lugar como potencia en el mundo”, puntualiza López Guerra.

Recuperar la relación primigenia con el entorno natural mejora la calidad de vida, pero resulta cada vez más difícil, coinciden los arquitectos, quienes a contracorriente abren brecha para restablecer esta conexión en el hábitat cotidiano.

“Vamos a paso muy lento. La arquitectura sustentable debe concientizarnos y todavía no lo ha hecho con la sociedad mexicana. Hay consciencia de la sustentabilidad en otros rubros, como ahorrar luz, que ha sido promovida por los gobiernos, pero no hay inversiones que quieran apoyar a la arquitectura sustentable”, concluye Broissin.

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