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CULTURAS

Piedra sobre piedra

El ahora ganador del Nobel, del Pulitzer, del Oscar y del Príncipe de Asturias, Bob Dylan, nació y así lo dijo, en un lugar que no le correspondía y por eso siempre buscó el camino a casa.
Mauricio Mejía
13 octubre 2016 12:47 Última actualización 13 octubre 2016 13:23
Bob Dylan

(Reuters)

La vida es un absurdo que ofrece respuestas a preguntas nunca formuladas. El día en el que el Nobel se vuelve irreverente, al otorgar el premio al rabí Bob Dylan, la muerte arrebata a Darío Fo (otro diplomado desde la altanería) del mundo de los vivos. El guionista del 13 de octubre juega al círculo, narrativa folk que no conduce a otro lugar que al viento, el pasaje en el que solamente quedan las hojas sobre el baldío campo de la poética sin acentos.

Dylan, buscavidas, rapsoda que al contarlo todo descubrió que nada importa lo suficiente como para ser digno de la eternidad, como ya lo dictaminó ese monumento literario (al que se premia de paso) que llaman Eclesiastés. Dylan supo darle vuelta al mundo pop: cuando todo era cuestionamiento, cuando todo era ruido ordinario, cuando los Beatles irrumpieron con la más extraordinaria música, cuando todo era fama, Bob se puso de sabio y dejó que todos los detectives de la metafísica buscaran en sus letras pistas del sin rumbo.

Dylan, el ahora ganador del Nobel, del Pulitzer, del Óscar y del Príncipe de Asturias, nació (lo dijo) en un lugar que no le correspondía y por eso siempre buscó el camino a casa.

Hijo del frío (Hibbing, Minnesota), “tanto que era imposible ser rebelde”, el muchacho judío llegó a Nueva York para romperle la cintura al siglo: sin voz, sin presencia, sin opulencia y sin glamur, rescató las letras de la guitarra y ya nada fue igual: el pop comenzó a contar su versión de los hechos y no fue nada dulce, nada cursi y nada banal lo que ese relato pontificó.

Descendiente de Kerouac, de Dylan Thomas y de Woody Guthrie; de Belafonte, de los Clancy Brothers y de Odetta, profeta de las personas (víctimas de los sistemas), Dylan dio mayoría de edad a la juventud de la posguerra, la primera de la historia. Los Beatles agotaron el amor y el tú. Dylan estrenó el Canto a nosotros mismos, como lo quería Thomas Mann, la luz y la oscuridad de la especie que se debatía entre el capitalismo salvaje y el socialismo de Estado.

En medio de los sistemas nació Like a Rolling Stone, “esa vomitona larguísima”, como él mismo la llama. Exclamó hace mucho: “Es la representación definitiva de lo que yo hago”. Dylan, el pastor, el salmo, era el significado de una época, la respuesta a ninguna pregunta debidamente formulada. Ahora que se han derrumbado todos los significados, ahora que ya nada es, Dylan es el puente para descifrar a la especie ya carente de fuego, de relato y de dialéctica.

Ahora que el diálogo ha desaparecido, ahora que se agotaron los signos de interrogación, Dylan es el síntoma de la metafísica; sabe, como Nietzsche, que el hombre es, antes que otra cosa, un ser inacabado. Y en lo que falta, Dylan da de sobra.

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