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Periodismo cultural, un cuarto de siglo

10 febrero 2014 5:1 Última actualización 02 agosto 2013 8:20

 
Redacción
 
Esta sección ha desconocido, desde su inicio, el significado de "las listas negras", un comportamiento (azarosamente mezquino) que complementa, de manera diríamos natural, el servicio informativo en los diversos medios de comunicación, que definen, a la vez, sus normas ideológicas. Todas las voces han tenido aquí cabida, incluso las que nos deturpan. Asimismo, y esto es un orgullo muy nuestro, los periodistas que laboramos en esta sección no desayunamos con funcionarios ni políticos de relieve en el momento de sus dichas investiduras. Sus reporteros han buscado, consiguiéndolo, entrevistarse con gente que niega nuestro trabajo cultural, y aireado sus voces. Y han denunciado, en su momento, sucesos que, posteriormente (y que los otros diarios han dado como noticia suya, como en los distintos casos de los sobornos en las zonas arqueológicas o en la onerosa Estela bicentenaria), han salido a la luz provocando escándalos coyunturales. Hacer periodismo, pues, por el periodismo mismo -y válgase esta candorosa rima. ¡Salud!
 
 
Diaria literatura
Juan Gelman, poeta y periodista argentino
 
Me parece fuera de lugar hablar de periodismo cultural como algo diferente. Hacer la diferencia entre periodismo cultural y el otro a mí siempre me chocó. Yo creo que, en primer lugar, es periodismo. Es un periodismo que se ocupa, en efecto, de la cultura. Así como hay un periodismo que se ocupa de la situación nacional, otro que se ocupa de la situación internacional, otro que se ocupa de lo deportivo. El que trate otros aspecto de lo que tradicionalmente se ocupa el periodismo no significa que deje de serlo. Para mí es una comodidad de expresión.
 
El periodismo cultural sí es muy importante para una sociedad, porque da a conocer la existencia de libros, de obras de arte, de música... Es cierto: hoy muchos de los dueños de las empresas periodísticas ven el periodismo cultural como un adorno. Son criterios que da el periódico. Sin embargo, la importancia del periodismo cultural reside precisamente en eso: en difundir la aparición de un libro, publicar ensayos o crítica cinematográfica que ayude al lector a elegir y discernir una película. A dar cuenta de actividades que de otro modo no sé en que sección se leería. Yo mismo tomo dosis de ideas en el fárrago de las informaciones de todo tipo que se publican.
 
Si bien es cierto que practiqué muy poco periodismo cultural -en general lo que yo hacía era periodismo sobre política internacional-, sí dirigí un suplemente cultural en el periódico La Opinión. Era una época en que el tipo de información que se generaba era otra, era extensa; por ejemplo: historias de vida, crónicas. Porque yo entiendo al periodismo como un género literario que se escribe bien o se escribe mal; como pasa en cualquier arte: se pinta bien o se pinta mal. El periodismo es literatura. Pero algunos periodistas no se dan cuenta.
 
 
A partir de las ruinas
Mario Bellatin, escritor
 
El tema puede verse desde distintas perspectivas. Lo primero que se debería tener claro es que el periodismo cultural no es un espacio que necesariamente contribuya al bien social. Escudados en esta premisa, muchos grupos -en apariencia con un interés cultural- han conformado una serie de mafias y mecanismos de poder, donde lo menos importante ha sido servir de vínculo entre los hacedores de cultura y los lectores sino, al contrario, muchas veces se han encargado de desvirtuar esta relación creando un cuerpo artificial, artificioso, de lo que se ha considerado cultura.
 
En la actualidad, por ejemplo, me parece que sólo los medios independientes, los que no dependen de grandes instituciones -dependientes del Estado, la mayoría de las veces para ser financiadas directa o indirectamente de un modo muchas veces desproporcionado con respecto a lo que supuestamente ameritan sus fines- son las que de alguna manera mantienen ese lazo entre productores y consumidores de cultura. En muchas ocasiones, al ver la ínfima calidad de las publicaciones mexicanas y los intereses oscuros que hay detrás de los individuos que las manejan, siento deseos de que ocurra algo que supuestamente no deseo, pues me gustaría que hubiese muchos y excelentes suplementos culturales, pero estoy de acuerdo que no sólo se reduzcan los espacios sino que los cierren de una vez por todas.
 
Como un deseo ciego y absurdo de que aprendiendo a partir de las ruinas seremos capaces de descubrir en qué fallamos.
 
 
Un grano de arena
Dionicio Morales, poeta
 
El periodismo cultural en México, a partir del siglo XIX, tomó carta de ciudadanía en las publicaciones de la época y desde entonces se convirtió en un vehículo indispensable para informar y orientar a los lectores sobre los tópicos que van más allá de la nota cotidiana, abriéndole otro camino en su formación y educación profesional.
 
En la actualidad los medios, periodísticos y televisivos, desdeñan -más la televisión- lo relacionado con la cultura porque creen que de ninguna manera es negocio, a pesar de los anuncios pagados de las instituciones culturales de los gobiernos estatales y federales para dar a conocer sus programas al respecto.
 
Los medios les dan prioridad a los espectáculos artísticos y a las páginas de sociales, porque la mayoría de los lectores -la otra no cuenta- las prefiere por sobre todo lo relacionado con la cultura, de la que están muy alejados.
 
En los medios mexicanos, como salta a la vista, existen grupos o grupúsculos culturales que se elogian y se publican a sí mismos, quizá porque tienen prisa por alcanzar la celebridad y conseguírselas a los miembros de su clan. Los demás no existen.
 
Creo que el periodismo cultural en México, en todos los medios a su alcance, debe abrirse de una manera más democrática y hacer un frente común, cada quien desde su trinchera, contra la basura que nos endilgan todos los días los medios para sembrar un grano de arena y convertir a los lectores en ciudadanos que sean mejores por dentro.
 
 
Extravagancias infames
Eduardo Monteverde, médico y periodista científico
 
Entrar al mundo del periodismo cultural es un pasaje a lo grotesco. Gruta, voz latina derivada de cripta, del griego kryptein, "ocultar". Triste paradoja que un oficio que presume de luminoso, esté anclado en cavernas de codicia soterrada.
 
Desde la antigüedad más remota las grutas son un recinto de fantasía. La piedra forma hélices caprichosas y lo vertical se convierte en una caída al desconcierto. Para evitar el vértigo, la cultura azorada le dio sentido a los huecos y relieves donde la velocidad de las sombras es más rápida que el movimiento de los destellos.
 
El ámbito del periodismo cultural es una gruta. De esa piedra -y valga la redundancia- de la Edad de Piedra surgieron las formas de animales y dioses, los relatos de apariciones en la profundidades que tenían rostros semejantes al del observador que miraba y les dio un alma con proporciones diferentes a las del espectador. Lo grotesco es la ruptura de la simetría. Rostros distorsionados, gesticulaciones y aspavientos en el secreto de los antros. Un silencio apenas roto por los intervalos de las gárgaras del agua subterránea.
 
Gárgola, onomatopeya para el ruido de los monstruos que hacen gárgaras. De las grutas salieron las gárgolas medievales para opinar con gorgoteo de drenaje, en los caños que drenan de las catedrales y se vierten a las calles. Eran los monstruos "opinadores" de las cloacas convertidos hoy en editores de la bienaventuranza que no es otra cosa más que el disfraz de la miseria humana.
 
Así es el periodismo cultural: una gruta con galerías de doble rasero.
 
Cuando un joven reportero entra al recinto del periodismo cultural imagina una sala plena de ingenios y de célebres ingeniosos con varas mágicas de enseñanzas y altruismo. Galerías luminosas de humanidad, sin percatarse que hay humanistas canallas, gárgolas que no son otra cosa que el drenaje de la bondad para abonar su propia codicia con el disfraz de lo humanitario. El aprendizaje para este iluso será al abc de la envidia del bien ajeno: convertirse en gárgola de la cultura.
 
Tres libros de Víctor Roura son un salvoconducto para sortear los extravíos del periodismo cultural. Serían manuales de sobrevivencia de no ser por la amargura erudita apoyada en una extensa bibliografía. Si hay filosofía de la política, de la historia, de la comunicación... ¿por qué no del periodismo? Cultura, ética y prensa (Paidós, 2001) y Codicia e intelectualidad (Lectorum, 2004) son brújula por los caminos de Diógenes y Cioran, una alerta en contra de las gárgolas de la cultura, del bostezo siniestro de las redacciones y las gárgaras de la intelectualidad. El apogeo de la mezquindad (Lectorum , 2012) es un remate de esta trilogía amarga y erudita de este peregrinar a lo largo de casi medio siglo por las grutas y lo grotesco del periodismo cultural, para despojar a las burocracias y capillas de un humanismo inexistente que muestra una humanidad canalla. "Todo lo excelso es tan difícil como raro", escribió Spinoza. En los ámbitos de la cultura, lo estrafalario es cruel, un lugar sin bienaventuranzas.
 
 
Una necesidad social
José María Espinasa, poeta y editor
 
La importancia del periodismo cultural es muy grande, sobre todo en una época en que la oferta es abrumadora, pues es de las pocas maneras que el público tiene de orientarse en ella. El periodismo cultural -me refiero al escrito y, en parte, al radiofónico, pero no al de la televisión, demasiado reciente y poco activo- cumple con una función informativa: apareció tal libro, habrá un concierto, visite una exposición... que da visibilidad a la creación y estructura a la oferta cultural. Muchas veces algo que nos interesaría no sabemos que existe. Y, entonces, ¿cómo lo buscamos, cómo vamos a ir al teatro o al cine?
 
Creo que el periodismo cultural pasa en México por un muy mal momento. Por un lado, la crisis económica reduce el espacio para las planas culturales, o de plano las elimina. Por otro, la competencia de la red como fuente de información deja un amplio segmento de público lector en el limbo. No se explica lo primero, pues el lector de cultura es un público calificado y nada desdeñable que debería interesarle a cualquier publicación o programa. La red es un universo informativo que, más allá de su importancia creciente en la política y en lo civil, en lo cultural no se afianza todavía, no es una opción masiva (aunque hay que suponer que en unos años, no pocos, lo será).
 
Pero, además, el periodismo cultural no sólo está mercantilizado sino también se jerarquiza de la peor manera. Si sale un libro de Carlos Fuentes o de Elena Poniatowska, es inacabable el espacio que se le dedica, mientras que la primera publicación de un joven novelista no merece ni dos líneas, a menos que la editorial tenga capacidad de presión y dinero para desayunos de prensa y publicidad. Un ejemplo: el fenómeno de las editoriales independientes. Es probablemente el hecho cultural más importante de los últimos diez años, su producción es asombrosa en cantidad y en calidad en plena crisis de lectores. Pero la prensa cultural simplemente la ignora, ante la necesidad de escoger entre una y otra elige no dar noticia de ninguna. Las páginas que dan noticias de libros no les hacen el menor caso y en cambio le dan espacio a cualquier cosa -hay que tomarlo literalmente: cualquier cosa- que publica Anagrama o El Acantilado. Incluso cuando hay dos ediciones, una mexicana y otra española, prefieren promover esta última. Esto se extiende al universo cada vez más monótono de los suplementos y revistas culturales.
 
Al periodismo cultural le falta imaginación, interés, vocación, personalidad (entre ellas las secciones culturales parecen ser la misma cosa) y también espacio, nivel profesional, buenos sueldos a los reporteros. Curiosamente, no creo que le falten lectores. Cuando los periódicos adelgazan o suprimen su sección cultural, no se dan cuenta de que se autocastigan. Las secciones culturales no son un lujo, sino una necesidad social. Que no tengan publicidad pagada es una señal de la equívoca mirada de desprecio que sienten por ella no tanto los anunciantes sino los propios medios. Uno puede de pronto encontrar una noticia de una exposición en... ¡Palermo, Italia!, redactada a partir de un boletín, pero no dan cuenta de la muestra que está a unas cuantas cuadras del periódico.
 
La información cultural crea lectores también para otras secciones del diario o revista. Y eso se olvida. Igual pasa con la polémica. Hace 20 años nos quejábamos de que no hubiera polémica en la cultura, ahora ni siquiera hay diversidad informativa. ¿Cuántos libros han salido en los últimos años de Carlos Monsiváis, cuántas páginas repitiendo los mismos elogios ya insostenibles en la prensa? ¿Quién, en cambio, ha dado noticia de los libros de poemas de Alfonso D'Aquino o de Francisco Segovia en ese lapso? Sí, claro, hay algunas excepciones que evidencias más la torpeza del resto. Pensar que vendrán tiempos mejores no basta. Si, como parece suceder en países más desarrollados, la información cultural será desplazada a la red, en México se producirá una tremenda brecha cultural, pues la tecnología sigue siendo un privilegio de clase y una costumbre de analfabetos.
 
 
Resistencia
Pablo Fernández Christlieb, psicólogo social
 
Después de, por ejemplo, 25 años, de hacer periodismo cultural, se puede de repente sentir que no ha servido de nada. Pero no es cierto, porque se ha logrado lo siguiente: hacer 25 años de periodismo cultural.
 
Hoy la propensión de las páginas culturales es que sean cada vez menos páginas y, si se puede, ninguna, y que cada vez estén más dedicadas a ver qué intelectual famoso se murió, qué premio le dan a quién sabe quién por enésima vez, qué auténtica porquería tipo Inferno sale en las novedades editoriales, qué cantante, músico, pintor, escritor, coreógrafo o arquitecto hace esfuerzos denodados y ridículos por seguir siendo una celebridad aunque ya no cante ni toque ni escriba; a ver qué otro modo hay de confundir la cultura con el espectáculo, el deporte, el escándalo.
 
La desigualdad social crece pero ahora ya no es una desgracia sino un plan del sistema, de manera que se espera incrementarla para que por fin la raza humana se divida en dos especies: la de los humanos denominados consumidores y la inhumana de la lumpenprole, que no existe porque no consume. Y lo que exigen los consumidores es que todo lo que compren sea fácil, divertido, glamoroso. Fácil la cultura, divertido el desprecio, glamorosa la encarnizada competencia. Es en la cultura donde están los otros valores y, por lo tanto, las otras posibilidades de la sociedad, y por eso también hay que volverla fácil, divertida, glamorosa, para que deje de ser lo que es y se vuelva otra bonita mercancía.
 
Por eso parece que de lo que se trata ahora la tarea del periodismo cultural es de seguir durando: cada renglón más que se escribe tiene su primera virtud en el hecho de que no es uno menos. Cada lector es uno más aunque sea el mismo de ayer simplemente porque no es uno menos, porque no se ha ido con la finta de que Steve Jobs o Valdano o Loret de Mola son intelectuales. Como dice un filósofo, Odo Marquard, si en algún momento había que cambiar el mundo, ahora parece que lo que hay que hacer es conservarlo, porque los que lo querían cambiar ya lo consiguieron: lo volvieron mercancía, competencia, desigualdad, ganancia, publicidad y cinismo. Por eso el teórico anarquista Tomás Ibáñez dice que "resistir es crear". Y eso es lo que hace el periodismo cultural: preservar el humor contra el espectáculo, la historia contra el chisme, la razón contra el capricho, la sonrisa contra la mueca, la curiosidad contra el morbo, el desparpajo contra la idiotez, lo simple contra lo simplón, la complejidad contra la complicación, los párrafos de más de diez renglones contra los slogans de menos de 140 caracteres, la originalidad contra la innovación.
 
El periodismo cultural es ya de tal manera una actividad de resistencia que hasta parece labor clandestina, que tiene que ocultarse para hacerlo, e incluso está bien que no se note, que esté traspapelado entre las secciones de deportes y espectáculos, porque si lo notan a lo mejor se les ocurre acabarlo. Y lo más seguro es que se vaya a necesitar para después, para cuando resulte que sin cultura no hay futuro. Es tal vez por eso que le convenga esconderse en un periódico que se llame precisamente, por ejemplo, EL FINANCIERO. Mejor cobertura no hay.
 
 
A conciencia cierta
Héctor Trinidad Delgado, médico y divulgador científico
 
Que el periodismo cultural despliega la necesaria adaptabilidad para resistir a la extinción. Especie singular de su género en la que ciertos individuos -y sólo ciertos individuos, conocidos como secciones- muestran virulencia tal que les impele a ir más allá de la agenda culta, la efeméride puntual y la divulgación reduccionista, hembras y machos alfa tributarios de análisis y ceremonia.
 
Que las secciones culturales dignas, por definición punta de iceberg, son el proceso evolutivo que teóricos lamarckianos, darwinianos y huxleyanos buscan: intégrense a sus postulados y se obtendrá, formidable, una herramienta híbrida capaz de romper la barrera Weismann, aquella que cierra la posibilidad de improntar la experiencia colectiva de una sociedad en sus cromosomas y, por lo tanto, mejorar o cuando menos optimizar su siguiente generación. Lectores genéticos naturales del revolucionado formato en que mañana se leerá.
 
Que si el Estado del Arte es el máximo avance de una civilización en un tópico determinado, en él participan quienes crean y quienes aprendemos, quienes preguntan y quienes comparten, todos poseedores de eficaz instinto de autoconservación: hipótesis probada.
 
Que sean nuestras Galápagos -biblioteca viva, museo y motor de exploración- las notas del periodismo cultural.
 
 
La amplificación de las ausencias
Abraham Nahón, director editorial de la revista de arte y literatura Luna Zeta, publicada en Oaxaca
 
Sin el periodismo cultural se amplifican las ausencias que socavan nuestra memoria individual y colectiva.
 
En su tránsito, una parte esencial del periodismo cultural en México ha registrado y provocado múltiples historias y escrituras al contagiarnos, en su difusión y despliegue, de su vitalidad y espíritu crítico.
 
Así fuimos tocados alguna vez por el encantamiento del ejercicio literario y periodístico de quienes nos precedieron. A casi 15 años del surgimiento del proyecto editorial Luna Zeta, hemos podido identificar, desde la experiencia que otorga el oficio editorial y periodístico, la enorme dificultad para sostener proyectos críticos de largo aliento ante un engranaje sociopolítico que auspicia y favorece la futilidad, el palomazo y la mediocridad.
 
El agresivo centralismo que asfixia afanes y quehaceres creativos en las entidades federativas de la periferia también ha mutilado, invisibilizado o discriminado el trabajo periodístico realizado desde los márgenes. Los provincianos del centro del país han contribuido al debilitamiento del periodismo cultural en toda nuestra nación.
 
Un periodismo cultural que no estimula la investigación y la crítica ha renunciado a la solidez argumentativa potenciada por la creación y la imaginación. La precariedad laboral, el señorío de la banalidad, la seducción del espectáculo y el desdén por la lectura han generado un clima favorable para quienes desean agazaparse entre la autocomplacencia, la desidia y la indolencia que imperan en este país.
 
El periodismo cultural debe testimoniar el pulso creativo no sólo de una élite privilegiada dedicada a las "bellas artes", sino de todos los sectores sociales que construyen día a día acontecimientos, miradas, obras, actos, imaginarios.
 
Como a todo oficio creativo, la modernidad capitalista lo sigue hostigando y erosionando. Su fortaleza radica en su ejercicio y en su construcción a contrapelo de la historia dominante.
 
Tenemos pendiente escribir las diversas historias del periodismo cultural en México para romper la historia monolítica conjeturada desde el centro del país. La heterogeneidad del periodismo y el involucramiento de cada sociedad en su construcción puede fortalecerlo para escapar de los estragos de su simplificación.
 
Las transformaciones ocasionadas por las nuevas plataformas digitales no deben verse como una amenaza, sino como un potencial todavía inexplorado. Debemos favorecer el entrecruzamiento de géneros, la democratización de los medios, la disolución de sinuosas fronteras y la exploración de nuevos lenguajes audiovisuales y creativos que fortalezcan al periodismo cultural.
 
Finalmente no importa si son digitales o impresas las publicaciones. La ética y la honestidad fraguadas en un oficio constante son necesarias para darle nuevamente al periodismo cultural su sentido crítico y esencial para una sociedad que apunta cada vez más hacia el extravío.
 
 
Texto o foto
Beatriz Zalce, periodista y académica
 
Existen todavía jóvenes aprendices de periodistas que creen que el periodismo cultural es la cobertura de estrenos, inauguraciones, conferencias y presentaciones en sociedad. Para ellos este periodismo no va más allá de "notas informativas" para contestar de manera un poquito más amplia el qué, quién, cuándo y dónde de la cartelera diaria. Quizás para algunos la entrevista es la oportunidad de hacer hablar al entrevistado sólo de las famosas cinco "W" y no tiene caso hacerlo decir más, ni hacer el sacrificio de pensar porque deben entregar un texto de, máximo, dos mil caracteres contando espacios y signos de puntuación. Y, sin embargo, ese "periodismo" quesque cultural no los convence.
 
Pero hay inquietud en muchos de ellos: asisten a clase armados de avidez. Apenas se menciona un nombre lo googlean en su tablet. Son capaces de encontrar en segundos la cifra exacta de museos de la Ciudad de México pero, si no hay una historia de por medio, si no hay algo que los impacte, olvidan la información con la misma rapidez con que la hallan. La tecnología los convierte en tubos, pero perfiles, crónicas y reportajes de gran envergadura los humanizan. De eso piden má,s porque claro que son lectores. Quizás no muy familiarizados con los periódicos en soporte de papel; pero leen, analizan, critican lo que está en Internet. No tienen miedo de leer completito a Gay Talese en medios digitales: su noción de "libro" no pasa por el placer del tacto y el olfato.
 
Quieren un periodismo cultural joven que, como ellos, huya de la solemne oficialidad, que no se encierre en recintos sagrados; quieren un periodismo cultural que no pichicatee la extensión, que no les cree el falso dilema "texto o foto", un periodismo que no los invite sólo a contemplar.
 
 
Créditos
Redacción
 
Todos los textos que salieron publicados durante esta semana fueron o bien enviados, de puño y letra, por sus autores o resultado de entrevistas realizadas por los reporteros de esta sección cultural: Carmen García Bermejo, Silvina Espinosa de los Monteros, Viridiana Villegas Hernández, José David Cano, Juan José Flores Nava y Daniel Cisneros. Justo en su cuarto de siglo, esta sección -fundada el 1 de agosto de 1988 por Víctor Roura, a sus 33 años de edad- cierra un capítulo y abre otro, ahora bajo la coordinación editorial conjunta de los periodistas Juan José Flores Nava y José David Cano. La recepción de los textos de este aniversario número 25 estuvo al cuidado de la redactora Karla Zanabria y los detalles del diseño fueron elaborados por Alberto Tejeda.