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Periodismo cultural, por qué y para qué

10 febrero 2014 5:2 Última actualización 30 julio 2013 9:52

  


 
Redacción
 
En este cuarto de siglo hemos visto partir a mucha gente querida que ha plasmado su trabajo en nuestras páginas, desde el propio director fundador del diario: Rogelio Cárdenas Sarmiento, en 2002, hace ya 13 años, hasta numerosos personajes imprescindibles de la cultura, como Arturo Sotomayor, Vlady, Rafael Menjívar, Manuel Blanco, Nikito Nipongo, Bertha Zacatecas, Otto-Raúl González, René Villanueva, Daniel Cazés, Carlos Monsiváis, Joluzz, José Rafael Calva, Emilio Fuego, Manuel Gutiérrez Oropeza, Víctor Hugo Rascón Banda, Héctor García, Juan José Gurrola, Jorge Rodríguez, Mario Santiago Papasquiaro, Raúl Rodríguez Cetina, Carlos Ocampo, Luis Guillermo Piazza.
 
La partida es irremediable, lo sabemos. Como la propia cultura, que va y viene, e incluso a veces se difumina por completo, como suele ocurrir en esta nación, que la encontramos, luego, concentrada en entretenimientos vanos: familias enteras, por ejemplo, en torno a la televisión, lo menos cultivable que existe en los territorios paradójicamente culturales.
 
 
Ampliar el horizonte de las miradas
José David Cano
 
Da lo mismo: en un coloquio, en una mesa redonda, incluso en la casa de un colega, en una cantina, o un café: hablar de periodismo provoca exaltaciones o reacciones incendiarias; también opiniones encontradas, reflexiones diversas. Sobre todo, cuando se trata de hablar de periodismo cultura. Joven entre las secciones de un periódico -al menos como tal, con ese nombre con el que ha sido bautizado-, desde hace unos años el periodismo cultural está en constante transformación y crisis, en estado saludable así como en heterogeneidad, en pluralidad. Para usar una imagen: es un oleaje.
 
Aprovechando el 25 aniversario de esta sección, justamente este escribano charlaba con algunos colegas. Dije: ¿por qué y para qué el periodismo cultural? ¿Es importante? ¿Lo es?
 
Édgar Alejandro Hernández, editor de cultura de Excélsior, decía:
 
-Para mí el periodismo cultural sigue siendo importante por el simple hecho de que existen lectores que requieren la información que ofrecemos... Todo aquello que publicamos en nuestras páginas sigue formando parte central del "campo" y del "capital simbólico" de la producción artística en nuestra sociedad, si hablamos en términos bourdianos.
 
Luis Carlos Sánchez, reportero también de Excélsior, añadía:
 
-Desde luego que es importante, pero creo que hay que distinguir dos caminos: uno el que nutre suplementos culturales (de periodicidad más espaciada) y otro que diariamente sostiene las páginas llamadas "culturales" de un periódico. No creo en el periodismo cultural sólo como difusión, sino como búsqueda insaciable del hecho informativo, del dato que revela más acerca de un suceso, del testimonio que convierte una historia (cualquiera, incluso la aparentemente más convencional) en excepcional. Ese elemento revelador encuentra en el diarismo su mejor salida y junto con una apertura universal hacia lo que sucede en la sociedad, la manera de contarlo y la capacidad de mirar y establecer historias, dan importancia al periodismo cultural.
 
Arturo Jiménez, periodista de La Jornada, iba más allá:
 
-El periodismo cultural es importante, porque es necesario informar y reflexionar sobre el acontecer artístico, literario, humanístico, científico y cultural en su sentido amplio. Erróneamente suele entendérsele sólo como documentador de las "bellas artes", pero es más amplio, en una idea también cercana a la antropología. Pese a ello, predomina la visión estrecha, ilustrada, de que el periodismo cultural es para y gira en torno de la gente erudita, "culta". Sin embargo eso es excluyente, sobre todo en un país con la riqueza, pluralidad y complejidad cultural de México. Y contradice la sabiduría y altura de espíritu que ensalza.
 
-¿En qué sentido lo dice?
 
-Yo más bien coincido -proseguía Arturo Jiménez- con quienes ven al periodismo en general como un servicio social, y al periodismo cultural como una actividad que busca informar, interpretar, denunciar, criticar, divulgar y/o reflexionar (a través de diversos géneros y perspectivas, secciones diarias y suplementos) acerca de un "nosotros" como sociedad. Y todo ello significa una imbricación y/o caminos paralelos entre las artes, las letras, las humanidades, las ciencias y la cultura en general. Es decir, los mundos simbólicos dentro de los que se desenvuelven todos los estamentos de una sociedad.
 
-En 2006 Gabriel Zaid publicó un artículo sobre el estado que guarda la prensa cultural en México. Lo que escribió no fue nada halagüeño, mucho menos halagador. Sin embargo, desde su experiencia y perspectiva, ¿cómo perciben el periodismo cultural que se realiza hoy en nuestro país?
 
Luis Carlos intervino:
 
-Me dijo una vez Eduardo Deschamps, a quien la mayoría coincide en llamar el precursor del diarismo cultural en México, que cuando el periodista comienza a ser la noticia algo debe estar mal. Creo que la crítica de Zaid siempre ha apuntado hacia el diarismo cultural, al de reporteros casi anónimos cuyos nombres nada dicen frente al de los "grandes hacedores" del periodismo cultural. No hay que voltear la mirada de lo que apunta, pero creo que lo hace desde una trinchera muy lejana a la del periodista trabajando contra corriente, elaborando su trabajo al vuelo, sin mayor margen de corrección que el que permite el cierre de una edición diaria, o buscando información enfrentado a verdaderas barricadas que las mafias culturales o intereses políticos quieren imponer.
 
Edgar Hernández, quien también desde 2010 realiza el Coloquio Hispanoamericano de Periodismo Cultural en el Zócalo, agregaba:
 
-A mí me preocupan los personajes que denuncian los grandes males del periodismo cultural. Creo que en muchos de los casos hay una doble moral detrás de sus opiniones. Sin darle o no la razón, yo lo que veo es que cada uno de estos intelectuales persigue una agencia muy puntual y no podemos ser ingenuos ante ello. Como una simple pregunta, creo que sería bueno saber si cuando estos escritores abren un debate, por ejemplo, sobre la entrega a tal o cual autor del Premio Xavier Villaurrutia, es realmente algo que tenemos que ver como parte de la vida literaria o se trata sólo de una muestra más de ese periodismo "chismoso" que tanto critican.
 
Aquí, Arturo quiso añadir algo:
 
-Por mi parte, percibo al periodismo cultural como algo histórico, es decir que responde a un tiempo y un espacio determinados (el México actual, el mundo actual). Al primer periodismo cultural (de suplementos, con una gran tradición en el país y realizado no por periodistas sino por gente del medio artístico y académico que colaboraba con periodicidad) se agregaron después las secciones culturales diarias, sobre todo en algunas de las grandes ciudades. Y con ello comenzó la llegada e improvisación "masiva" de reporteros culturales, la mayoría egresados de universidades. Ese fenómeno de "masividad" y relativa socialización, en sí mismo grandioso, no podía dejar de estar empañado por defectos y carencias. Pero en realidad se trata de un complejo proceso de decantación aún no concluido y en el que se van formando muy buenos cuadros y, sobre todo, un perfil: inteligencia, discernimiento, capacidad de síntesis (no de resumen), reflexión sobre la naturaleza del oficio, "cultura general", manejo de las muchísimas fuentes informativas culturales, depuración de la escritura, metodologías, técnicas, códigos de ética.
 
-Vale; pero, entonces, ¿de qué cojea el periodismo cultural en México?
 
-El periodismo cultural cojea de los mismos males que el periodismo en general -dijo Édgar-. Tanto nos podemos quejar los periodistas culturales como los de política o espectáculos y, la verdad, me parece ocioso insistir en esto.
 
-Pero, además -añadió Luis Carlos-, como en otras áreas del periodismo, en el cultural también hay vocaciones sin acierto, periodistas que cubren o editan cultura porque allí llegaron por casualidad; personalidades tímidas que prefieren callar antes que meterse en problemas ante información incomoda, o hacer oídos sordos antes que exigir respeto cuando se les tacha de ignorantes, o colegas que se enfrentan al entrevistado como si se tratara de un Dios al que hay que venerar.
 
-¿Cuáles son los retos del periodismo cultural? ¿Podemos rescatar algo?
 
-Por supuesto -concluye, por su parte, Édgar Hernández-. Nuevamente, no quiero ser juez de nada y sólo puedo opinar sobre lo que personalmente me interesa. Creo que es rescatable el periodismo de investigación que, aunque poco, sí se realiza en las secciones culturales de México, además de que existe por lo menos una docena de periodistas que han logrado una buena especialización en las diferentes áreas de la cultura.
 
-Creo que el principal reto del periodismo cultural está en contagiar otros ámbitos con su enfoque y comprender que la sociedad está cambiando -dijo, al final, Luis Carlos-. El periodismo cultural no puede seguir enfocando sólo su mirada a las bellas artes, la política cultural o el patrimonio. Cada vez con más fuerza y rapidez se reivindican grupos culturales que antes eran marginales y la cultura popular es más importante para destacar geografías olvidadas. El periodista cultural seguirá enfrentado diariamente a cubrir la nota, a estar en dos o más lugares en un mismo día, a entrevistar a más de una persona a la vez y resolver en cuestión de minutos las primeras palabras de su artículo; pero la principal apuesta creo que deberá estar en ampliar el horizonte de su mirada.
 
-Eso es cierto -concluyó Arturo Jiménez-. Pero, además, con sincero respeto, no comparto el entusiasmo por las visiones alarmistas o descalificadoras de ninguna actividad humana, entre ellas la periodística. Lo que más me interesa de esas visiones es su aspecto crítico y propositivo. En todos los oficios y profesiones de hoy (en México y en cada país) hay capacidades e incapacidades estructurales, de fondo e interrelacionadas. No todos los médicos, matemáticos o carpinteros son de excelencia ni tienen la verdad definitiva. Y ni los periodistas, ni los intelectuales, son la excepción, aunque a veces parezca lo contrario.
 
 
Desapariciones
René Avilés Fabila , director de la revista El Búho
 
Somos un país con una enorme tradición cultural y artística. Por eso es necesaria la existencia de un periodismo cultural que no sólo oriente a los lectores, televidentes y radioescuchas, sino ayude a estimular e indicarles el camino correcto a los creadores. De ahí la importancia de la crítica. Sin embargo, esas funciones sustantivas no se están llevando a cabo en todos los medios. Ni siquiera en la televisión estatal donde, curiosamente, les preocupa más el rating.
 
Debo decir que en México existen excelentes reporteros e, incluso, escritores que ejercen el periodismo cultural con mucho éxito. Lo que no hay son medios de comunicación que colaboren en la tarea de llevar este tipo de periodismo al esplendor que tuvo en otros momentos en los que, aparte de las secciones culturales diarias, había varios suplementos. Y esa gran diversidad se reflejaba de inmediato en un mayor avance cultural en la sociedad.
 
Creo que tenemos la posibilidad de elaborar un periodismo cultural de mayor calidad, pero supongamos que hubiera periodistas especializados en cada una de las múltiples manifestaciones artísticas. Entonces la pregunta sería: ¿en dónde podrían publicar sus materiales? Tan sólo conmigo se titulan cada año alrededor de 25 estudiantes que, al salir de la escuela, abrigan la esperanza de hacer periodismo cultural. Pero por la falta de espacio si no los encuentro desempleados, los veo cubriendo otras secciones, de tal suerte que es urgente analizar a fondo la situación para saber qué está pasando realmente.
 
Este panorama me ha llevado a pensar que el periodismo cultural tiende a desaparecer debido a que se le ha dado prioridad, digamos, a la política y los deportes. Es preocupante ver cómo cada vez se reducen más los espacios destinados a temas culturales. O, peor aún, siguiendo la lógica de la política mexicana le dan mayor importancia al espectáculo.
 
¿Por qué?
 
Porque eso les resulta efectivo. En cambio una ópera, una exposición o una novela significativa no parecen traerles resultados pecuniarios. Y eso es lamentable.
 
Yo les he ofrecido a algunos periódicos un suplemento cultural, pero la respuesta siempre ha sido negativa. Y, entonces, mejor me invitan a colaborar en política y no en cultura, realmente mi especialidad. De hecho, me ha tocado escuchar a los dueños y directivos de varias publicaciones decir: "La cultura no nos acarrea ningún beneficio, porque no hay anunciantes". Y ese es un error. No sólo está la cartelera de la UNAM o de la UAM, sino multitud de instituciones culturales interesadas en publicitar sus actividades. Es cuestión de buscar.
 

Descanso
Rius, caricaturista
 
Es importante que exista el periodismo cultural, porque es la única parte divertida del periódico. El único momento en que uno deja de estar pensando en la política y todas esas tonterías del narco. La sección cultural es un descanso. Ojalá hubiera más suplementos culturales para que la gente adquiriera más cultura, tuviera mayores conocimientos y se divirtiera más.
 
Lo que sucede con estos espacios es que, a veces, se convierten en fuentes de elogios mutuos. Habría que acercarse más a la gente, hacer secciones culturales donde se pueda hablar de futbol, que tiene su lado cultural, en vez de andar pontificando. Cuando ya se sienten como tales, casi todos los intelectuales se ponen a dar cátedra y utilizan un lenguaje que inhibe a la gente para leerlos. Creo que se deben hacer más accesibles y democráticas las publicaciones culturales. Lo cual depende, primero, del director de la revista o periódico y, segundo, de quien hayan nombrado para encabezar esas páginas.
 
Toda este asunto parte de la falsa educación que ha aportado la industria televisora, en la que no se le da ninguna importancia a la cultura. Toda la gente está creciendo en el analfabetismo y cada vez tiene menos palabras para usar en su plática diaria. Es raro encontrar gente que está pensando o analizando otro tipo de cosas que no sea el narco o la violencia. Sería importante que la manera que tenemos de hacer periodismo cultural fuera más ágil.
 
 
Desfiguraciones
Juan Domingo Argüelles, poeta
 
1. Publicar en un periódico no es, necesariamente, ser periodista. Hoy publican en los periódicos hasta los que no escriben en ellos. Hay periódicos que contratan firmas, no periodistas. (Y les pagan espléndidamente.) Pero el equívoco semántico torna profesión lo que sólo es accidente. Dado que se publica en un periódico, el que lo hace ya se siente "periodista". Por supuesto que ésta es una conclusión falsa. Ahí tenemos que conspicuos próceres de la farándula se dicen periodistas -de espectáculos-, porque creen que el periodismo es un espectáculo. Y con el deporte pasa lo mismo: ex deportistas (generalmente medianos) ahora son "periodistas deportivos" nada más porque publican en periódicos. ¿Y qué publican? Lo que se les ocurre que, en muchas ocasiones, les escriben sus ayudantes o asistentes (que son igualmente malos para escribir) y que ellos firman convencidísimos de que son periodistas. ¡Todo un espectáculo!
 
2. Quizá por este equívoco, ya muy extendido, los periodistas "de cultura" llegan a creer que también deben dar espectáculo. Hay reportajes y entrevistas en las secciones de "Cultura" que podrían estar perfectamente en la sección de Espectáculos, y hay periódicos que no diferencian una cosa de la otra e incluso van más allá: el espacio para Cultura ocupa una paginita al final de la sección de Espectáculos: al cabo que la cultura es lo más insignificante de los espectáculos y, sobre todo, es el menos lucrativo: reporta muy poquita publicidad.
 
3. He sido reportero. Sé de lo que hablo. Comencé como tal hace 35 años. Hice talacha periodística. Cubrí las fuentes de cultura, educación e información general, y he visto cómo se ha venido derrumbando el medio periodístico cultural y, más extensamente, el medio periodístico en general. Hoy los periódicos publican páginas enteras como adelantos de libros que no son otra cosa que publirreportajes, es decir publicidad disfrazada. Las secciones de Cultura cada vez publican notas más abreviadas, imitando el lenguaje y los formatos de Internet. ¡Como si fueran lo mismo! Han renunciado a los lectores de un modo vergonzoso. Notitas chiquititas (ya es pleonasmo) para que la gente las lea en un parpadeo y se quede con lo más epidérmico de cualquier cosa.
 
4. La sección de Cultura de EL FINANCIERO es de las pocas que todavía publican textos amplios, columnas críticas, entrevistas inquisitivas, reportajes de análisis y denuncia sobre los dislates y barbaridades de la oficialidad, entre otros materiales necesarios para que los lectores tengan no nada más información sino también puntos de vista, confrontaciones, referencias. La información no es conocimiento: el conocimiento es lo que obtenemos luego de procesar y comprender la información.
 
5. No conozco a nadie que esté vetado en la sección de Cultura de EL FINANCIERO. Se entrevista y se menciona incluso a aquellos que aborrecen (por algo será) la sección de Cultura de EL FINANCIERO. Contrario a lo que pasa en otras secciones y suplementos. El periodismo cultural solito se ha ido desvaneciendo, desfigurando, diluyendo. Y esto es el resultado de no saber que se publica para los lectores y no para los rencores.
 
 
¿Por qué desahuciarlo?
Marco Lara Klahr, periodista
 
El periodismo cultural es una especialidad del periodismo de primera importancia. Tiene un papel central y diría incluso que ineludible en la fiscalización de las políticas públicas que atañen a la cultura, vista ésta no solamente como la reproducción de visiones clásicas sino como un proceso dinámico de relaciones sociales que incluyen todo tipo de expresiones idiosincráticas, identitarias y culturales. El periodismo cultural registra, además, el sedimento que va dejando esta dinámica social.
 
En el momento actual se ha impuesto una característica de la posmodernidad que tiene que ver con las industrias culturales: el infoentretenimiento predomina ante cualquier otro enfoque u oferta por parte de los medios de comunicación industriales. Este infoentretenimiento uniforma, estandariza, genera lógicas de banalización y espectacularización que hacen que lo importante se vuelva irrelevante; aditivo y no sustantivo; insustancial, pacato, banal, súbito. Si bien es cierto que el periodismo cultural no es la única especialidad del periodismo que ha perdido en esta lógica de maquila industrial de noticias, sí es, quizás, el que más ha perdido.
 
Por otro lado, en México, históricamente, el periodismo cultural ha sido un espacio de tráfico de influencia, de capillas, de alimentación de egos y medio de consecución de puestos y becas. Yo practiqué 15 años el periodismo cultural, a la par del periodismo policiaco y judicial. Pero me decanté por el periodismo judicial, porque me pareció -paradójicamente- que era menos repugnante. En pocas palabras: me pareció que las mafias del crimen organizado eran más interesantes que las mafias del crimen organizado cultural, aunque reproducían sus prácticas. Con frecuencia, el periodismo cultural suele ofrecer ficción como si fuera periodismo, haciendo trampa, utilizando artilugios. Es decir, se ha precarizado la investigación periodística y se ha abusado de la crónica ficcional presentándola como crónica veraz. Esto también ha contribuido al deterioro del periodismo cultural.
 
Pero, ojo, el punto de partida para la sobrevivencia y salud del periodismo cultural es dejar de desahuciarlo. Es una práctica muy insana estar matando cosas cuyo devenir ni siquiera podemos prever. Porque cuando las sociedades viven su cruda, su resaca, en ese momento vuelven a las necesidades básicas. En otras palabras, y como dice el viejo dicho, "no hay crudo que no sea humilde ni pendejo sin portafolios". Es decir, cuando la sociedad mexicana salga de su borrachera de Peña Nieto, entonces se enterará que necesita ver cosas que no está viendo. Y otra vez volverá por sus propios fueros el periodismo cultural. A quienes sí les doy los santos óleos son a las huestes o los cerebros encapsulados por los mass media monopólicos en México. Que se queden como están, en su autocomplacencia. Ese lumpen televidente no me preocupa. Nada más hay que mantenerlo, dentro de lo posible, contra la pared. El periodismo cultural no puede hacer nada contra él. En esta medida, la apuesta del periodismo cultural debe ser la de apelar a quienes quieren sumarse a la resolución de sus problemas colectivos.
 
 
Contrafilosofía
Salvador Mendiola, poeta
 
La vida humana es cultura. Nos diferenciamos de la naturaleza por nuestra forma de sobrevivir a través de la acción cultural. Así el periodismo siempre tiene por objeto la cultura, todo periodismo es cultural. Hacer por voluntad periodismo -de la cultura- es querer reportar lo esencial de la existencia humana, el punto donde sus creaciones se liberan de la necesidad inmediata para alejarse y elevarse en las posibilidades de la inteligencia y la contemplación del arte y la información libre.
 
El actual periodismo cultural informa sobre las aventuras más autónomas e imaginativas del espíritu humano. La creación del orden de la inteligencia, en todas las figuras que ésta toma al llegar al fin del arte institucional burgués, cuando todo puede ser arte y lo más artístico abre nuevas puertas y ventanas a la libertad. Entonces resulta valioso producir las notas informativas, las reseñas, los artículos de crítica y opinión, el discurso que fortalezca la recepción y emisión de obras culturales. Nuestra interacción sobre las libertades y el ser y deber ser del espíritu humano: la creatividad, pues en la actual situación histórica del espectáculo audiovisual como postcapitalismo el periodismo cultural recibe y emite la información para comprender la realidad y los medios que la construyen.
 
Se hace periodismo cultural de principio para la humanidad entera, un bello ideal siempre presente. Pero en lo más concreto, todo lo determina el medio desde donde se informa, en este caso el público de EL FINANCIERO, un público amplio y posmoderno, situado en México y su vida diaria. Entonces, desde aquí se produce periodismo cultural para mejorar la comprensión de la cultura institucional y sus contraculturas, se hace periodismo cultural en pos de lo trascendente y valioso, no de los meros productos para el entretenimiento y el control consumista. Cultura de altura, cultura inteligente, lo mismo en los espacios de lo gubernamental como en los de las subculturas y los grupos del subterráneo libertario. Para todas las edades y posibilidades de implicancia cultural que genera la actual República Mexicana y no sólo la gran Ciudad de México.
 
Con ello deseamos ampliar la información libre para la libertad. Dar puntos de apoyo para la acción autónoma en la vida real. Presentar zonas para la reflexión y el debate ilustrados sobre todo lo que nos deja pensar y cuestionar la palabra cultura, cuando ésta manifiesta un rango de intercomunicación individual y social mayor que el del arte y la estética, lo mismo que mucho mayor que las modas y los espacios de la élite o las masas. Porque hoy día el espacio del periodismo cultural se manifiesta como una forma de producir cultura original y directa, y no sólo como un espejo o una ventana para informar lo que ocurre en otras partes; algo que ocurre a través, por ejemplo, de la poesía, entendida no sólo como literatura sino como discurso del filosofar y contrafilosofar, fuente máxima de la cultura universal.
 
 
Mensajes en botella
Homero Aridjis , escritor y activista ambiental
 
Los suplementos y páginas culturales son como un mensaje en una botella: uno nunca sabe qué efecto tendrán en sus lectores. Cuando era adolescente llegaba a mi pueblo -Contepec, Michoacán- el suplemento "México en la Cultura" del Novedades. Quizás yo era el único que lo leía, pero tuvo gran repercusión en mí. De igual manera, después me tocó conocer a Juan José Arreola y a Juan Rulfo, escritores tardíos y autodidactas.
 
Arreola me contaba que para él había sido fundamental una antología que hizo Gabriela Mistral de lecturas clásicas para niños, que publicó la Secretaría de Educación Pública. Ahora un libro así parece nada, pero en aquel momento, en Zapotlán, era todo. Esas fueron las primeras obras literarias que Arreola leyó en su vida. Son cuestiones circunstanciales, pero esa clase de publicaciones son las que influyen a algunos abriéndoles un horizonte: una vocación.
 
Respecto al asunto de las capillas o mafias, considero que se trata de un problema cultural. Eso existe en muchos ámbitos, independientemente del periodismo que se hace en las páginas de cultura.
 
Todo este esfuerzo, yo creo, idealmente debería ir dirigido al lector común y corriente, siempre y cuando se haga un periodismo de calidad, que tenga valor didáctico aunque no tradicional, pero tratando de mejorar el nivel de la gente. Es decir, un periodismo bien escrito, con significado y honesto.
 
El nivel del periodismo cultural se puede mejorar, pero eso depende de sus hacedores, que tendrían que investigar cómo anda la sociedad civil mexicana, qué intereses tienen los jóvenes y cómo puede uno atraerlos hacia el arte. Eso es muy importante, porque los idiomas cambian de idioma. En una ocasión, que yo daba clases en la Universidad de California, les di a leer a mis alumnos Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda. Y ellos me decían: "Esto no nos gusta", y yo les respondía: "?Pero si son buenos poemas líricos". "No, son muy machistas -decían las chicas-: el poeta Neruda ve a la mujer como objeto". Las relaciones entre los jóvenes ya son otras. Otro ejemplo, en este sentido, son los poemas de Salvador Díaz Mirón: "Tú como paloma para el nido, yo como león para el combate". Eso ya pasó. Cada época tiene su lenguaje.
 
El periodismo cultural tiene que adaptarse a todos estos cambios.
 

Menos rudos
Alberto Zuckermann, jazzista
 
En un país como el nuestro, que vive convulsionado por la violencia, saqueado por sus gobernantes y empresarios y sumido en una desigualdad que fomenta el delito, creo que sólo nos salva -a la vez que nos da una imagen de dignidad- nuestra cultura. Ella es nuestra mejor cara.
 
En la prensa, con sus honrosas excepciones, el espacio a nuestro que- hacer cultural ha ido difuminándose. Lo que abunda son las declaraciones de políticos y de empresarios, con su habitual caterva de mentiras y pobreza de lenguaje. Por el contrario, la opinión de los que hacen la cultura, de los artistas, no es en los mejores espacios. Sin embargo, a lo largo de nuestra historia, el esfuerzo y empeño de esta clase ilustrada ha logrado que se rompan tabúes, que seamos una sociedad más incluyente y que tengamos mayores márgenes de libertad, que antes parecían inalcanzables.
 
El periodismo cultural, que tiene una larga trayectoria en nuestro país, es la actividad más noble del ramo aunque una de las menos remuneradas. Sin ella en los diarios sólo quedan la nota roja, los deportes, la sección de sociales, los espectáculos y, desde luego, la política y la economía. Un mal síntoma es la pérdida de espacios para la cultura, pero aquellos que aún lo conservan le brindan al lector un oasis. Ahí, las nuevas generaciones pueden acercarse a la reflexión, a los cuestionamientos y a las propuestas que han hecho y hacen los creadores. Recuerdo cuando descubrí en esas páginas a escritores, leí entrevistas con ellos, supe de películas ajenas al star system, me acerqué a otras culturas y me cuestioné mi realidad. Sin todo esto, yo no sería el mismo. Coincidiera o no con lo que leía, entraba en terrenos que me llevaban a lecturas, a escucha de discos, a visitas a museos y, algo muy útil en aquellos años, ampliar mi lenguaje.
 
Porque el periodismo cultural, cuando es ejercido con generosidad, con amplitud de miras, con profundidad en los contenidos y sin sesgos de capillas o amiguismos o de consignas en pro o en contra, nos lleva a conocer lo que tenemos, a apreciarlo y, en su caso, a defenderlo.
 
Decir para qué el periodismo cultural es remitirme a algo que parece obvio pero que cada vez es más difícil de alcanzar: ser mejores o, acaso, menos rudos. Lo mejor de nosotros como pueblo está en nuestro desarrollo cultural, darlo a conocer y valorarlo en lo que tiene y lo que debe tener es tarea indispensable.
 
Decir para quiénes es referirme a los que hacen la cultura y a los que la consumen. También a todos aquellos que tienen la tarea, a veces mal comprendida y peor ejercida, de promover y brindar los estímulos a la creación.
 
 
Contar las páginas
Carlos Herrera de la Fuente, filósofo
 
1. Si algo le debemos a la mentalidad moderna es nuestra absoluta incapacidad para pensar fuera de gabinetes prestablecidos. Cada área del saber y del quehacer humano está organizada de tal forma que pareciera salvaguardada de una contaminación espuria. Aquí tenemos la política, allá la justicia, aquí lo nacional, allá lo internacional... Pensar la cultura significa reflexionarla separada de una realidad que la alimenta y la reproduce. Y eso ya carga los dados.
 
2. En siglos anteriores, digamos, hace 400 o 500 años, era evidente que un escritor estaba al servicio de una institución específica y que respondía a ciertos intereses políticos y económicos. El sueño del arte moderno consistió en elevar la figura del artista independiente a un ideal irrenunciable. Y así nació la hipocresía. Claro que ha habido artistas que han sufrido para crear y difundir su obra, pero la mayoría de ellos han debido la producción, difusión y perduración de sus obras a diversos grupos, instituciones, capitalistas, medios de comunicación, mafias intelectuales, etcétera, que los han promovido y apoyado financieramente. El artista individual podrá sentirse independiente, pero la verdad es que l'art pour l'art no existe.
 
3. Como corolario inevitable de lo anterior no cabe más que afirmar que el trabajo cultural está imbuido, de la cabeza a los pies, de intereses materiales, políticos, económicos, sociales, etcétera. No se dice que las obras en sí deban ser reducidas únicamente a estos intereses, sino que estos últimos están presentes aun cuando el trabajador cultural no se dé cuenta de ello. Y, sin embargo, la llamada cultura parece reducirse a un espacio apartado de la sociedad, donde, seamos sinceros, ejerce una influencia risible y francamente inofensiva. ¿Por qué?
 
4. Porque el llamado trabajo cultural es el único en el que todos los otros terrenos del quehacer social pueden reflexionar sobre sí mismos, hacer una pausa y considerar que lo hecho es modificable, que no hay destino político, ni económico ni social al que tengamos que sumarnos de manera inevitable, como si se tratara de una fatalidad divina. Si nuestra época margina la llamada "cultura" a un ámbito lejano es porque tiene miedo a cuestionarse y a criticarse a sí misma. Es porque prefiere ser cómplice de una realidad cuya característica principal no es ni siquiera la de la banalidad, sino la de la insensibilidad, la indolencia, la imposición y, para ser aún más claros, la de la violencia en todos los niveles de vida.
 
5. Si la inteligencia gobernara nuestra sociedad, cada periódico sería una gran sección cultural donde la descripción de los sucesos políticos, económicos y sociales estaría acompañada del ejercicio del pensamiento crítico, de la exposición libre de las ideas y, también, de la sensibilidad estética. Si la inteligencia gobernara nuestra sociedad... ¿Quieren saber en qué medida la estupidez rige nuestros días? Abran un periódico y cuenten sus páginas culturales.
 
 
Hambre
Manuel Lino, editor de la sección "Arte, ideas y gente" del periódico El Economista
 
No hay ser humano que no sienta necesidad de estar en contacto con las creaciones y acciones de los demás. Y, en ese sentido, al igual que la información económica, política o deportiva, la cultura es parte de lo que se está realizando en el mundo. Por eso actualmente hay mucha hambre de noticias culturales, pues las personas quieren saber qué sucedió en un concierto o cuáles son los nuevos libros existentes. De ahí la importancia del periodismo cultural.
 
Al realizar nuestro trabajo, los periodistas culturales podemos ponernos en una posición elitista y decir: "El periodismo sólo ofrece alta cultura", pero creo que esa es una visión equivocada. Pues aunque sí nos corresponde hacer una crítica desde nuestros respectivos espacios, no nos toca decidir cuáles son las manifestaciones artísticas y culturales que deben agradar a la gente. No obstante, muchos consideran que únicamente vale la pena difundir lo que sucede en el Palacio de Bellas Artes y se olvidan de lo que está generándose en calles, universidades o laboratorios. No hay duda: nos falta una visión más incluyente.
 
El desarrollo del periodismo cultural en nuestro país lo veo doble. Cuando entro en contacto con otros colegas me parecen personas muy interesantes que tienen muchas cosas que decirles a sus lectores. Sin embargo, esas inquietudes no están reflejadas en su trabajo. Y dicha contradicción es generada por la dificultad de plasmar sus visiones en sus propios medios de comunicación. Y es una fractura que se ha ido ampliando.
 
Por otro lado, al periodismo cultural no se le toma tanto en cuenta en los medios de comunicación. Esto se debe a que los dueños tienen la percepción de que no genera dinero. Y, si ampliamos nuestras miras, nos daremos cuenta de que es todo lo contrario. De hecho, hay estudios donde se revela que las llamadas industrias culturales generan entre el 4 y el 7 por ciento del Producto Interno Bruto. Ahí hay una cantidad inmensa de anunciantes potenciales.
 
Sin embargo, la falta de publicidad tiene que ver con muchas causas. Entre ellas, las contradicciones dentro del mismo medio cultural, pues varios creadores piden becas al Fonca y no buscan generar un regreso de ese dinero. Por ejemplo, aunque hacen una obra de teatro, el público no asiste a sus funciones, porque no invierten en publicidad. Nuestra política cultural se dedica a producir oferta, pero no demanda.
 
 
Las mafias se multiplicaron
Sergio Berlioz, director de la Orquesta de Cámara Ensamble Contemporáneo Independiente
 
Un periódico sin sección cultural seria y solvente es una casa sin ventanas y está condenado a ser sólo un espacio de lo inmediato, eliminando la posibilidad de propiciar la reflexión. Para entender esto debemos tomar en cuenta que la cultura es el gran referente del quehacer humano donde historia y antropología se tocan con las expresiones artísticas y humanistas como un gran arco.
 
A diferencia de las noticias del día, que hoy importan y mañana pierden vigencia, el periodismo cultural atrapa lo trascendente, pues una ruina maya, un descubrimiento científico, una exposición, un concierto, el estreno de una película o la aparición de un libro van más allá de su primer momento, de su primera jornada. Para eso está el periodismo cultural: para hacérnoslo saber, para enfatizar su importancia. Hoy en día se le da mucha autoridad al editorial que habla de lo dicho o hecho por un político, por las consecuencias que tendrán esas palabras o esas acciones en la sociedad. La cultura es esa misma sociedad donde habita la gente que vive lo que le importa al editorialista, por lo que veo una gran conexión entre ambos que permiten al lector atento sacar conclusiones valiosas y hacer con ello un medio imprescindible para la sociedad.
 
En la actualidad, las secciones culturales en México están en severa crisis. Antes también lo estaban, pero no al grado de cuestionar su permanencia dentro de los periódicos. Además, pocas veces ha existido el compromiso de tener un equipo de gente especializada en sus diferentes áreas. Por eso, desde ahí, siempre han transitado los improvisados, los exquisitos y los comprados. Un momento muy recordado fue el tiempo en que Fernando Benítez tuvo el suplemento cultural del periódico Novedades. Las grandes plumas desfilaron, los descubrimientos de los nuevos nombres de la literatura y las artes plásticas nacionales nacieron ahí. Pero el gran defecto es que nadie que no perteneciera al grupo de Benítez tenía cabida en su sección. Se excluyó y silenció a muchos. Se buscaron nuevos espacios y se repitió el esquema. Las mafias se multiplicaron. No se cumplió el cometido social, pues la reflexión sólo partía de un lado de la trinchera.
 
Hoy en día, la conexión entre la sección de cultura y el resto del periódico debería de ser evidente, pues pertenecen al mismo proyecto editorial. La selección del personal y la línea editorial debería ser no sólo la de "cubrir el evento", sino ayudar al lector a entender la cultura como parte de un todo cotidiano, a conectar la cultura no como una cartelera de actos esotéricos y/o para especializados, sino invitar a hacerla parte de la vida de la gente, a decirle cómo y por qué. Como dije: un periódico que excluye a su sección cultural de sus páginas estará condenado a degradar, poco a poco, su contenido en la vanidad que siempre lleva hablar sólo de lo inmediato.
 
Centralismo
César Delgado, periodista
 
El periodismo cultural debe ofrecer una visión crítica de lo que sucede en este terreno del quehacer humano. No se debe quedar en la declaracionistis de los que manejan las instituciones oficiales o privadas encargadas del desarrollo de la cultura en México. Debe ir al fondo. Las visiones retorcidas de lo que es la realidad cultural sólo sirven a los políticos que se manejan en el plano de la demagogia, la corrupción y el nepotismo.
 
En los periódicos de circulación nacional el periodismo cultural tiene una característica anquilosada: el centralismo. Prácticamente se ignora lo que sucede en la mayoría de los estados de la República; en las provincias, como dice la maestra Guillermina Bravo. Se habla de una "prensa nacional", pero más bien es una prensa que se realiza en el "centro" del país. Para los diarios -sin hablar de suplementos culturales, revistas, televisión y radio-, no existen los movimientos culturales de "tierra adentro".
 
Al periodismo le falta apertura al movimiento cultural de la nación. En pleno siglo XXI el periodismo cultural que se realiza en la Ciudad de México sólo se refiere a lo que sucede en algunas manifestaciones de las culturas de la gran urbe. A las pocas secciones culturales de los diarios capitalinos les falta tomar en cuenta a las culturas subalternas. Generalmente se dedican a cubrir lo que es el arte, con un desprecio hacia lo producido por los sectores populares de la población. Me gustaría que se publicaran menos entrevistas y se incluyeran crónicas sobre diversos hechos culturales y análisis sobre la política cultural, en el supuesto de que exista. ¡Ah!, algo que seguramente para muchos no tiene importancia: que se deje de relegar a la danza.
 
Además, los periódicos sin secciones culturales -que cada vez son más en la Ciudad de México, porque en las provincias, como Tepic, es raro que existan páginas para cultura- van hacia el culto al dinero, a la aniquilación de los valores humanos y a la consideración de que para ser feliz hay que consumir todo lo que se vende anunciándose en la televisión, haciendo a un lado la importancia de dedicar tiempo de nuestras vidas al cultivo de la libertad, la creatividad, la plenitud y el contacto con las diversas manifestaciones culturales. Un periódico sin sección cultural sirve a los gobiernos que tienen miedo a la formación de una sociedad crítica, aquella que, en determinado momento, pueda cuestionar las decisiones equivocadas de una política que los poderosos utilizan para sus fines personales.
 
 
Abrir los ojos
Jorge Meléndez Preciado, periodista y académico
 
Aumentan, cada día, los instrumentos de difusión y las formas de comunicarse. Habrá más a medida que pase el tiempo y no sabemos hasta cuándo ocurra un detenimiento y un retroceso, algo natural en cualquier desarrollo humano y tecnológico. Pero desgraciadamente, pese a los avances sociales, la posibilidad de ser culto, informado, estar atento a lo que ocurre a nuestro alrededor y tener los elementos para intervenir en lo que nos importa, se va reduciendo.
 
En el libro La información del silencio: cómo se miente contando hechos verdaderos, de Alex Grijelmo (Taurus), encontramos que la palabra "enciclopedia" se entiende ahora como "los conocimientos propios que una persona puede volcar sobre un contexto"; o sea, todos somos enciclopedistas a fin de cuentas, con espanto de lo que hicieron Diderot y sus compañeros en Francia del siglo XVIII.
 
Hace rato han desaparecido secciones, páginas, suplementos y revistas culturales. Son pocas las que han resistido el paso del tiempo, el peso de la burocracia, la falta de apoyo, la ignorancia de quienes manejan los impresos -ya sabemos que en los medios audiovisuales la situación es peor.
 
Lo dijo hace poco un garbanzo de a libra del comunismo y la lucha por las ideas: Arnoldo Martínez Verdugo, en su homenaje antes de fallecer: la batalla actual para transformar la sociedad debe ser cultural y política. Él mismo lo alentó por medio de revistas (Socialismo, Historia y Sociedad, El Machete) y periódicos (La Voz de México y Oposición), además de su apoyo decidido a tres festivales policulturales llamados de Oposición, donde el cine, la poesía, la discusión, la venta de libros y un largo etcétera estuvieron presentes no de manera unilateral, sino de forma compartida con la gente.
 
Por otro lado, el aliento gubernamental a las publicaciones culturales es discriminatorio, elitista, favoreciendo a las capillas que pelean el poder económico y político. Y de falta de impulso a lo nuevo, comprometido, abierto a la reflexión. Algo que continúa en el presente sexenio.
 
La lucha, entonces, por tener elementos para despertar las conciencias, abrir los ojos ante lo cotidiano, alertar contra la sumisión y darle voz a lo rebelde -tan necesario para descubrir otros caminos- cada vez será más difícil y complicado.
 
Nada en realidad fuera de lo que se ha vivido, aunque ahora los elementos para salir adelante sean menos.
 
Lo que se necesita, empero, es hacer los mayores y mejores esfuerzos por tener muchos canales -en todos los órdenes- para que la cultura, tan indispensable para el vivir, florezca. El reto es de todos.