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Periodismo cultural, a contracorriente

10 febrero 2014 4:46 Última actualización 31 julio 2013 11:19

 
El periodismo cultural fue la semilla de la que brotó todo; ahora enfrenta grandes paradojas que resumen su enorme desafío.
 

La palabrería y su crítica
David Ojeda, narrador, difusor cultural
 
En una mesa redonda sobre periodismo cultural donde participé hace ya muchos años, uno de los panelistas citó las ideas de Marshall McLuhan, entonces muy en boga, para anticiparnos que este subgénero periodístico iba pronto a desaparecer dado que es, sobre todo, "palabrería", un tipo de discurso que se vale más de conceptos que de imágenes. Y que, como McLuhan bien lo anticipaba, en el futuro de los medios de información masivos las imágenes pronto serían dominantes y satisfarían más las necesidades de un público urgido de ellas por su capacidad de "condensar" la comunicación. Entonces, otro de los ponentes -creo que era José María Espinasa- lo interpeló diciéndole que es cierto que "una imagen vale más que mil palabras"; y luego hizo una pausa. El primero sonrió entonces, creyendo que ya tenía un aliado para su argumentación. Hasta que Chema Espinasa concluyo su ironía: "A ver, di eso sin palabras".
 
El futuro al que aludió con cierto aire de vidente aquel participante mcluhiano seguramente ya nos dejó atrás. Compartimos ahora una época en que hay, es cierto, una saturación abrumadora de imágenes y datos, de fuentes y de conocimiento, de ofertas de ideas y perspectivas para apreciar y juzgar la realidad. Todo eso está por ahí, en algún no lugar, como flujo de impulsos electrónicos y datos binarios al alcance instantáneo de quien sepa y quiera acceder a ellos. Lo cual me parece muy bien. Sin embargo, soy de los que creen que el periodismo cultural cumple -y debe seguirlo haciendo- una función esencial en nuestras sociedades. Pues sin esa "palabrería" seguramente se mantendrían ensombrecidos y vagos los espacios donde el comentario, el juicio crítico y las ponderaciones deben barrer con su luz el quehacer social y sus producciones intelectuales y artísticas.
 
Es ahora relativamente accesible la virtualidad electrónica. Resulta sencillo, además, abrir en ella portales de información y comentario. Las redes sociales, por su lado, se encuentran saturadas de usuarios listos para valerse de ellas. Así, es posible que nos sorprenda o escandalice por un momento la chabacanería o simplicidad que a veces nos rodean; aunque también, por fortuna, que del mismo modo nos gratifique con frecuencia la lucidez y la actitud crítica de quienes recurren a esos medios. Pocas palabras hay con una carga semántica tan variada -y a veces hasta contradictoria- en nuestro idioma como las que comparten la raíz griega de la que se derivan crisis, crítica, crítico, criterio. Estimo, por mi parte, que esa raíz krinein: "juzgar", "decidir", define con precisión lo que tanta "palabrería" aspira a conseguir en el periodismo cultural. Sin él, ya en medios impresos o ya en virtuales, no podríamos ejercer una tarea esencial: la crítica -y a través de ella la depuración, la toma de decisiones o la confrontación- de lo que hacemos, pensamos o producimos en el terreno de los bienes de cultura.
 

Una voz propia
Sergio Olguín, editor de cultura del diario argentino El Guardián
 
El periodismo cultural es importante porque permite conocer a los creadores desde un lugar distinto al de su obra misma, ya que, por un lado, tienes un libro o una muestra pictórica, pero, por otro lado, no sabes qué hay detrás. Además, también está la crítica que sirve para orientar al espectador o lector sobre lo que está creándose.
 
Una de las grandes virtudes del periodismo cultural es su globalización. Internet ha facilitado muchísimo el acceso a medios de todo el mundo. Antes, en Argentina nos era muy difícil saber qué se estaba haciendo, por ejemplo, en Estados Unidos, México, España o Chile. Y ahora podemos conocer rápidamente las nuevas producciones cinematográficas y literarias de cada país.
 
Aunque si bien el periodismo cultural ha ganado inmediatez y globalidad, igualmente ha perdido sabiduría respecto al pasado. Ahora es más fácil que un crítico vincule una película de Afganistán con un documental alemán o con el cine mexicano independiente, pero es más complicado que sepa lo que ocurrió en la cinematografía europea de la década de los cuarenta, lo que muestra un vacío del periodista cultural en su ámbito laboral. Sin embargo, no se puede generalizar la forma de hacer periodismo porque cada medio encara la parte cultural a su manera.
 
Aunque a este periodismo se le aísla, ciertamente, por el desinterés cultural de los dueños de los medios, si bien por ello gana en independencia, pues los directivos generalmente están mucho más preocupados por lo que se publica en las páginas de política, economía o policiales. De ahí que a los periodistas culturales nos dejen trabajar con cierta tranquilidad.
 
Finalmente, es necesario poner a discusión lo que se produce en el arte para generar un nuevo pensamiento. Sí, pues a veces se repiten las alabanzas que aparecen en las gacetillas de las editoriales o de las empresas cinematográficas. Y no se debe tener una mirada complaciente. Al contrario: el periodismo cultural está obligado a encontrar su propia voz.
 

En el confinamiento
Carmen García Bermejo, periodista
 
El periodismo cultural rema contra la corriente, ante una sociedad homogeneizada que ha cambiado las ideas por las imágenes creyendo que ver es lo mismo que entender. En esa vorágine nos encontramos. Antes, la nota roja y las revistas de espectáculos eran marginales. Hoy en día son vanguardia y sensación para una sociedad acostumbrada a la frivolidad, el espectáculo, el chisme, el escarnio, el escándalo y el morbo debido a la infame calidad de la educación en México y a los 50 años de una televisión mediocre y sin escrúpulos que moldea conciencias para que la población esté atenta a la revelación de la intimidad de las figuras públicas y que acepte como entretenimiento las catástrofes y la violencia.
 
Por fortuna, a una parte de la sociedad aún le interesa conocer su historia y comprender el mundo. Y, en ese contexto, el periodismo cultural es análisis, diálogo, reflexión, debate. Mediante este trabajo se puede reflejar la realidad en todos sus matices. Informar antes que divertir o escandalizar. Buscar el rigor, la verdad y la claridad.
 
Siempre lo he dicho: el periodismo cultural no es la "parte bonita" de la información, si comprendemos la cultura en un sentido más antropológico de la palabra y no sólo como aquella que se refiere a las bellas artes y la literatura. El periodismo cultural también permite hacer un análisis sistemático de los grandes obstáculos que impiden el desarrollo del país.
 
Pero, al entrar el siglo XXI, muchos periódicos decidieron fusionar sus secciones culturales con las de espectáculos, como si fuera lo mismo, o eliminarlas. Y a las secciones que quedaron se les ha reducido al mínimo espacio. En esas páginas el reportaje y la crítica literaria, dancística y teatral; la crónica, el ensayo y los artículos de opinión han sido excomulgados. La mayoría de los editores cree que si no se cubren las conferencias de las dependencias oficiales, no se hace periodismo. Lo más grave de esto es que -con todo y ese confinamiento- los dueños de los medios aún pueden refutar la permanencia o no de las secciones culturales dentro de los periódicos.
 

Nudo: instantáneas
José de Jesús Sampedro, poeta, director de la revista cultural zacatecana DosFilos.
 
En cuanto que genérico modelo de recreación: de creación, el periodismo cultural debe de proponerse contribuir a un mejor conocimiento lo mismo de la compleja vida nuestra que de la compleja idea de la vida nuestra que la bordea. Expresado de otra manera: debe de proponerse contribuir a un mejor ejercicio de la inteligencia (de una inteligencia no menos interpretativa que afanosamente crítica y viceversa, matizo).
 
Desde las márgenes de mi adulta juventud casi frecuento heterogéneas manifestaciones del heterogéneo periodismo cultural circulante en México. Puedo definirme entonces como un lector-colaborador-redactor de algunas de las características propuestas (aunque también: en lo absoluto características) que lo compendian o que lo ilustran. Valorándolo ahora pienso que frecuentarlo me ayudó a formarme o a educarme. Me explico: a identificarme o a diferenciarme siempre en términos de una estética, de una ética.
 
Participo de una fasta mesa redonda. Conversamos, redundamos, monologamos. El periodismo cultural: ¿es necesario? Circuito, ciclos: asimetrías simétricas que transmutan y que entrecruzan y que permutan. Concluyo: sí, es necesario. Aventuro algunas obvias tesis, hipótesis. Porque posibilita un reflujo todo de especificidades y de generalidades que conforman eso que inexcusablemente aún denominamos hoy lo simbólico. Porque estimula un cierto tipo de reflexión contigua o anexa a la vicisitud de reflexionarse. Porque promueve el simple acto mutuo de leer: de escribir, en un ostentoso entorno de analfabetas.
 
El periodismo cultural genuino posee un recurso inmune que lo preserva y cuya compartida táctica y estrategia reside acaso en ofrecerle al consumidor una amplia gama de temas (agrego: y una amplia gama de tratamiento de temas), ello en correspondencia a la trama cívica que modula nuestro espacio y nuestro tiempo. Constituirse en público, constituirse en cotidiana influencia entre el público, acabará determinándolo en su futuro.
 
Justo cuando lo creíamos (e irremediablemente acaso) ya ido, vuelve a aparecer el fragmento como discursiva expansión óptima de la recta y de la curva de la superficie de que consta y que instaura lo escrito, como propicia y clave euritmia de los vaivenes de un lenguaje que vindica en su ánimo la virtud capaz de armonizarse (la proclama es de André Breton) en lo antagónico. Un ejemplo: el de aquella libre simbiosis entre la alegoría y la ironía. Imagino entonces un periodismo cultural que elija como su impronta propia el fragmento. Que conciba al Yo que sirve como un fragmento.
 
Vacío: vacío, vacío. El (aún compacto: próximo) 22 de abril, en Nueva Jersey, Richie Havens murió, abandonó a la indemne tribu de Arcadia que continúa oyéndolo y viéndolo desde la fiera yerba de Woodstock. Un atroz silencio complementó lo sutil de la noticia relativa a su muerte física. El periodismo cultural está emplazado a no oponerse (hoy, jamás) a su iconográfico poder de metamorfosearse en síntesis.
 
Un reducido grupo de amigos y yo compartimos un café, una cerveza. Finales casi de la década de los ochenta. Una indisociable incertidumbre cronológica predomina (a semejanza e imagen del péndulo y del pozo) en el cruel karma. Dice Víctor Roura que inmiscuirse en el periodismo cultural presupone la inmanencia de la memoria de la generación. De la impuesta y de la íntima. Complemento: no olvidarse entonces de que olvidamos. Deambula: oscila la vida. Veinticinco muy largos y muy breves años después felizmente compruebo que Víctor Roura fue y será fiel a la feliz lucidez de esa memoria.
 
¿Periodismo cultural? Permíteme un momento, me pidió el viejo digger neoyorquino al que conocí un día en México, y me contestó mostrándome un libro: The Underground Reader, de Mel Howard y Thomas King Forçade, compiladores.
 

La liebre y la tortuga
Rossi Blengio, periodista
 
El acto de cultivar, de atender con cariño, paciencia y dedicación lo que se siembra requiere de una entrega plena. Editar hojas de cultura es cultivar el pensamiento con los elementos que proporciona el lenguaje.
 
¿Para qué leer prensa cultural? La respuesta depende de quién se haga la pregunta. Las estadísticas no dejan mentir: se lee masivamente lo que también ha sido masivamente aventado por los medios. Está de moda leer, y en el apartado denominado prensa cultural, ignoro qué tan amplio sea su sector de lectores, lo que sé es que no ostenta el primer lugar de lecturas. Pero estas publicaciones existen, sea en mayor o menor medida, para contribuir a formar gustos, dar opiniones, infundir ideas, difundir argumentos, enfoques, puntos de vista, críticas... como voces del pensamiento que llaman a la reflexión.
 
Pero, caray, estamos en el siglo XXI, donde la tecnología avanza a todo galope y sus signos son la rapidez, la eficacia y las frases hechas como llegar a la meta, apresuradamente, tal como la liebre de la fábula de Esopo, en donde la lectura podría ser la lenta tortuga, que encorajina a la prisa cuando la liebre pierde la carrera por confiada. Lo más común es que los precursores de la prisa no lean, ni les atraiga el arte. Porque son prácticos. En todo caso lo admiran como inversión.
 
Graham Greene apuntó que son tan escasos los que ponen a trabajar su ingenio que hay diez mil violinistas mediocres por cada compositor ilustre. Por cada diez mil periodistas mediocres, hay uno ilustre. Tal vez. El concepto que el canciller alemán Hans-Dietrich Genscher tiene sobre la prensa, planteada como la artillería de la libertad, tiene fuerza; pero se ha malgastado, pues en efecto tenemos libertad... pero de ser ignorantes, de ser bárbaros, de ser caníbales, y la prensa cultural pretende ser una vía para liberarnos de esas torpezas.
 
Relegado
Alfredo Ortiz Santos, periodista de cultura, desde hace 20 años, del Sistema de Radio y Televisión Mexiquense
 
El periodismo cultural es importante, ya que difunde el quehacer de los creadores y, por lo tanto, sensibiliza al público. A través del humanismo se hace al lector, al oyente, al espectador, más crítico y pensante. Pero, además, sin el periodismo cultural no habría difusión de las artes: toda creación se quedaría sin darse a conocer, ya sea las artes plásticas, la literatura, la danza o el teatro. Y, sí, a pesar de que en los últimos tiempos el periodismo cultural ha sido relegado a planos inferiores, existe y es importante para los lectores o radioescuchas: éstos le dan el valor que se merece.
 
En efecto, esto último es importante resaltar: hoy por hoy, el periodismo cultural esta relegado en la mayoría de los medios; por ejemplo, las secciones culturales o están al final de los diarios o junto a secciones como espectáculos o información general, se le confunde con otras partes del periódico y no se les reconoce su valor. Claro, mucho ha tenido que ver -y debemos reconocerlo- lo que han dejado de hacer los propios periodistas. El periodismo cultural, el periodismo en general, cojea por los intereses particulares de quienes lo ejercen; en la mayoría de las ocasiones el gobierno es quien dicta lo que se debe difundir; también, se compran espacios y se le paga al periodista para crear una imagen benévola de lo que hace la autoridad; se pierde la crítica y la imparcialidad. Por si fuera poco, me parece que hay un reciclaje en la información: siempre son los mismo creadores; muchas veces, artistas que no proponen nada. Creo que falta más crítica en el periodismo cultural.
 
En cuanto al periodismo cultural radiofónico, éste también ha sido relegado a planos inferiores; incluso, todavía más: sólo algunas estaciones se preocupan por este tipo de periodismo. Sin embargo, hay público que sí le da el valor que merece, se preocupa y le interesa; por ejemplo, tengo público fiel que sigue los programas que conduzco en Radio Mexiquense; día a día está al pendiente de lo que se dice y la gente misma comentan sobre la cultura: llaman, critican y, sobre todo, ponen atención a lo que se produce.
 
Sí: siempre habrá periodistas culturales y gente atenta a su trabajo.
 
Blanco de soborno
Malú Huacuja del Toro, escritora y periodista
 
Respondo a esta pregunta precisamente el día en que aparece publicado en primera plana, en un famoso periódico mexicano, uno de los peores ejemplos de periodismo cultural: la exaltación del escritor chileno Roberto Bolaño, a quien en los encabezados se le compara con Jorge Luis Borges y con Julio Cortázar, si bien cualquiera que haya leído bien y completas sus novelas sabe que eso es una descarada mentira: que por más aplicado, trabajador y ambicioso que fuera Bolaño, ni Los detectives salvajes ni su último ladrillazo pedante y deshilvanado (2666) se comparan con cualquier novela o cuento de Cortázar ni, en un sentido ampliamente diferente, de Borges.
 
El hecho de que se honre al prolífico narrador chileno con un merecido homenaje a los diez años de su fallecimiento, y que a los oradores en el dicho acto (Manuel Dávila, Mónica Maristain y David Miklos), ya entrados en el frenesí encomiástico, les dé por compararlo hasta con Dios si así les place, no justifica que el reportero de la nota, el director de la sección y el del periódico (porque, como mencioné antes, esto se publicó en primera plana), no sepan ni de qué están hablando, o lo que es aún peor: que lo sepan y lo promuevan, pues eso los convierte en mentirosos a sueldo, lo que despertaría incluso sospechas respecto a si la editorial o la poderosa agencia literaria de Bolaño les pagó para resaltar esa declaración exagerada.
 
En efecto, pocas profesiones se prestan a tantos equívocos en su tuberosa definición como la del periodista de cultura: pareciera que basta con autosugestionarse para serlo. Las secciones de cultura se han convertido en blanco de soborno para cualquier industria que pueda tener influencia en sus criterios, por una parte. Pero, por otra, en trampolín para los aspirantes a escritores y artistas que creen -y a quienes la falta de rigor en sus medios periodísticos les permite creer- que las páginas de cultura están ahí para ayudarles a progresar, nunca para informar al lector.
 
El aspirante a escritor o artista metido a reportero o a reseñista entiende la literatura y el arte como una forma de extorsión: "Yo los entrevisto a todos o los reseño a todos para que después hablen bien de mí o me consigan trabajo o me recomienden en la editorial", es la máxima no confesada, pero que sí se puede leer entre líneas en sus escritos.
 
Por todo ello, el periodismo cultural como tal, y no como malentendido, es indispensable. Desafortunadamente, el funcionario de cultura cree lo contrario: que necesita más porristas y menos periodistas.
 
Por añadidura, parecería que ahora que cualquiera puede instalar un blog o una cuenta en Twitter y autoerigirse como periodista de cultura o crítico tuitero, ya no hace falta el periodismo cultural; pero es al revés. Lo que cambiará quizás con el tiempo es el soporte, pero ahora, justo porque hay tanto y al mismo tiempo tan poco, será imprescindible para la historia de las artes y la cultura aquel modesto cronista del festival de cine cuya "reseña" no es una lista de los funcionarios que lo organizaron para que después lo premien como cineasta, y el invisible reportero al que la editorial no le da pases de honor para entrar a la Capilla Alfonsina, pero que sí leyó a Bolaño.
 
Si no se incendia Bellas Artes
Julio Aguilar, editor de la sección cultural de El Universal y del suplemento "Confabulario"
 
El periodismo cultural fue la semilla de donde brotó todo. Incluso al principio la prensa era para la gente educada que se interesaba en reflexionar y debatir sobre la coyuntura del país. Por eso Gabriel Zaid bien ha señalado: "La cultura, que ahora está como arrimada en la casa del periodismo, construyó la casa". Pese a este aislamiento, el periodismo cultural es el área que realmente capta el alma de la sociedad. Por ejemplo, después de muchos años nadie se va a acordar de qué bronca hubo en el Congreso, pero sí de lo que David Huerta ha escrito.
 
Una de las causas de que al periodismo cultural se le esté haciendo a un lado de las páginas de los periódicos es la falta de ambición para buscar la portada. Porque pensaríamos que si no se nos quema el Palacio de Bellas Artes, pues la cultura difícilmente va a ocupar la de ocho. Y no hay que esperar a que eso suceda. Existen muchas maneras de lograr la portada como, por ejemplo, realizar una investigación de fondo sobre lo que realmente pasó con la Estela de Luz o con la Megabiblioteca.
 
Con fines de lucro
Cruz Mejía, compositor
 
El periodismo cultural es importante, porque nos acerca al conocimiento de los hechos de una manera más directa y sencilla. Sobre todo porque, de antemano, se descarta el sensacionalismo y quien lo recibe se interesa por asuntos más allá de la trivialidad. Como personas, nos acerca y nos hace partícipes de la vida social contemporánea.
 
En México me parece que estamos aprendiendo a hacer periodismo cultural y que, a veces, lo confundimos con el espectáculo. Pero, además, en ciertos casos ocurre que quienes lo ejercen llegan a coludirse consciente e inconscientemente con los falsos exponentes de la cultura, en lo que se evidencia el desconocimiento del tema. Por tanto, es necesario crear foros de discusión al respecto.
 
El periodismo cultural debe de reconocer lo popular y no estar siempre casado con la cultura de élite. En cuanto a los medios de comunicación, es importante detectar su ética para entender su intencionalidad, pues en la mayoría de los casos se ejerce el periodismo con fines de lucro sin importar principios y veracidad. Todo lo expresado aquí es reflejo de una sociedad dispersa y de un gobierno ajeno a los intereses de la nación que no desarrolla una política educativa y cultural integral e incluyente.
 
Paradojas
José Luis Esquivel Hernández, académico de la Universidad Autónoma de Nuevo León
 
El periodismo cultural en México tiene grandes paradojas que resumen el enorme desafío que representa su futuro. En primer lugar, son los mismos promotores de los medios los que han despreciado esta trinchera debido a que se conducen bajo la ley del mercado, en lugar de poner atención al contexto nacional en el que se encuentran. De pronto, uno como provinciano se asombra de que haya espacios -como el de EL FINANCIERO- en el que se interesan por difundir lo que sucede en otros rincones del país que no sea la Ciudad de México. Gracias a esta reflexión atribuyo a los dueños de las empresas de comunicación -personajes faltos de creatividad e ingenio- la deriva de este oficio, pues tampoco buscan estimular a los reporteros de la fuente.
 
El segundo obstáculo es el aparato publicitario, el cual representa un retraso para el periodismo cultural en la lógica de que hasta las grandes empresas que se supone saben del valor de la cultura, prefieren aparecer y apoyar las páginas de frivolidades.
 
Por último, los gobiernos no han analizado este ejercicio como parte de un patrimonio que no deben permitir perderse pues, me pregunto, ¿cómo es posible que contando con tantos creadores y poseyendo una historia tan rica lo único que importe sea el dinero y el amarillismo? Por ejemplo, hace poco en Monterrey se pensó en invitar a la famosa Gloria Trevi para que interviniera en una lectura poética... ¡por 700 mil pesos!
 
En peligro de extinción
Leonardo David Piliado Navia, periodista
 
La vigencia del periodismo cultural no está a discusión, sin embargo ha de señalarse que en México es una práctica en peligro de extinción. ¿Por qué? ¿Qué es el periodismo cultural del cual hoy prescinden algunos medios impresos, electrónicos e incluso los digitales? ¿Cuáles y cómo son los temas que trata? ¿Y quiénes son sus protagonistas y testigos?
 
Este tema ha sido tratado durante décadas en publicaciones, discusiones en televisión, foros, conferencias y mesas redondas. Abreviar implicaría citar referencias y autores. Empero, es posible sintetizar, a riesgo de ser injusto o ser refutado, algunas respuestas.
 
Indudablemente el periodismo cultural es el registro del quehacer humano, tanto de productos materiales como simbólicos, así como de sus expresiones; es decir, la inabarcable, sistemática, inagotable y casi ilimitada cultura, con la perspectiva (y jerarquía también) desde donde se le quiera mirar: baja, alta, media, así como sus respectivas etiquetas (aquí un pequeño adjetivo atrapará un gran universo: oficial, popular, urbana, rural, de masas, underground, independiente, de arte -valga la expresión-, alternativa, ecológica, y todas las que vayan saliendo en el camino día a día); su práctica atraviesa los prefijos de lo multi y lo trans, en medio de una constante cópula o mestizaje cultural, algo que no es exclusivo del país sino ocurre simultáneamente en todo el mundo. A eso, agréguele: México es un país con una economía de tercer mundo. ¿Y su periodismo cultural?
 
Con temas de lo más variado, muchas veces sin una frontera definida entre lo ético, lo moral, lo mediático, lo educativo, lo artístico y el entretenimiento, lo cierto es que el consumo y su estandarización forman parte del gran juego mundial (globalización). Todo entre formas, discursos, narrativas y recursos diversos, donde los cambios, cúmulos y mutaciones de la cultura misma afectan a la misma practica del periodismo.
 
Y, hoy, este tipo de periodismo en México atraviesa con limitantes, dificultades y empuje, un ámbito híbrido cultural donde predominan los grupos de poder e influencia (preferentes de la publicidad oficial); las instituciones culturales con cifras que poco o nada reflejan ese universo que pretenden cultivar; la frivolidad y la imagen de caudillos (aún quedan) e intelectuales oficiales (orgánicos y no); el poco, escaso o nulo interés de los funcionarios gubernamentales, que hacen de los "eventos" la política cultural con la cual se promueven a expensas del dinero público (otra forma de corrupción); la desigual carrera contra el tiempo (perdida de antemano) del libro contra la tecnología; esta última, por su parte, y a pesar de su gran potencial comunicativo, a nivel de contenidos se convierte (algunos casos, dada la ociosidad) en una extensión de la televisión y su cultura de la idiotez o, en el mejor de los casos, de plano convierte en testigos accidentales a personajes que no están preparados para serlo.
 
Y la culpa de esto no sólo la tienen algunos medios, como la tan mencionada televisión y su extensión: la web. El poco nivel e interés por la lectura, la ignorancia, así como lo frenético y la inmediatez de la vida posmoderna, donde el reino de lo audiovisual sobre la palabra escrita se impone, son los grandes causantes de la casi inexistente exigencia por contenidos de calidad; una de las razones de la sobrevivencia del escaso periodismo cultural.
 
Hoy, la falsa crítica disfrazada de promoción, el escándalo, el rumor, el sensacionalismo, se mueven como mercancías de alto valor; es la primicia que convierte al periodista en un mercenario al mejor postor, mientras inundan los textos, artículos, reportajes, crónicas, entrevistas que día a día se disputan un espacio, ante las cada vez más escasas páginas de las secciones culturales; todo, en medio de escenarios mediáticos donde se promueve el culto a la personalidad, hay sobreoferta y exceso de información, y la proliferación de opinólogos (amiguismo) poco o nada especializados.
 
Esta hegemonía de "lo que vende" ha obligado a algunas "secciones culturales selectivas", comprometidas con este tipo de mercantilismo, a crear no sólo nichos preferentes para "los elegidos" sino mercados potenciales para aquellos productos que promueven.
 
Hoy ya casi no hay debates o discusiones entre las secciones o espacios culturales en los medios sobre lo que debería ser una política cultural de Estado (lo menos importante en un país con necesidades más apremiantes). Son contados los espacios que lo hacen. El de la prensa cultural es un gremio desunido o con intereses diversos. Sin embargo, la cultura debería ser una necesidad de primer orden, como lo es el agua, el alimento o la educación. Y el periodismo cultural honesto debe velar por ese compromiso, no sólo en informar, sino en orientar.
 
La relación entre periodismo y cultura es más profunda de lo que las empresas de información aparentan. El periodismo cultural debería ser visto como un servicio público (la utopía universal de la cultura) donde se desnuda al rey; se humanizan a los que se consideran "divinos"; se apuntala lo que el público no puede ver; se denuncian los abusos, lo falso y la mentira; y se cultiva en el público lector -o audiencia- la exigencia de una mejor calidad en contenidos, independientemente de la condición económica del país.
 
Un cierto desasosiego
Silvina Espinosa de los Monteros, periodista
 
Pareciera que quienes trabajamos como periodistas culturales en medios impresos somos una raza en extinción. Todos los días uno se levanta con cierto desasosiego, por lo menos desde hace un lustro, al ver de qué manera a los suplementos y las secciones diarias se los ha ido devorando paulatinamente la nada. Donde existían ideas, debates e información aunada al criterio, ahora se asoma una mancha blanquecina, como la que asola la novela de Michael Ende: La historia interminable.
 
Hace años, cuando yo era estudiante, prevalecía la idea de que cultura era toda expresión humana, desde la manera en que una sociedad tiene para hacer pan o fabricar tapetes hasta la más refinada de las bellas artes. El concepto de "lo culto" basado únicamente en la alta literatura, la música clásica y la pintura de los grandes maestros ha quedado rebasada. Cultura también es la apasionante manera en que el idioma cotidiano se transforma; son los hábitos de consumo y el impacto que éstos tienen para un país entero; cultura es la forma en que una sociedad puede estarse aniquilando sistemáticamente por la vía de las armas, el hambre o la indiferencia, pero también la forma en la que goza, baila, trabaja y convive solidariamente.
 
La cultura es inagotable, porque es inherente a la vida humana. Y mientras haya vida, existirán las líneas de un gran poema que exalte o lamente nuestra compleja condición; habrá espejos donde vernos reflejados como especie en melodías, pinturas, edificios, juegos de futbol, en los párrafos de una novela o en los artefactos tecnológicos que hemos producido.
 
Además del reto antes mencionado, en el periodismo impreso inciden otros dos factores que son producto de la cultura globalizada que impera hoy en día: la creencia por parte de los dueños de los medios de que este quehacer no es importante y mucho menos rentable. En la época de oro de ciertos suplementos culturales, mucha gente compraba la revista o el periódico, separaba dicho contenido y tiraba el resto al bote de la basura. Las páginas culturales no son rentables si les falta calidad. Hoy, como nunca, se considera que no son importantes porque sus aportaciones son intangibles y no se pueden medir como si fuesen índices bursátiles. ¿Cómo se tasa el momento en que identificamos algún atisbo de nuestra vulnerabilidad humana a través de un personaje como Gregorio Samsa?
 
En efecto, pareciera que los periodistas culturales de los medios impresos pertenecemos a una raza en extinción. Una raza que paradójicamente no desaparecerá, pero que está por elegir derroteros que apenas están comenzando a escribirse.
 
Pobreza
Carlos Ramírez, columnista político y director del periódico El Mollete Literario
 
Por mucho que los creadores digan que trabajan con la intención de dejar sus obras en el aire, a todos les gusta que haya un canal de difusión que los lleve hacia las masas. De ahí la importancia del periodismo cultural, sobre todo en la medida en que las manifestaciones culturales, que ayudan a la conformación social e intelectual del ser humano, han aumentado su presencia.
 
A pesar de esto, en los grandes medios de comunicación estamos viendo una gran pobreza de suplementos y secciones culturales. Y, en otros, ni siquiera tienen un espacio para esta área. Pienso que, lamentablemente, al periodismo cultural no se le toma tanto en cuenta en las páginas de los periódicos bajo el argumento de que no vende. Sin embargo, hay medios que no sólo han descubierto que la cobertura cultural cumple una función sino también puede entrar en la dinámica del circuito comercial al generar publicidad. Sí, pues conozco lectores que compran algún periódico únicamente porque la sección cultural es buena.
 
Por otro lado, creo que en las universidades el periodismo cultural debe ser tomado en cuenta como una especialización. Incluso es importante que organicen mesas redondas y seminarios dedicados a esa área. Esto permitiría que quienes hacen periodismo cultural ya no sean sólo escritores que, de pronto, tienen necesidad de empleo y lo encuentran en algún periódico. Además, es necesario que se entre en un diálogo crítico entre suplementos y secciones culturales.
 
Mitos
Karla Zanabria, periodista
 
Me gusta pensar que quienes se dedican a leer las secciones culturales lo hacen ante todo por gusto. Y tengo la certeza de que quienes hacemos periodismo cultural lo hacemos sencillamente por esa misma razón. Después vendrán otras implicaciones, como la codicia, el azar y otras motivaciones seguramente inconfesables. Lo cierto es que el periodismo cultural nace, se reproduce y muere en un reducido sector de la población que mantiene una elevada dosis de interés y sensibilidad respecto a temas que también le interesan a gente como los humanistas, antropólogos, músicos, escritores, histriones, bailarines y científicos, entre otros.
 
En torno al periodismo cultural subsisten muchos mitos. Por ejemplo, hay gente que piensa que está reservado a quienes cuentan con una avanzada instrucción académica. No siempre es así: hay individuos que han cursado posgrados en prestigiadas universidades y jamás han hojeado siquiera un suplemento, sección o revista de este tipo. En contraparte, existen los que -pese a sus carencias educativas- han llegado a apasionarse por ciertos temas adquiriendo, para sí, conocimientos de temas específicos, también por puro gusto. La capacidad para adentrarse en temas culturales tampoco es privativa de los aristócratas. Si bien la facilidad para adquirir piezas de arte o entradas a funciones de ópera y teatro, a museos y galerías sirve de mucho. Aquellos que están decididos a "cultivarse" no suelen ser los más favorecidos.
 
Otro mito es que los productos derivados del periodismo cultural deberían ser consumidos masivamente. Si bien sería deseable que fueran menos los fanáticos de las telenovelas, estoy en desacuerdo con inflar audiencias e inventar lectores para el lucimiento de los funcionarios en turno, se trata más de cifras huecas que de nutrir las filas del gremio cultural. Ha ocurrido ya con la lectura que se está volviendo una obligación impuesta a los escolares en lugar de ser un acto gozoso. Imposiciones así no lograrán nada duradero ni genuino.
 
Si de hacer una revolución cultural se trata, habría que ir mucho más allá del sector educativo e ir a meternos en la esfera espiritual; en camisa de once varas, pues. Para restaurar el tejido social -una frasesita de moda entre el funcionariato-, 20 minutos de lectura a fuerzas serán insuficientes. Pese a todo, creo que el periodismo cultural no está extinto todavía: está mutando. Supongamos que la lógica empresarial es certera y todo aquello que no sea autosustentable terminará por desaparecer del mercado: el periodismo cultural seguirá existiendo con otro nombre y en un entorno digital. Me imagino que el periodismo cultural seguirá vivo siempre y cuando subsista ese reducido grupo de gozosos consumidores.