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¡Penny Lane!

Una grandiosa noche la de Anfield, de esas que gusta coleccionar el Liverpool, un batallón de 11 empedernidos corazones. El equipo ingles logró remontar dos de ventajas de tres goles en 90 minutos ante el Borussia Dortmund.
Mauricio Meejía
14 abril 2016 19:27 Última actualización 14 abril 2016 19:31
El último avance de las naves rojas fue contundente. (Reuters)

El último avance de las naves rojas fue contundente. (Reuters)

Fue una gesta. Una grandiosa noche la de Anfield, de esas que gusta coleccionar el Liverpool, un batallón de once empedernidos corazones. Cuando el Dortmund se puso en ventaja por dos goles arriba (Mkhitaryan 5’ y Aubameyang 9’) parecía que el barco británico se hundía apenas después levar las anclas del juego de vuelta. Pero algo ha enseñado este club que nunca camina solo al mundo de las quinielas: que todo sucede hasta el límite de cuando puede suceder.

Con tanto océano de tiempo por delante, el conjunto de Klopp -convertido en fraile más que en técnico- tomó proa y mantuvo la navegación a contramar. La cancha olía al rumor de una épica colosal.

Los rojos se volcaron al ataque indiscriminado, con urgencia de respuesta, con una avidez de espanto. Ágil, vertical, rápido, el 11 rojo avanzaba por las playas del área enemiga como una mancha voraz, pero sin tino ni destino. Mucho pirata; poco marinero. El asedio vaticinaba el primer tanto antes del primer tiempo; pero el gol es, a veces más un capricho que una consecuencia.

Cuando el partido ancló en el final del primer tiempo, la calma chica era el presagio del alto oleaje. Origi anotó en el 48. Dos tantos separaban al Liverpool de las semifinales de la Europa League. Había viento a favor. Reus (en el 57), el siempre fiel, puso de nueva cuenta a tres de desventaja a los reds. La nave de los locos comenzó a tomar cordura y valor. Mucho ímpetu, mucha gallardía, mucho de pirata tuvo el Liverpool para no escuchar las sirenas de la derrota.

En el 78’ Courinho marcó el empate global, pero las razones burocráticas daban razón al Dortmund por el viaje de ida. A lo lejos, en la lontananza del pasado, se anunciaba aquella tarde de Estambul en la que el Liverpool perdía 0-3 ante el Milán de Ancelotti. Y se removían los recuerdos del 3-3 y el triunfo final en la tanda de penales. El futbol es hijo de la mar y el club inglés sabe que nada hay más pirata que el marcador, esa traición de los hechos. También sabe poner las velas cuando el aire apoquina. Difícil sacar una ventaja a un cuadro italiano. Más aún a un alemán industrial como el Dortmund, antiguo paquebote de Klopp, el predicador que sostiene que en un mínimo instante se puede construir toda la eternidad.

Al 91’, cuando todo Anfield era una isla de nervios, el último avance de las naves rojas. Lovren, al más estilo inglés, de cabeza, anotó el 4-3 (5-4) con el que el Liverpool una noche de un día de tiempo logró remontar dos de ventajas de tres goles en 90 minutos.