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Pau Casals: Chelo y duelo

10 febrero 2014 4:33 Última actualización 21 octubre 2013 5:2

[La actitud del músico catalán se mantiene vigente cuarenta años después de su muerte / Cuartoscuro]


 
 
A aquel año ingrato ya le había arrebatado al mundo a Pablo Picasso y a Pablo Neruda, no le fueron suficientes a la Gran Dama, la grandeza del pintor español, amo de las formas, y del gran poeta de latinoamérica, esa puntual forma del verso, le faltaba algo, alguien, sí, otro Pablo, por qué no… era 1973, el 22 de octubre de aquel curso Pau Casals dejó de ser chelo para convertirse en un largo silencio que se escucha, aún, ahora, ahora que todo parece volver en una España que se convulsiona entre los monederos falsos.
 

Atrás, como huellas, quedaron esos compases contra Franco, al que despreció con énfasis en cada lugar en donde se presentó, y, atrás también esos desplantes, que ahora insisten, como señas, de una Cataluña independiente, porque Pau, Pablo, lo veía con amor, pero también como política, el aroma de una autonomía completa, una forma de nación al margen de la española, pero no a lo loco, no como pudor insensato de catalismo, sí como una idea, que acaso pronto, o no tan tarde.
 

Para Pau la democracia, los derechos humanos, la libertad a lo Miguel Hernández, también a lo Bach, su guía y anhelo, eran principios irrenunciables para la convivencia humana, antifascista inquebrantable, Casals no vivió meramente de la música y de sus adentros, hizo de la orquesta una protesta y de la protesta una postura extra salas, extra conservatorio, extra conciertos, cuando la libertad atentó contra la vida de los españoles, Pau, Pablo, se motivó por la clase trabajadora, por los labradores, los obreros que nada sabían, que nada podían, porque además Pau era la paz, no sólo en el catalán que tanto defendió, la paz hecha hombre, hombre de paz, como, como esa promesa cuando el Himno de la Paz de Naciones Unidas que hoy, a lo lejos, le recuerda porque, porque Pau supo, como pocos, adelantarse a la crítica del comunismo, como lo hizo después de los sucesos de la Revolución del 17, decidió no volver a la Rusia Soviética ni dirigió en la Alemania Nazi, no hay arte sin aire, Casals lo dejó en claro con genuina categoría.
 

Comunitarismo sin comunismo, esa pareció ser su forma, forma por lo demás republicana, como en aquellos años en los que saludó, abiertamente, la Segunda República Española cuando en Minjuic interpretó a Beethoven como protesta contra Primo de Rivera, porque los ismos le estorbaban, y luego esa huida, ida, al Puerto Rico de su madre, para defender en el exilio la República, a lo sensato, sin fascismos, sin esas formas dictatoriales que impiden la interpretación voluntaria, casi al viento, de lo artístico, lo comprendió, Pau, en la vereda, en el estero del río la política, en la Perpiñan Catalana, en donde impulsó los Juegos Florales de la lengua catalana, promoción de un actitud ante el mundo, no un simple idioma, no, sí, sobre todo sí un modo de ver las cosas, una cultura, una forma de responder a algo, a lo que es, rechazó ser la cara visible del del exilio porque servía de otra forma a lo que servía, en México, esa embajada de la estancia, esa casa a lo lejos, Casals se brindó con agradecimiento y cariño, en Acapulco tocó en el fuerte de San Diego, con Auden de fondo para la paz, para la celebración de un dios no nacido todavía, hace ya 40 años de una muerte atroz, como todas, a lo lejos se nota la ausencia de Pau Casals, esa paz que tanto urge en medio de la nada, de esa nada en la que los desplantes del folklore todo lo imantan.