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Patán crea una tertulia entre letras y alcohol en su más reciente obra

Decía Ernest Hemingway que un hombre no existe hasta que se emborracha. El escritor mexicano Julio Patán se pone del lado del autor de "Fiesta", y platica sobre su más reciente obra: "Cocteles con historia: guía definitiva para el borracho ilustrado (Planeta)"; también es el pretexto para pensar en esos brindis imposibles.
Esta conversación sucede en El León de Oro, en la colonia Escandón. (Édgar López)

Esta conversación sucede en El León de Oro, en la colonia Escandón. (Édgar López)

Decía Ernest Hemingway que un hombre no existe hasta que se emborracha. El escritor mexicano Julio Patán se pone del lado del autor de Fiesta y aprovecha esta charla interrumpida sólo por tragos de ron y cerveza para imaginar a aquellos artistas, políticos y futbolistas con los que le hubiera gustado tomarse un trago. Esta conversación sucede en El León de Oro, en la colonia Escandón. Su más reciente libro, Cocteles con historia: guía definitiva para el borracho ilustrado (Planeta), es el pretexto para pensar en esos brindis imposibles.

Uno de los invitados a su mesa –afirma– sería Edgar Allan Poe, a quien le diría: “No le hagas caso a mis maestros de literatura ni a la vieja crítica de Harold Bloom con eso de que Charles Baudelaire mejoró tu obra en la traducción”. El problema vendría a la hora de pedir las copas. Seguramente el más maldito de los poetas –dice– pediría sazerac, una bomba marca diablo hecha de coñac, whisky y absenta. Aunque quizás Poe se sentiría decepcionado, porque como detalla Patán en su libro, la absenta del siglo XIX tenía propiedades casi alucinógenas. Ni modo: un sazerac del DF sería como una malteada para Poe.

Ya entrados en el romanticismo, Patán, irónico y bromista como de costumbre, invitaría a Baudelaire para advertirle que se calme con Poe de una vez por todas: “Eres un genio, un gran poeta, pero tu ethos no me cae bien. Los franceses que se quieren hacer los malos me dan flojera. No te creo demasiado”.

¿Y qué pasaría si, de pronto, se aparece Ernest Hemingway con cuba en mano? Un tipo que fue conductor de ambulancias en la Gran Guerra debe tener historias interesantes, dice Patán. “Lo malo sería su actitud bravucona. No me gustan los borrachos que pierden los estribos. Prefiero a los melancólicos”, comenta el también conductor del programa Final de Partida.

Otro escritor bebedor, pero en serio, era José Revueltas, a quien también le invitaría unos tragos, ya con Baudelaire y Poe recargados en la mesa, un poco rebasados por los demonios verdes que –según escribe Patán– aparecen cuando se bebe mucha absenta. Lo malo es que no sabría qué pedir para el autor de El Apando. Supone que vodka, por una historia que escuchó hace tiempo: “Ignacio Solares me contó que, cuando iban a visitarlo a la cárcel de Lecumberri, en 1968, siempre le llevaban gelatinas de vodka. Revueltas ya estaba rebasado por el alcohol en ese entonces. Y dicen que siempre les preguntaba: ¿no traerán otra gelatinita?”.

Otro compañero de tragos sería James Joyce. Británico elegante, de sombrero y anteojos, bebía vino blanco, aunque como buen irlandés también frecuentaba pubs y se empinaba varias pintas de cerveza. “Joyce decía que beber vino blanco era como tomarse los meados de una marquesa”, comenta Patán.

Octavio Paz también sería un invitado de honor. Según Patán, la relación del autor de El laberinto de la soledad con el trago era estoica, pero cotidiana. Bebía una copa de vino por la tarde y un whisky después de la comida. Patán recuerda los versos que escribió Paz en Oídos con el alma: Del vómito a la sed/ atado al potro del alcohol,/ mi padre iba y venía entre las llamas.

Patán también se agasajaría con las charlas de Jorge Luis Borges. Un hombre que –asegura– bebía poco vino. “Era un puritano. Su relación con el sexo y las mujeres era casi nula. Simpatizaba con sistemas políticos muy centrados. No creía en las revoluciones ni en la literatura vanguardista, sino en las formas clásicas. Personalidades así no suelen llevarse mucho con el alcohol”, apunta.

Hasta ahora, la mesa de Patán es cosmopolita. Hay tragos para todos. Incluso para los clérigos. ¿El papa Francisco? No. Demasiado aburrido para él: “Se cansaría a los dos malbec y nos mandaría a la chingada. Me daría flojera escuchar sus discursos correctos de la teología de liberación. Yo paso. Sería muy cursi. A mí échenme a un Papa tenebroso y demoníaco como Karol Wojtyła, que beba mucho vodka y hable sobre fanatismo extremo”.

Pero falta un alemán. Patán elige a Arthur Schopenhauer. Nada le regocijaría más –dice– que criticar a Hegel, cuyas ideas le parecen espantosas. Y otro con el que chocaría su whisky sería George Best, el futbolista irlandés que dijo: “En el año 69 dejé el alcohol y las mujeres. Fueron los peores veinte minutos de mi vida”. Una convivencia así –agrega– sería para el atasque: “Era amigo de los Beatles, sabía que el futbol entraba por la cabeza y salía por los pies, era famoso y te invitaba todo. ¿Quién no quiere beber con un hombre así?”.

Ya para terminar departiría, si no le queda de otra, con Francisco Franco. “Le hubiera ayudado mucho a los españoles que Franco bebiera. Si los dictadores del siglo XX hubieran bebido, quizás no hubieran sido tan eficaces para gobernar. Seamos sinceros: a la quinta cruda ya da hueva ir al mitin”.