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París fue una siesta

Una final de sopor deja como campeón a Portugal, una selección que jugó a defender y administrar, y con el poco futbol que ofreció pudo más que un cuadro francés carente de ideas.
Mauricio Mejía
10 julio 2016 17:21 Última actualización 10 julio 2016 17:22
Desde el banquillo, Cristiano Ronaldo vivió la final de la Euro. (Reuters)

Desde el banquillo, Cristiano Ronaldo vivió la final de la Euro. (Reuters)

El peor Portugal se vuelve histórico en Saint Denis. Amo del empate, hasta en la final de esta noche, el cuadro portugués sale premiado por el lado oscuro del futbol. Tacaño, mediano y tedioso, como el libro contable de la burocracia, contagió de su avaricia a una Francia perturbada por la salida de Cristiano por lesión en el alba del partido.

Pesó más en el local la ausencia del astro rival que en campeón del aburrimiento. El '7' se volvió emblema de la resistencia y de la comuna de un once sustentado en la defensa a ultranza del cero.

Francia fue cómplice de su guillotina. No tuvo carácter para los panes y, mucho menos, para los pasteles. Carente de imaginación, la escuadra azul se dejó convencer por el romance de la sopa.

Deschamps fue precavido al límite, como si la vida se le fuera en un desborde o en un tiro de media distancia. El técnico midió la profundidad del Sena siempre con un pie. Medrosa conducta para una final en casa, en la que se defendía el blasón de 1984. Llena de dudas, intimidada por sus defectos, la selección gala fue impostura, que en nada avalaba a la que venció entre semana a Alemania. Durmió la siesta de su propio vals y dejó que el contrario asumiera la confianza del protagonismo. Rui Patrício, entero meta de la coyuntura, mantuvo en la batalla a una defensa mecánica y eficiente a grados legendarios. Si algo da valor al reconocimiento portugués es justamente su zaga, en la que Pepe asumió la voz cantante con admirable gestión.

El tanto de Eder cayó justamente en los tres minutos en los que Portugal se atrevió a jugar al futbol en todo el certamen. Francia, que no tuvo talento para el ataque, mucho lo tendría para el contrataque.

Los locales confirman una sentencia: no ataca mejor el equipo que más hombres pone en el área enemiga. Los visitantes otra: el juego más lindo suele ser codicioso con los premios; la metáfora de la belleza pocas ocasiones se vuelve escultura en el marcador. Ni el Portugal del 66, ni el del 2004 hicieron tan poco por la pelota o por el estilo, ese tic.

Ninguno fue tan chato, gris y defectuoso. Pero esta avaricia ha llegado muy lejos: ha dado el primer gran trofeo a un país empeñoso y, algunas veces, brillante. El futbol durmió la mona durante 105 minutos. Y cuando despertó el gol estaba allí. La Bastilla cayó cuatro días antes de los festejos de la Revolución.

Bien dicen que para ganar en Francia hacen falta principios cortos y cuchillos largos. Portugal lo supo. Como Grucho Marx: presentó sus principios y los cambió por otros.