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culturas

Paraísos remotos

Con autorización de Ediciones Culturales Paidós, publicamos un fragmento del bello "Atlas de islas remotas" (Crítica) de Judith Schalansky, cuya fascinante lectura traslada a lugares insospechadamente literarios.
Judith Schalansky
28 junio 2015 20:47 Última actualización 29 junio 2015 5:0
La fascinante lectura de "Atlas de islas remotas" traslada a lugares insospechadamente literarios. (Cortesía)

La fascinante lectura de "Atlas de islas remotas" traslada a lugares insospechadamente literarios. (Cortesía)

Con autorización de Ediciones Culturales Paidós, publicamos un fragmento del bello Atlas de islas remotas (Crítica) de Judith Schalansky, cuya fascinante lectura traslada a lugares insospechadamente literarios.

El barco de Acapulco sigue sin llegar, pero un crucero estadounidense trae la noticia: el mundo está en guerra y México en caos. Se han olvidado de ellos, su general ha sido derrocado y ya no está al mando. // En esta isla no crece nada de hierba; una docena de cerdos sedientos, descendientes de una piara que viajaba en un barco que encalló en la isla, está echada bajo las palmeras, buscando un poco de sombra. Lo único comestible que hay en Clipperton son los millones de cangrejos que corretean por la superficie entera de la isla; son tantos que resulta imposible dar un paso sin aplastar unos cuantos caparazones naranjas.

Cada vez que el capitán Ramón de Arnaud camina por la isla, se pueden escuchar crujidos constantes de cangrejos reventados; el capitán luce, impoluto como siempre, el uniforme militar de gala austríaco, y su mujer va ataviada con un vestido de fiesta y enjoya sus manos y su cuello con diamantes. El capitán proclama: La evacuación no es necesaria.

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Fascinante

Victoriano se autoproclamó rey de Clipperton, convirtió a las mujeres en sus amantes y las fue violando y matando poco a poco; su reinado duró casi dos años.

Atlas

Una orden es una orden. Y la guarnición entera permanece en la isla: catorce hombres, seis mujeres y seis niños. Los barcos siguen sin llegar, ni de Acapulco ni de ningún otro lugar; las provisiones se están acabando y empiezan a aparecer los primeros síntomas del escorbuto: las encías sangran y las heridas supuran, los músculos se debilitan y las extremidades se contraen, el corazón deja de latir. Tienen que enterrar a los muertos en fosas muy profundas, para protegerlos de la voracidad de los cangrejos. // En algún momento de esta historia, el gobernador no pudo soportar más los chillidos de las gaviotas y el rugir de las olas, entonces creyó avistar un barco en el horizonte y se echó a la mar en un pequeño bote, con toda su guarnición, y se ahogaron todos. Ese día sólo quedó un varón vivo en la isla: Victoriano Álvarez, el antiguo vigilante del faro, ahora apagado. Victoriano se autoproclamó rey de Clipperton, convirtió a las mujeres en sus amantes y las fue violando y matando poco a poco; su reinado duró casi dos años. // El 17 de julio de 1917 las supervivientes lo mataron a golpes con un martillo y desfiguraron completamente su rostro; poco después un barco apareció por fin en el horizonte. Las mujeres y los niños hicieron señales, mientras los cangrejos se encaminaban hacia el faro, atraídos por la sangre fresca. Una pequeña lancha llegó a tierra y amarró en el antiguo muelle de la Phosphate Company, y las cuatro supervivientes y sus hijos dejaron atrás para siempre el atolón más desangelado del planeta. Varias horas después, desde la cubierta del USS Yorktown, se podía seguir viendo el naranja de los cangrejos que cubría la isla.




Las imaginarias vidas de tierras en espera de Crusoe
Un libro siempre es un acontecimiento. Este Atlas es, además, fascinante. No pregunte el lector si lo contado en él es científicamente cierto. No vale ese cuestionamiento ante el recurso literario. Nada, advierte la autora, ha sido inventado; nada es mentira, pues. Los marinos contaban historias y eran compartidas por otros, luego por otros y por otros. Así está conformada esta antología, esta alegoría, de tierras lejanas. “Este es un proyecto poético”, sostiene Schalansky. Y, en verdad lo es. Así debe leerse: como producto de una exquisita imaginación de una niña que soñó con su propia idea del mundo, en el que, asegura, los atlas, con sus líneas, colores y nombres, remplazaban lugares invisitables.
Mauricio Mejía