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Óscar Chávez y su lucha por el rescate de la música popular mexicana

El cantautor mexicano Óscar Chávez vuelve al Auditorio Nacional con un poco de son y un mucho de ironía el próximo 30 de agosto. El repertorio amplísimo del cantante, es producto de décadas de estudio, de búsquedas, hallazgos y encuentros con músicos de las más diversas regiones del país.
María Eugenia Sevilla
27 julio 2014 20:49 Última actualización 28 julio 2014 5:0
“Nunca pensé que íbamos a cumplir 17 funciones; el primero en sorprenderse y celebrarlo soy yo”, dice Óscar Chávez. (Edgar López)

“Nunca pensé que íbamos a cumplir 17 funciones; el primero en sorprenderse y celebrarlo soy yo”, dice Óscar Chávez. (Edgar López)

Esa voz baritonal, con la profundidad que ha adquirido en casi 80 años, suena casi con tirabuzón. Quizá porque fue hecha para cantar. Parca voz la de Óscar Chávez. Parece como si no le gustara que le preguntaran nada. ¿Para qué?. “Vengan a oírme”, mejor, advierte.

La oportunidad está a la vuelta de la esquina. Lleva unos cuatro meses preparando el concierto número 17 de los que realiza, cada agosto, en el Auditorio Nacional. Una fecha esperada por al menos 10 mil personas que suelen abarrotar el recinto de Reforma y Campo Marte, año con año, de forma ininterrumpida.

“Nunca pensé que íbamos a cumplir 17 funciones; el primero en sorprenderse y celebrarlo soy yo”, dice, con ese timbre oscuro que lo caracteriza, sobre el encuentro que es ya toda una tradición capitalina.

Y es que Chávez sabe dirigirse a la gente. Y la gente le devuelve devoción. Más allá de su carisma, él mismo atribuye ese cariño del público a la labor a la que ha dedicado su vida: el rescate de la música popular mexicana.

“Popular en el buen sentido, de la verdadera canción tradicional”, aclara, como si hubiera necesidad. Esas canciones, que descansan mudas entre los zurcos de acetatos empolvados o en la memoria ya mermada de cancioneros viejos en comunidades lejanas, se le metieron en las venas como una educación sentimental.

“Mi padre cantaba y tocaba muy bonito la guitarra; lo hacía muy bien, aunque nunca se dedicó profesionalmente. Crecí escuchando esa música, así que se me quedó la costumbre y la tradición”, comparte.
De niño tuvo su primera guitarra. Nomás que nunca la aprendió a tocar bien; la tiene abandonada. Dice que no es buen ejecutante. “Pero por fortuna siempre canté, desde la niñez”. Interpretaba lo que oía en los discos de casa y en la voz de su padre: “Canciones antiguas mexicanas, mucha trova yucateca, canción popular tradicional, y de ahí me seguí”, relata, así, a cuenta gotas.

Lo que vino después no fue sólo la interpretación, sino la investigación. El repertorio amplísimo de Chávez es producto de décadas de estudio, de búsquedas y hallazgos, de adentrarse en libros, cancioneros, encuentros con músicos de las más diversas regiones.

“La información existe, por fortuna; el trabajo es buscar las cosas, tener las antenas muy pendientes. Muchísimas no vienen en partitura”. Algo que hace de manera independiente porque, considera, hay pocos a quienes les interese adentrarse en este tipo de rescates. “Sigo viendo con infinita tristeza que no les interesa la canción antigua popular… ni la cultura”.

El cine me olvidó a mí
Con una veintena de discos grabados, el cantante no se arrepiente de haber dejado la actuación, disciplina en la que se inició como estudiante en la Escuela Nacional de Arte Teatral del INBA y en la UNAM. Su incipiente carrera lo llevó al set de ese hito cinematográfico que fue Los Caifanes, del entonces joven director Juan Ibáñez. “Sí, la hicimos en la Navidad de 1966”, recuerda. El gusto de actuar le duró poco, y no por gusto.

“No es que lo decidiera yo; las circunstancias me llevaron. Me ha sido menos difícil el camino de la música que el de la actuación. No es que olvide el teatro y el cine; más bien ellos me olvidan a mí”, dice. Y acota: “No es queja, para nada. Así son los catorrazos y no hay problema”.

El lado positivo de este olvido es que ha podido dedicarse con mayor ahínco a la música. Este año parte importante de su interés está centrado en el son, un género que si bien ha cultivado desde hace 40 años, estará presente en el próximo concierto, en su vertiente veracruzana. Pero también ha estado investigando sones de Jalisco, Colima y Nayarit.

“Hay una zona llena de antiguos sones que nadie recuerda, la gente ni imagina la riqueza de ese material”. Un acervo que se ha allegado siguiendo rastros. “Buscando viejas grabaciones, viejos testimonios de gente que aún vive y que conoce el tema. Es laborioso, pero me entusiasma porque es un género que existe en prácticamente todo el país, es muy interesante, lleno de valores, de belleza, y totalmente ignorado”.

La velada
El concierto que dará el 30 de agosto a las 20:00 horas en el Auditorio Nacional, no será muy distinto a lo que suele presentar en ese espacio. “Es, como siempre, una propuesta muy variada”.

Acompañado por el Trío Los Morales, el multiinstrumentista y compositor Ernesto Anaya y el percusionista Juan Gedovius, Óscar Chávez interpretará, con su característico toque de humor, música tradicional mexicana, canciones norteñas antiguas, música romántica y son.

“Tocaremos algunos sones antiguos veracruzanos que nadie recuerda. El fandanguito, Las olas del mar, La habanera… Los arreglos son de Héctor Morales”. Se trata de piezas que no han sido grabadas jamás, afirma, por lo que formarán parte de su siguiente producción discográfica, que espera lanzar antes de que termine este año.

“También habrá algo político”, añade respecto al programa, como la canción Se vende mi país, que en su presentación capitalina del año pasado usó como protesta ante la iniciativa de reforma energética. “Qué triste que sea una canción tan vigente”. El espectáculo lleva por título Kikirikí. “Para no ponerle que todos los gallos cantan en todos los gallineros”.