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Olivia Revueltas pone fin al destierro

"En México, hasta que sangramos nos reconocen", dice la pianista sobre su retorno a los escenarios nacionales. La persecución política alcanzó a la hija del escritor José Revueltas. Rebelde, como su padre, Olivia vivió en una especie de exilio en Estados Unidos durante 25 años.
Rosario Reyes
06 abril 2016 21:56 Última actualización 07 abril 2016 5:0
El exilio político le trajo, además, el amor. (Cortesía)

El exilio político le trajo, además, el amor. (Cortesía)

Te tienes que ir, porque si no, un día te van a desaparecer. Eso le dijeron a Olivia Revueltas su hermana Andrea y su cuñado Philippe Cheron.

La persecución política alcanzó a la hija del escritor José Revueltas (1914- 1976). Rebelde, como su padre, Olivia vivió en una especie de exilio en Estados Unidos durante 25 años, una salida obligada por el desempleo y el temor.

“Estuve 10 días en una huelga de hambre apoyando a unos compañeros campesinos en 1987 y después de eso me cancelaron todos los conciertos que tenía programados”, cuenta la pianista.
Fue entonces cuando recibió el consejo de su familia. “Así que me fui y allá hice toda mi obra”.

El exilio político le trajo, además, el amor. “Llegando allá, en el aeropuerto de San Antonio, conocí a mi marido, William, y desde entonces no nos separamos, hasta su muerte, en 2008”, recuerda la artista, quien se asentó en esa ciudad texana.

Abogado, su esposo se convirtió además en su representante. Un pintor y melómano que en su infancia fue bailarín de tap y alternó con Bill Bojangles Robinson -el compañero de baile de Shirley Temple-, y apareció en varias películas de Bing Crosby.

Celebrando a Olivia Revueltas
Teatro de la Ciudad, Donceles 34, Centro. Jueves 14, 20:30 horas
$200 y $300


Pionera del jazz en México, Olivia Revueltas comenzó su carrera en este país junto a músicos legendarios como Chilo Morán, Tino Contreras y Enrique Almanza. En Estados Unidos hizo carrera alternando con músicos como Roberto Miranda y Billy Higgins, con quienes grabó el álbum Round Midnight in L.A., en 1998.

Lo curioso –pero natural, si se toma en cuenta una genética que dio entre sus frutos a su tío, Silvestre Revueltas (1899-1940)- es que su formación fue totalmente autodidacta. Esto le permitió relacionarse con músicos de jazz y clásico sin prejuicios, afirma.

“Investigar por mi cuenta me sirvió, pero sí hay baches en la composición y en la técnica, que trato de compensar con mi personalidad y estilo de tocar el piano”, confiesa la madre de Julio Revueltas, reconocido guitarrista y compositor.

EL RETORNO
Hace tres años regresó a México
, pero será hasta el 14 de abril próximo retome sus presentaciones, con una gala en el Teatro de la Ciudad, en la que estará acompañada por el contrabajista Roberto Aymes y el baterista Luis Martínez.

Superó problemas de salud, guardó respeto por las celebraciones en honor al centenario del nacimiento de su padre y ahora está lista para volver a los escenarios.

“Voy a tocar una pieza de Aram Khachaturian, otra de Duke Ellington muy hermosa, Flor africana, otras de Miles Davis y un homenaje a George Gershwin. También, El hombre que yo amo, que no es Pedro, Rubén o Billy (su fallecido esposo), sino el ser humano”, adelanta.

De sus composiciones, interpretará una dedicada a la Ciudad de México, escrita con la nostalgia del exilio. Extrañaba, dice, las cáscaras de naranja en los charcos de lodo de los mercados callejeros.“Las calles tienen un lenguaje. Yo las admiro y pienso en todo lo que han pasado. Pero si recuperamos el civismo, la decencia, la ética, nos va a ir bien, sí nos salvamos; si no se rescata eso, nos vamos a arañar la cara unos a otros”.

JUSTICIA EN LA SANGRE
La familia Revueltas es reconocida por su militancia. Dice Olivia que su padre le inculcó un amor a la humanidad basado en el respeto, ese valor olvidado, dice entristecida a pesar de su permanente sonrisa.

“Estamos en medio de una crisis de todo, pero vamos a ver si empezamos en la lucha de uno por uno”, confía. Pero sus esfuerzos por mejorar el entorno no partirán más de la protesta. Ella ahora sólo busca compartir su música.

“Simplemente expresar lo que mi alma y mis ojos carnales ven: lo asimilo, se viene a esta maquinita que tengo en el pecho y se transforma en sonido. Nada más”.

Así cura el sabor agridulce que le dejó del exilio. Y también el que encuentra en su patria.

“Irme fue muy duro, pero me recibió el amor con los brazos abiertos. Y el aprecio. Lo que tuve fue la respuesta de un público muy apreciativo”, concede. “Pero aquí en México -las mujeres lo entenderán-, hasta que ven que sangramos, entonces ya nos dan el reconocimiento”.