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Objeto y memoria

10 febrero 2014 4:10 Última actualización 24 octubre 2013 5:2

 [El Centro Cultural del México Contemporáneo exhibe piezas de diseño industrial coleccionadas por Alexandre Lemaire / Cuartoscuro]



Silvina Espinosa de los Monteros

Dentro de ese peculiar mundo del arte en que conviven eventos privados y públicos, como símbolo de status, la noche del miércoles se ofreció una cena de gala para presentar la muestra denominada EYE Collection: El lado oscuro del diseño. Colección de Alexandre y Aurelia Lemaire en la planta alta del Centro Cultural del México Contemporáneo (Leandro Valle 20, Centro Histórico).
 

A la espera de los comensales, cuatro largas mesas rectangulares con sus respectivos distintivos ostentaban las palabras: Agua, Tierra, Aire y Fuego, lo cual no resulta sorprendente dada la trayectoria del francés Alexandre Lemaire como decorador e interiorista, responsable de diseñar más de un centenar de casas, hoteles, restaurantes y museos europeos. Pero que ahora llega a México para enfocarse en una de sus mayores pasiones: “el diseño efímero basado en conceptos decorativos para los eventos sociales y las bodas más exclusivas de la clase alta; una industria que oscila entre 300 millones y un billón de dólares al año”, como lo aseguran sus cartas credenciales ofrecidas a la prensa.
 

Hijo de padres coleccionistas, desde muy joven Lemaire se ha dedicado a esta tarea que él califica como “una enfermedad”. Por lo que el selecto grupo, que habría de degustar la cena regida por los cuatro elementos, estaría por conocer una selección de 200 piezas (de un acervo total de 3 mil) realizada por la Galería Archivo Diseño & Arquitectura, representada por la también curadora Regina Pozo.
 

Esculturas, lámparas, relojes, mesas, vajillas, cantinas, teléfonos con forma de labios, toda clase de animales de cerámica, desde changos hasta peces, cangrejos, ballenas y jirafas; a la par de obras artísticas de Gustavo Montoya, Diego Mattei y Pedro Friedeberg, conforman esta variopinta muestra que abarca un periodo de 1920 a 1979.
 

De acuerdo con Pozo, el objetivo de esta exposición -que abrió al público ayer miércoles y concluirá el domingo- es el de “comunicar la importancia del coleccionismo y la integración de esta clase de acervos pero, sobre todo, de compartirlos”.
 

Ataviado con saco azul, pantalón rojo, camisa de rayas azules y blancas, corbata de rombos y un búho dorado con pedrería en la solapa izquierda, Alexandre Lamaire afirma que su modo de coleccionar consiste en involucrar los cinco sentidos: “Es realmente una relación de amor entre la pieza y yo”. Aunque reconoce que hay buenas piezas, nunca compra en Internet, porque no las puede tocar ni oler. El coleccionismo, asegura, es una compulsión.
 

Lemaire hace una pausa y saluda de lejos a alguno de los invitados: “Aunque admiro lo que hacen, mi camino es muy distinto a los que compran arte contemporáneo. Yo jamás compro una pieza por su precio o lo que podría valer. Nunca he vendido una pieza, creo que he vendido dos en mi vida.”
 

Como un diletante que paseaba entre las mesas, antes de cerrar las puertas para convertir dicho espacio en un evento privado, Héctor Rivero Borrell, director del Museo Franz Mayer, comentó la importancia de esta colección de objetos, en su mayoría, de arte industrial: “Lo maravilloso es que gracias a los gustos y obsesiones de los coleccionistas, estas cosas no se pierden, porque de otra manera, de no ser apreciadas por alguien, acabarían en el bote de basura o hechas leña. Lo valioso de esta colección en particular, cuyas piezas refieren periodos históricos concretos, es que logra preservar la memoria del siglo XX.”