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Narradores de la muerte

Javier Valdez publica una crítica al ejercicio periodístico que da cuenta del rol que juega la censura en la lucha contra el narco. En 'Narcoperiodistas', el autor expone cómo el ejercicio reporteril no escapa a la intervención de delincuencia organizada e incluso del Estado.
Rosario Reyes
09 octubre 2016 20:36 Última actualización 10 octubre 2016 5:0
Aunque existe el periodismo de investigación, agrega, el oficio está coartado tanto por presiones externas como por la autocensura. (Édgar López)

Aunque existe el periodismo de investigación, agrega, el oficio está coartado tanto por presiones externas como por la autocensura. (Édgar López)

En la medida en que el narcotráfico avanza, se fortalece, se diversifica y llega a más regiones del país, se vuelve inevitable convivir con él, dice Javier Valdez, quien en su libro Narcoperiodistas (Aguilar, 2016) expone cómo el ejercicio reporteril no escapa a la intervención de delincuencia organizada e incluso del Estado.

El texto es una revisión autocrítica estructurada a partir de casos de periodistas amenazados, desaparecidos o muertos en Veracruz, Tamaulipas, Jalisco, Torreón y Sinaloa.

“Falta una mirada hacia adentro”, considera Valdez. “Con este libro conseguí diseccionarme. Veo mi mediocridad, mis incapacidades y quiero que las vean mis compañeros también. Pero no me gustaría que fuera un libro sólo para periodistas, ojalá que trascienda a los académicos, los servidores públicos interesados en lo que está pasando, legisladores y también a la ciudadanía”.

El periodista, originario de Culiacán, Sinaloa, donde fundó hace 13 años el periódico Río Doce, es corresponsal del diario La Jornada y ha publicado, entre otros, De Azoteas y Olvidos, Los morros del narco, Levantones y Con una granada en la boca. En el diarismo cubre diversas fuentes y ha reservado para sus libros el tema del narcotráfico.

AUTOCENSURA, EL OTRO MAL
Aunque existe el periodismo de investigación, agrega, el oficio está coartado tanto por presiones externas como por la autocensura. “Todavía estamos muy clavados en las declaraciones, ir a las salas de prensa y poner la grabadora al gobernador, el alcalde, el diputado, el dirigente empresarial o de un partido y registrar su dicho, aunque no corresponda a la realidad”.

El terror en algunas regiones es tal que impide el ejercicio periodístico, dice. “Es reportear el silencio, la nada; lo que se publica no tiene que ver con lo que está pasando. Entiendo que no hay opciones, te tienes que ir o someterte a esa dinámica fuertísima”.

Entre las historias que recoge en su libro, está la de un reportero tamaulipeco que ha tenido que optar por el exilio. “No le queda más que ver su casa por Google maps”.

Para avanzar en la problemática del narco, considera Valdez, hay que dejar de verlo como un asunto policiaco. “Ya no lo es. Es un asunto social, cultural, incluso es una forma de vida. Yo vivo rodeado de narcos, hay gente que te vigila; si no saben de ti, puede que te detengan o te golpeen, te amenacen, te sigan o te maten”.

Humanizar el oficio, dice, puede salvar las vidas de los periodistas, o al menos, aligerar riesgos. “Hay que aprender a contar el narco. Contar el suelo, la calle, la vida enferma del narcotráfico, esa paz narca, o la sicosis. No basta con contar los muertos, tenemos que ir y buscar la vida, porque cada uno de ellos tuvo sueños, odios, amores, proyectos. Hay que poner en el centro del periodismo a las personas, no los capos ni los políticos”.

Reducir el tema de la violencia a una fuente periodística, considera, es un error. “Todavía hay periódicos que dicen que no publican ejecutados porque no son policiacos. Esa es una mirada frívola e irresponsable. Los periodistas estamos en el centro del fenómeno del narco, pero también de la ‘guerra’, emprendida por el gobierno”.

Esta narrativa se agravó cuando con la fractura del Cártel del Golfo en 2008, que no sólo impactó a Sinaloa, sino que recorrió buena parte del país, el gobierno del expresidente Felipe Calderón emprendió la llamada guerra contra el narcotráfico, que en realidad no es tal, advierte el autor.

“Sí lo están combatiendo de un modo, pero con intereses, coyunturas, en función de cárteles, de legiones. No combaten el armamentismo y creen que detener a los líderes, a los sicarios y operadores es combatirlo”, observa. “Sabemos una pequeñísima parte de lo que es la bestia, pero es mucho más compleja, más enorme; no sabemos dónde está, quién es. ¿Dónde está el combate al lavado de dinero? ¿Una política contra el trabajo infantil en el narcotráfico? No hay nada eso, al contrario: sigue habiendo niños expulsados de las escuelas, en la pobreza, desnutridos, sigue habiendo narcoempresarios y narcopolíticos”.