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Naranjo a color

Con autorización de la editorial Turner Libros, reproducimos piezas poco conocidas del recién fallecido artista michoacano Rogelio Naranjo.
Mauricio Mejía
15 noviembre 2016 21:49 Última actualización 16 noviembre 2016 5:0
Rogelio Naranjo fue una naranja, tipo Gorostiza, que no envidiaba a la manzana del árbol prohibido de la ciencia del bien y del mal. (Cortesía)

Rogelio Naranjo fue una naranja, tipo Gorostiza, que no envidiaba a la manzana del árbol prohibido de la ciencia del bien y del mal. (Cortesía)

Rogelio Naranjo no merecía simpatizar por el Cruz Azul. Peor aún. El Cruz Azul no merecía que Naranjo simpatizara por él.

Claro que el azul fue un color de época en el futbol mexicano que aglutinó a los más disparejos, aquellos finales de los 60 y principios de los 70. El monero lo dijo, tímidamente, en aquel 97 en el que La Máquina ganó su último título de liga. Claro que le gustaba el futbol, como a Julio Scherer, que apostaba por el Atlante, o a Vicente Leñero, que se inclinaba por los perdedores, el Curtidores, o el que fuera.

Naranjo era tímido y tenía ojos de aguilucho que no sólo miraban líneas precisas en blanco y negro, como los cartones que lo hicieron famoso en Proceso o El Universal. No era, sólo, una especie de Durero semanal que hacía pedazos la imagen de los políticos y los empresarios que evadían el debido proceso ante los tribunales por salirse de la raya de la legalidad o la moral. No sólo eso.

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"Vivir en la raya" de Rogelio Naranjo

  

Naranjo

Hubo un Naranjo que fomentó la pintura, el cartel y la propaganda contra el imperialismo estadounidense en tierras latinoamericanas. Amante del jazz, de Francisco de Goya y Picasso, entre otros, el artista se dejó sentir con fuerza a finales de los 50. En Morir/vivir en la raya, el texto de presentación del bellísimo libro de editorial Turner, Angélica Abelleyra y Áurea Ruiz de Gurza subrayan esa etapa fresca de Rogelio, antes que Naranjo dominara la escena periodística nacional. “Hasta ese momento dividía su tiempo en afanes entre la caricatura, la pintura, la escultura y la joyería de fantasía”. De la destrucción orquestada por él mismo, dicen las autoras, sólo se salvaron tres piezas.

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Naranjo

Otra cara poco recordada de Naranjo es la del erotismo y sus pasos por Eros, Su Otro yo y Diva. Dicen Abelleyra y Ruiz de Gurza que “en todos los casos desplegaba mujeres poderosas que reciben gustosas la auscultación masculina desde una escalera; piernazas de hembra como torres-tijeras que presagian un escarceo, de menos emocionante; arrumaco encamable entre enamorado y maniquí. Eros e ironía. Sexo para no tomarse demasiado en serio la vida entre las sábanas, de auto de los recién casados o en la cama, que también es trampa ratonera”.

Desde instituciones sicológicas antiguas el ratón ha sido ligado al apetito sexual o al ayuno de esa necesidad fisiológica. Naranjo da color a la frustración que Joaquín Sabina llama el pan de cada día. En un país de mal comidos, de mal dormidos y de mal cogidos, el artista encuentra resonancia, justo en las revistas ajenas a las sanas costumbres del beso amoroso y el sexo con amor y lentejuelas. Carlos Monsiváis lo limita en este campo de letras (para Góngora el amor es una batalla en campo de plumas): “Para Naranjo la realidad estalla y se descompone en sexo y complot, el complot de las sillas que anhelan ser instituciones, el delirio erótico de las nubes que se organizan como acto sexual para liquidar su desprestigiada apariencia aborregada. El sexo, principio de identidad, se alía a Naranjo a esa destrucción del orden, donde naufraga la autonomía de las cosas”.

Rogelio Naranjo fue una naranja, tipo Gorostiza, que no envidiaba a la manzana del árbol prohibido de la ciencia del bien y del mal. Naranjo fue serpiente y una forma moldeada, línea por línea, por el Dios del equilibrio y del triángulo, símbolo sexual por excelencia.

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