AFTEROFFICE
culturas

Monsiváis, el profeta del caos

La crítica mexicana sigue echando de menos al escritor esencial. La muerte de Carlos Monsiváis hace cinco años dejó un hueco que, hasta ahora, ha sido imposible de llenar. Periodistas e historiadores que lo conocieron coinciden en eso.
Eduardo Bautista
14 junio 2015 19:44 Última actualización 17 junio 2015 23:1
“Monsiváis desnudaba al poder, y en México, el poder desnudo es ridículo", afirma el historiador Lorenzo Meyer.

“Monsiváis desnudaba al poder, y en México, el poder desnudo es ridículo", afirma el historiador Lorenzo Meyer. (Sabina Iglesias)

La muerte de Carlos Monsiváis hace cinco años dejó un hueco que, hasta ahora, ha sido imposible de llenar. Periodistas e historiadores que lo conocieron aseguran que quizás nunca vuelva a existir otro pensador dispuesto a criticar a la sociedad mexicana desde los pequeños pero reveladores detalles que ofrece la calle. Porque Monsiváis –dicen– no era de los intelectuales que vestían saco y corbata. No. Era de los que, en chaqueta y en jeans, metían las manos en el lodo para luego pulir críticas de una mordacidad inigualable.

El historiador Enrique Florescano sostiene que el autor de Amor perdido fue un personaje insólito: el escritor más popular que ha tenido México en su historia. Porque a Monsiváis no le daba vergüenza escribir sobre La Sonora Santanera o Julio César Chávez. Creía firmemente que en esos hechos se encontraba “el feroz desorden” de la vida mexicana.

“A Carlos le debemos una visión totalizadora del país. Mostró siempre las facetas de un país escondido. Fue un observador que reveló con gran destreza la actitud del mexicano en todas sus variables”, señala Florescano, uno de los amigos más íntimos de Monsiváis.

Al cronista de las gafas enormes y cuadradas ya no le tocó vivir sucesos como el regreso del PRI a la presidencia, la reforma energética o la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. ¿Qué hubiera escrito en su columna Por mi madre, bohemios?

“Hubiese puesto el dedo en la llaga de una manera tan distinta a la que ahora estamos acostumbrados. Analizar hechos como los de Iguala requiere de una visión múltiple de los fenómenos sociales. Y Monsiváis sabía cómo hacerlo”, afirma Humberto Musacchio. Florescano no lo duda un segundo: el ensayista hubiera preparado sus maletas y tomado el camino que lo llevara a la Escuela Normal Rural Isidro Burgos. Dicen que así era Monsiváis: impulsivo, desconcertante y vehemente.

Hay una faceta que no todos valoran del autor de Los rituales del caos: la del periodista. Jenaro Villamil cuenta que a Monsiváis le enojaba mucho que no lo consideraran reportero cuando su pasión más grande era la información. Dice que era un hombre muy cercano a los movimientos populares; no importaba si estos eran ecologistas, sindicales o universitarios.

El escritor Fabrizio Mejía Madrid cuenta en su crónica ¿Está el señor Monsiváis? (2004) cómo un grupo de jóvenes esperó durante horas al ensayista a las afueras de su casa en la colonia Portales. Querían llevarlo a ofrecer una plática sobre la contracultura. Monsiváis ya los había visto y no quería ir. Cuando creyó que los muchachos por fin se habían retirado, abrió la puerta. Para su sorpresa, aún estaban allí. Lo tomaron del brazo y lo condujeron hacia un automóvil. Cuando lo soltaron, Monsiváis se echó a correr.

Con los años, el cronista aprendió a vivir con la fama. Ser el escritor más público de todos debía tener un precio. Musacchio recuerda una ocasión en que él y Monsi desayunaron en el Fondo de Cultura Económica, al sur de la ciudad. Cuando salieron, la gente se lanzó sobre el ensayista como si éste fuera una estrella de rock. Le pedían autógrafos, se tomaban fotografías. Media hora pasó y Monsiváis no podía subirse al coche de Musacchio. De forma inexplicable, logró escapar. Ya en el asiento del copiloto, agitado y desconcertado, dijo: “Y pensar que toda esa gente no me lee”.

Justo por toda esa popularidad de la que gozó durante décadas, Monsiváis fue el pensador inmejorable para criticar los abusos de poder, sostiene el historiador Lorenzo Meyer. Para él, las críticas del escritor amante del cine mexicano y el danzón se necesitan hoy más que nunca. La opinión pública sería otra –dice– si Monsiváis hubiera destrozado las desaseadas campañas electorales de los partidos en las pasadas elecciones federales.

“Monsiváis desnudaba al poder, y en México, el poder desnudo es ridículo. Ya me imagino cómo hubiera dinamitado las falsedades de estos comicios, sobre todo las del Partido Verde. Se hubiera dado un auténtico festín. Al Bronco seguramente lo hubiera bajado del mito con una crítica a su pasado priista y sus ligas con los empresarios regiomontanos”, comenta Meyer.

Monsiváis escribió que “los mejores deportistas serán los mejores diputados suplentes”. Auguró que la crisis política llegaría a niveles insospechados. Hoy el ex futbolista Cuauhtémoc Blanco es el nuevo alcalde de Cuernavaca con casi el 75 por ciento de los votos.

Pero lo que más se extraña –agregan los entrevistados– es su sencillez para ver el mundo desde una perspectiva plural y ciudadana. “Era el ajonjolí de todos los moles, un hombre complejo e insustituible con gran peso en la vida pública”, resume Musacchio.

UNA PLUMA QUE DEJÓ CONSTANCIA DE MÉXICO
Nació el 4 de mayo de 1938 en el DF. Creció en el seno de una familia protestante. Desde muy pequeño participó en la emisión radiofónica Los niños catedráticos. De joven estudió Economía y Literatura en la UNAM. Luego se inició en la prensa. Colaboró en el suplemento La cultura en México, en la que también escribían Juan Rulfo, José Emilio Pacheco, Juan José Arreola, entre otros. Entre sus obras destacan Días de guardar (1971), Amor perdido (1976) y Los rituales del caos (1995). De sus aportaciones al periodismo destaca A ustedes les consta (1980). Fue autor, además, de más de 50 títulos entre crónicas y ensayos. Murió el 19 de junio de 2010 por una fibrosis pulmonar.
Tenía, por cierto, 13 gatos.