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Mira cómo bailo, plis

01 febrero 2014 10:7 Última actualización 22 noviembre 2013 5:2

  [La Fundación Amparo Serrano promueve el arte y el baile entre niñas vulnerables como medio de rehabilitación espiritual y emocional / El Financiero]


 
Mauricio Mejía
 
No es difícil encontrar los rastros de la niña que fue. Su mirada sigue conservando el brillo inconfundible de la travesura. Esta mujer que ha puesto a México en jeans desde hace varios años con esa irreverencia que llaman Distroller se llama Amparo Serrano, un nombre muy solemne para alguien que no cuela lo que dice ni cómo lo dice. Es mejor llamarla como todos, llanamente Amparín.
 
Cuando Amparín era apenas el trazo de una vida se sentía insegura. Y lo dice con toda seguridad. Lo tenía, como suele decirse, todo. Todo. En casa había grandes libertades, pero una regla inquebrantable: pasar de año en la escuela. Eso implicaba pasar, como fuera, matemáticas, geografía y civismo, materias no precisamente favoritas para quien vivía en un mundo al lado, un mundo, por decirlo de alguna manera, lleno de colores y de formas que no correspondían con la realidad que solía mirar el resto de sus compañeros de clase, incluso sus hermanos, quienes, por lo demás, dominaban a la perfección la aritmética y las factorizaciones.
 
Angustiada por no encajar de lleno con la razón pura, Amparín se tomaba las tardes para dibujar, al estilo Lucy en el Cielo con Diamantes, el mundo en el que se sentía tan cómoda como en playera y tenis. Además bailaba y pintaba. En ese mundo, del que no ha salido, adquiría la seguridad que acá, en lo concreto, no encontraba.
 
Hay otro camino en la vida de esas niñas; yo encontré ese otro sendero dibujando, pintando, bailando. El arte es una salida contra la depresión y la tristeza”.
 
Rubí es lo que llaman una pingüica. Ágil pelotita que se mueve con libertad por todo el patio. Asegura tajante que dar “marometas”, como las llama, la vuelve loca. Tiene apenas nueve años y se pinta de color azul cuando se le pregunta qué color sería si fuera plumón. Posee una risita que conmueve. No ha tenido tiempo de ponerse a pensar si es insegura. La vida ha sido especialmente dura con ella como con el resto de sus amigas que viven en Ayuda y Solidaridad con Niñas de la Calle, una de las 18 (12 en el Distrito Federal; tres en Querétaro y tres en Puebla) fundaciones que Amaparín, con el apoyo de la fundación Espinosa Rugarcía,  que dirige su madre Amparo Espinosa, apoya desde hace varios años para promover el arte como medio de recuperación espiritual en niñas abandonadas, maltratadas o abusadas física o sexualmente.
 
Cuando Amparín dibujaba, su madre -incansable defensora de mujeres desprotegidas- solía enmarcar y colgar las obras maestras de la manita casi dulce al lado de las pinturas de Diego Rivera. La insegura niña de pronto comenzó a sentirse reconocida y aplaudida.
 
Rubí llegó al albergue a los siete años, su madre no tuvo despensa suficiente para mantenerla a ella y a sus dos hermanas. Nunca habla de su padre, pero le gustan las nubes por blancas y libres. También los gatos y las pelotas. “¡Mira como bailo; mírame dar marometas! ¿Cómo lo hago, anda dime cómo la hago?”, exclama con un gesto que no sabe lo que pasa ni lo que ocurre.
 
Amparín es católica. “Bueno, no tanto, pero sí”, advierte. Se casó y se fue con su marido a vivir un rato a Nueva York. Allá comenzó a pintar platos y cerámica. Cuando regresó, empezó a venderlos como bolos para los bautizos. Inquieto gesto de la gracia, una tarde se atrevió a hacer dibujo a la Virgen de Guadalupe, de la que ella y su madre eran muy devotas. Causó maravilla. “Pero no a todos, siempre existen los conservadores”, advierte mientras bebe un poco de té sin azúcar. Los que la conocen de cerca no entienden de dónde saca tanta energía esta mujer menuda y tímida de ímpetu adolescente. El caso es que el talento, la creatividad y la perseverancia la han llevado a conquistar un país que, en mucho por culpa de ella, se atreve al neokitsch sin levantar la naricita.
 
“Este mundo es muy real. Nos hace falta algo de fantasía”, cuenta Amparín, niña a la que desde muy chica le advirtieron que Santa Claus y los Reyes Magos eran permisos que no debía permitirse. No obstante, ahora que medita, que se deja llevar por una forma “bien padre” del misticismo oriental, no niega que hay algo de divino en la tarea que hace más allá de venta de productos que encantan a mujeres, jóvenes y niñas de todas las clases sociales. Es común ver en escuelas particulares y públicas a alumnas que presumen sus mochilas Distroller, con la Virgencita diciendo “cuídame plis”. Amparín atribuye la fortuna de brindarse en la bondad de La Guadalupana. “Es algo divino. Es como una comunión. Hay que convidar la alegría de estar vivo y de hacer algo más para que los demás tengan una vida mejor. Las niñas son la parte más vulnerable de nuestra sociedad. Ojalá tengamos más plumones para convidar”.
 
Es algo divino. Es como una comunión. Hay que convidar la alegría de estar vivo y de hacer algo más para que los demás tengan una vida mejor. Las niñas son la parte más vulnerable de nuestra sociedad. Ojalá tengamos más plumones para convidar”.
 
Amparín
 
Las seiscientas niñas que participan en Libertad en Movimiento, como se llama la campaña asistencial de la Fundación Amparo Serrano, han comenzado el juego de la vida con el marcador muy en contra. Sus desgarradoras historias rebasan la imaginación más atroz. Sin embargo, son de una esperanza inquebrantable. Algunas de ellas se imaginan, al estilo de Chesterton, como un sábado por la tarde a la hora de ser un día de la semana. “Yo preferiría saberme viernes”, corrige, digamos Perla (su nombre se omite por decoro). “Es que el viernes hay clases de baile y ya no tenemos clases; bailamos y bailamos y la tarea la hacemos el fin de semana; eso me divierte muchísimo”. Perla llegó de Oaxaca un día que ya no importa. Se enteró que estaba embarazada, tenía quince años y sus papás, tranquilamente, la echaron de la casa. Sola, sin dinero, llena de lágrimas tomó el camión a Ciudad de México en donde nadie la esperaba.
 
Otro día sin importancia, tocó en Las Mercedes, en la colonia San Rafael, preguntando si podían aceptarla. La acogieron con cariño, le dieron cama y cobijo. Dio a luz y volvió a estudiar. Quiere ser criminalista y, cuando gane mucho dinero, crear una fundación que ayude a niñas en desamparo como ella. Desamparo nunca ha sido dicho de mejor manera.
 
Rubí ríe y se ilumina el mundo. No recuerda casi nada. Nadie le pregunta tampoco. La vida, escribió Ortega, es un verbo que se ejecuta hacia adelante. Amparín lo sabe. “Hay otro camino en la vida esas niñas; yo encontré ese otro sendero dibujando, pintando, bailando. El arte es una salida contra la depresión y la tristeza”, dice con ese desparpajo que tanto llama la atención de quienes la rodean. Cuando Rubí la conoció le dijo casi lo mismo: “Soy feliz cuando bailo; es lo que más me gusta en la vida”. Vivir es construir puentes, el baile, el goce casi religioso del baile, une a estas dos niñas -en el fondo nadie abandona del todo la infancia- bailarinas y libres. Dos niñas con realidades completamente opuestas, pero después de todos los extremos tienden a juntarse.
 
Alejandra (su nombre es otro) ha errado por media República. Desde Morelia, Guadalajara, Tijuana. Sus padres murieron y la compasión y la piedad duraron poco en los tíos. No faltaron los golpes y las amenazas mayores. Un día escapó con su hermana a la capital. Llegó a Tepito en donde se encontraba otra fundación de Las Mercedes. No almacena, en absoluto, rencor. Pinta lo que le gusta, a veces los árboles, a veces la luna, a veces rostros. “Pero lo que más me gusta es escribir canciones de amor”, dice y las ventanas de sus ojos arrojan viento al cielo.
 
“Algún día”, asegura, “mis canciones se escucharán en todos lados”. ¿Cómo lo sabes? “Lo sé porque todo el mundo quiere ser feliz y a todos nos gustan las canciones de amor…”