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CULTURAS

Meterse en la pintura 

Hoy es posible ver las obras de arte más espléndidas de la civilización por medio de Google Books, donde se encuentra "El enigma de la luz", un libro de Cees Nooteboom que te hará viajar a través los mejores museos del mundo sin moverte de tu sillón.
Mauricio Mejía
29 mayo 2014 21:45 Última actualización 30 mayo 2014 5:0
Bruegel, el artista que transmitió misterios en imágenes que nadie entiende. (Cortesía)

Bruegel, el artista que transmitió misterios en imágenes que nadie entiende. (Cortesía)

Viernes. Ha sido una semana muy pesada. ¿Qué hacer en estos días? Claro, visitar los grandes museos del mundo. No es un asunto de dinero, obvio, sino de tiempo. Porque el lunes…

Pero se puede. Desde luego que se puede. El mundo de ahora permite tantas cosas, tan a la mano. Tampoco es necesario buscar. Ir a lo seguro. Comprar, en la librería más cercana, El enigma de la luz, un viaje en el arte de Cees Nooteboom. Las 143 páginas son buena compañía para el sábado por la tarde o domingo por la mañana. El autor se ha tomado la molestia de ir a los grandes museos y compartir lo que vio. Leer. Poner en imágenes de Google las obras de las que habla. Por ejemplo, La parábola de los ciegos, de Pieter Bruegel. Dice Nooteboom, página 87:

“Estos lienzos que tan familiares nos resultan, que pertenecen al arsenal de imágenes de nuestra vida, adquirirán con el tiempo un significado distinto, un significado que nosotros ignoraremos, como les sucedió a los contemporáneos de Bruegel, que nunca hubieran sospechado que el imaginario del pintor encajaría a la perfección en un mundo futuro, medio milenio después, en una época en la Ícaro sí sería capaz de volar”.

Se está en los mejores museos del mundo. Ante las obras que valen la pena. Y en casa. El arte se ve desde dentro. Adentro de las pinturas. Buscar a Edward Hopper. Sí: Morning Sun. Ver la pintura unos minutos. Ir a la página 135. Dice el estupendo guía:

“Un poeta que ama a un pintor no puede remediar ver los cuadros de éste como seres vivos, como personas incluso, o, cuando menos, como objetos con un universo propio que el cuadro permite visualizar. Si el espectador es el mismo, el cuadro no varía”. Hay que ir más lejos, a la profundidad del cuadro: “Es obvio que esos personajes no saben que estoy mirando. El pintor me ha convertido en su cómplice. Cuanto más miro, más angustia me provoca el cuadro”. Se está, en esta ocasión, en Ámsterdam.

Nooteboom lleva a Múnich a ver al filósofo sin ojos: De Chirico. Página 68: Dice que magia es lo que siente su alrededor. “Dejémoslo así, de momento”, advierte. Avisa que algo bello viene folios adelante (el lector busca El enigma de la tarde de otoño). “Que un pintor considere que algo es un enigma no dispensa de la obligación de intentar desvelar dicho enigma, pues eso es precisamente lo divertido. ¿Ah, sí? ¿Y qué sucede cuando has logrado saber más?”, se pregunta. “Aquí de lo que se trata es de enigmas”. A veces, como sucede con un cohete teledirigido, dirá en la página 70, la obra de arte se dirige justamente a ese objetivo en tu interior que alberga un enigma semejante al expresado por la propia obra.

Las visitas guiadas a los museos más importantes del mundo están resultando fascinantes. ¿Por qué? Responde el mismo De Chirico: “sigue siendo un misterio también para mí”.

Se llega a Milán para visitar a Leonardo. La ciudad está desierta, pero Google, otra vez, acerca al destino: La última cena. El guía Nooteboom es atento, página 64:

“Las palabras acaban de ser pronunciadas: ‘Uno de ustedes me traicionará’. Sí, acaba de suceder. Y sus palabras flotan en el aire como un juicio terrible, un presagio de pasión y de muerte entre esos doce hombres y sus manos tendidas, alzadas, que reposan, que señalan.

Esto es una pared, piensas, no como otras tres paredes en las que te encuentras, pues lo que ven tus ojos no sucede sobre una pared sino en una sala, un espacio preconcebido, imaginario”. El guía es, acaso, muy claro: “El hombre que acaba de pronunciar esas palabras para siempre, se encuentra completamente desamparado delante de una de las tres aberturas de la inexistente pared tras la que apunta un claro paisaje bajo la luz del atardecer. Su mano izquierda, vacía, se mantiene abierta con la palma hacia arriba, como si necesitara llenarla de algo…”.

En Würzburg, página 29, el guía lleva a Tiépolo. Hace observaciones de Europa, una de las obras deslumbrantes del artista. Los turistas del Google van con él hasta la página 36 del libro. Y dicen con él:
“Es excesivo, no puedo más. Rodeado por ese fastuoso esplendor, miro hacia fuera, al laberinto artificial de jardines, pero ya no soy capaz de asimilar nada más”.

Será un fin de semana, pues, en los grandes museos del mundo. Nooteboom y Google han permitido un experiencia maravillosa. Afuera anochece. Aquí viene el lunes.