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Marco Antonio Silva, el hombre que 'hace bailar a las piedras'

El coreógrafo y director escénico Marco Antonio Silva tocaba en una banda de rock. Desde entonces creía que el arte es tan natural como respirar. Este año ganó la Medalla de Oro de Bellas Artes. Conoce su historia. 
Rosario Reyes
25 diciembre 2014 20:31 Última actualización 26 diciembre 2014 5:0
Marco Antonio Silva, el hombre que hace bailar a las piedras. (Foto: Édgar López)

Marco Antonio Silva, el hombre que hace bailar a las piedras. (Foto: Édgar López)

Para Marco Antonio Silva el arte escénico es lo mismo que respirar y dejar que la sangre fluya. Lo es desde que empezó tocando en una banda de rock, para preocupación de su padre.

“Si sigues así, sólo te esperan la cárcel, el hospital o el panteón”, le pronosticaba aquél. Y cómo no, era su único hijo. Pero el arte le abrió una nueva ruta: la danza, a la que llegó tardíamente, a los 23 años. Aunque no fue demasiado tarde: el fundador de la compañía Utopía Danza Teatro posee una nutrida trayectoria que le mereció la Medalla de Oro de Bellas Artes este año.

Para él, bailar fue un asunto vital. “Yo llevaba una vida muy desbocada y en la danza encontré un camino”. Inspirado por una lectura de Constantin Stanislavski que recomendaba a los futuros actores estudiar música, esgrima y ballet, Silva sometió su cuerpo a un rudo entrenamiento.

“Me encontré en la Casa del Lago unas clases de lo que llamaríamos ahora acondicionamiento físico, que tomaban compañeras que se dedicaban en esa época al vedetismo, y ahí entendí que la provocación, el sudor, el movimiento no eran un ejercicio físico, eran un ejercicio del alma, de la emoción”.

Es un formador de bailarines. Tanto en su compañía como en las clases, personas de todas las profesiones sacian la misma necesidad de expresión, a través del movimiento corporal. “Para mí la danza es un referente obligado: respirar y bailar, expresarse a través del movimiento, es lo mismo”.

Tiene fama de lograr hacer bailar a las piedras. “Utopía surgió como la inquietud de poder lograr integrar un grupo de personas que teniendo otra profesión, bailara. Una de mis alumnas fue Carmen Aristegui, la primera entrevista que yo tuve fue con ella y la conservo en unas hojas de papel Revolución, que ella me entregó porque había sido parte de su tarea”.

Como coreógrafo, sus motivos se manifiestan en el escenario. “Ese enorme espejo en el cual nos mostramos los autores y el público se refleja al darse un tiempo para mirar a otro ser humano. Hay una condición humana en la danza, que la hace si no única, muy especial: siempre mirarás un cuerpo, a un ser humano que con mayor o menor talento estará exponiéndose, desnudándose enfrente tuyo”.

Pero en su creación, Marco Antonio Silva concede un sitio privilegiado a quien baila. “Yo parto de una idea, un impulso, pero es el bailarín el que le da sentido”. Una danza sin bailarines, dice, está en papel, hace falta la intervención del intérprete para que con su temperatura, su historia personal y el entorno, se complemente esa suerte de aventura filosófico-dancística que es la obra de arte".

“Evidentemente cada cuerpo aporta según las novedades de su historia, en relación al propio momento que está viviendo”, agrega el autor de piezas como In memoriam, dedicada al Frente Farabundo Martí; Doble circulación, una creación sobre la muerte; o En espera de Ulises, interpretada por 15 varones. “La danza que se hacía en 1950, cuando Guillermo Arriaga crea Zapata, una obra emblemática, era muy distinta a la danza que en este momento se puede generar a partir de los acontecimientos que vive el país”.

A partir de la caída del Muro de Berlín, que “rompió un paradigma de futuro”, la sensación de pérdida de las utopías invadió el ánimo del mundo y surgieron nuevos conceptos en el arte. “Yo me negaba a que eso fuera parte del horizonte que yo visualizaba”, recuerda. No es casual que su compañía que lleve por nombre, precisamente, Utopía.

Él, que este año concluyó su periodo de creación como becario del FONCA con una gira en Michoacán del grupo de jóvenes en riesgo a los que enseñó a bailar, llama a la danza “acciones extra cotidianas”, en las que el movimiento rompe con la convención y entonces surge el arte.

Más allá de la danza, también ha incursionado como director escénico. “Mi quinta profesión fue como productor y la sexta, yo diría que como creador de situaciones escénicas”. Y a los 61 años de edad, en plenitud creativa y vital, volvió a su primera vocación: la actuación, como parte del elenco de la obra Aquí y ahora, que terminó temporada en septiembre, bajo la dirección de Hugo Arrevillaga.