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Manifestaciones culturales: ¿bien común o mercancía?

10 febrero 2014 4:17 Última actualización 02 octubre 2013 5:2

[Especialistas debaten en el II Foro Economía y Cultura / Cuartoscuro]


Carmen García Bermejo
Considerar la cultura como recurso económico ha sido una de las políticas gubernamentales de las últimas décadas. Expertos en la materia demuestran que, en América Latina, esa tendencia sólo mercantiliza las manifestaciones culturales, pues el actual modelo socioeconómico impide la generación de mercados internos en los que la cultura prevalezca como un bien común y no como mercancía. Y para echar a andar esta estrategia, los gobiernos han impulsado la formación de “gestores culturales” que respondan a la lógica de la economía de mercado, dejando de lado que las manifestaciones culturales son un derecho de los ciudadanos dentro de una propuesta de transformación social.
 
Estos aspectos han sido abordados en el II Foro Economía y Cultura, recién organizado por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). En este encuentro, diversos especialistas abordaron tanto los nuevos modelos de intervención desde la economía solidaria, hasta las disputas actuales sobre la propiedad de los bienes culturales, así como las experiencias, problemas y contradicciones de lo que significa ser, en América Latina, un gestor cultural.
 
El debate se centra en dar respuesta a varias preguntas: ¿debe comercializarse la cultura o no? Si se mercantiliza, ¿a quién beneficia: a las grandes corporaciones y a los actores rapaces de la comunidad? En este proceso de comercialización, ¿la cultura puede generar algún tipo de desarrollo en las comunidades? ¿Se usa la cultura sólo como un recurso para el mercado, dejando de lado que también es un derecho? ¿Cómo construir nuevas redes de distribución para ganarle el paso a los grandes productores y distribuidores hegemónicos?
 
Para el investigador Jorge Linares Ortiz –docente en la Academia de Arte y Patrimonio Cultural de la UACM– la cultura, en América Latina, está en el centro de los discurso de gobiernos y políticos, aunque en la región haya una profunda diversidad que marca diferencias no sólo entre países, sino al interior de cada una de las naciones.
 
“En Latinoamérica –acota– se viven profundas desigualdades, tanto en la dimensión económica, como en la política y social. Y justo dentro de estas condiciones es donde nace, desde las grandes corporaciones, un nuevo campo para interceptar la economía y la cultura. Entonces, se generan los discursos para resaltar los ‘beneficios’ de las industrias culturales, haciendo énfasis en que estas industrias de las artes y las ideas también generan grandes ganancias. Pero no dicen para quién.” 
 
Linares Ortiz añade que en América Latina se viven problemas comunes para implementar el binomio economía y cultura. Uno de los principales obstáculos está en los reglamentos de las leyes fiscales y las normas para la apertura de establecimientos mercantiles, mismos que imposibilitan el desarrollo de varios proyectos culturales propuestos por colectivos de artistas o grupos culturales. Tan sólo en el Distrito Federal los espacios alternativos padecen el hostigamiento de funcionarios delegacionales, además de que cuando promotores culturales solicitan recursos públicos para mantenerse en activo les son negados.
 
Aunado a esto, el investigador precisa que los gobiernos de la región se han limitado a propiciar, como política cultural, la emisión de becas, las cuales son escasas, en comparación con la demanda real:
 
“Las becas –subraya– son presupuestos simbólicos y generalmente promueven la elitización de los recursos públicos. Lo increíble es que el resultado que se obtiene de éstas no tiene un impacto en la población debido a la falta de difusión y distribución de los bienes culturales que producen los becarios. Porque los procesos de distribución están concentrados en agentes hegemónicos que controlan esa dinámica, ya que persiguen fines de lucro, y los gobiernos tampoco hacen un esfuerzo por fortalecer y diversificar la distribución. Consideramos que el cruce entre la economía y la cultura debe saltar esas brechas para construir nuevas redes de distribución, donde se le gane el paso a los productores y distribuidores rapaces.”
 
Emprendedor cultural
Por su parte, Santiago Niño Morales –profesor de la Facultad de Artes de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas, en Colombia– refiere que el actual modelo socioeconómico que prevalece en los países latinoamericanos tiene poca capacidad de generar mercados internos y de proteger eficazmente la microempresa vinculada a la cultura. Por lo tanto, no favorece aspectos claves, necesarios, para los emprendimientos del sector.
 
“Estos modelos de libre mercado –reitera–, de especialización en el recurso abundante basado en los principios elementales de las escuelas liberales, nos dejan muchas preguntas sobre si ese tipo de organización económica favorece las capacidades de generar valor agregado en la cadena productiva de nuestras economías. La respuesta es, no. Necesitamos mecanismos combinados de protección que permitan que algunas empresas puedan tener tiempo para madurar, crecer y abonar al sistema económico. Nunca se ha pensado que la cultura pueda transitar por este camino.”
 
El investigador colombiano añade que uno de los problemas comunes en la región es que, en los centros de decisión política y económica de los países latinoamericanos, no se toma en cuenta la capacidad que tiene el sector cultural para transformar la sociedad. Se habla de la cultura como recurso económico, pero no como un campo con capacidad de liderar los cambios de orden socioeconómico.
 
“La cultura puede hacer mucho para generar la mutación positiva de la sociedad –afirma Santiago Niño Morales–. Se debe entender que la cultura conecta con muchos sectores de la población y puede convertirse en un escenario especial e importante de reconfiguración de lo que han sido desajustes, tensiones y desequilibrios en nuestros procesos de desarrollo. Se necesita acompañar a la cultura con cambios positivos para mejorar las condiciones de vida y situación económica de los habitantes.”
 
En tanto, Boris Marañón Pimentel, del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM, y Dania López Córdova, de la Facultad de Economía de la UNAM, explican que las personas que participan en las industrias culturales deberían de tener la posibilidad de vivir de lo que producen. Y aunque eso implique un lucro, deben de conservar los elementos de identidad que la caracterizan para que no sean consideradas sólo como activos de mercado, donde el valor monetario es lo que prevalece.
 
Los investigadores precisan que en el caso del trabajo que realizó Ernesto Piedras, en 2005, sobre el impacto de las industrias culturales en el Producto Interno Bruto, sólo se contabilizó a aquellas empresas que ofrecen bienes relacionados con el derecho de autor. Y, de cualquier forma, se trata de un proceso de privatización de las actividades culturales, porque se crea un falso modelo donde se coloca el derecho de autor como un elemento fundamental de la generación de la renta.
 
“Aquí –sostienen Marañón Pimentel y López Córdova–, el modelo socioeconómico de libre mercado que prevalece en los países latinoamericanos ha empujado al músico, al pintor, al coreógrafo, al escritor, al bailarín… hacia el campo del ‘emprendedor cultural’. Cuando se plantea que la cultura puede ser un motor de desarrollo económico, se piensa en los artistas como ‘gestores culturales’. Si antes ellos eran considerados como personas sujetas a gran vulnerabilidad laboral, se convierten en empresarios de la creatividad y amantes del riesgo, dispuestos a profesionalizarse para participar en el mercado o recibir apoyos financieros del sector público. En realidad, esto muestra la dificultad que tienen los artistas para encontrar opciones y desarrollar sus proyectos con la intención de obtener ingresos.”
 
Ambos investigadores recuerdan que ese discurso del “emprendedor cultural” irrumpe en la década de los noventa en Gran Bretaña, donde se empezó a hablar ya de industrias creativas, así como de artistas e intelectuales liberados de la protección del Estado y del yugo del jefe. Se trata de la búsqueda de un trabajo que dé libertad, autonomía y autenticidad. De inmediato, esa postura fue acogida –por quienes diseñan las políticas públicas– como una forma de autogestión del trabajo, donde hay menos derechos, pero también donde se rompe el pacto social.
 
“Este discurso es eminentemente neoliberal –aseguran– y tiende a una mercantilización de todas las relaciones sociales. Ahora hay muchos ‘emprendedores culturales’ porque buena parte de ellos han sido movidos por ese discurso, aunque estén sujetos a la explotación, a la incertidumbre económica con relación a sus ingresos, a tener o no trabajo, y a una jornada laboral fuera de la ley. Es una relación de autoexplotación-productividad donde no cuentan con seguridad social.”
 
Los investigadores mencionan que ese modelo del emprendedor ya entró en crisis porque hay una sobreexplotación laboral y una concentración de la riqueza y del poder. Lo que se plantea en estos momentos es la cultura como un bien común y no como un bien privatizado o como mercancía producto del trabajo individual. Porque, en economía, recurso es todo aquello que permite hacer ganancias. La apuesta es por la cultura como derecho para enriquecer y no para envilecer la humanidad.