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¡Malditos cachorros, nunca ganarán la Serie Mundial!

Chicago busca su pase a playoffs; su última conquista del Clásico de Otoño fue en 1908. En el mundo soplaban aires de paz después del final de la Segunda Guerra Mundial cuando el Cachorros jugó su último partido, hasta ahora, por el título del mundo.
Mauricio Mejía
22 septiembre 2015 22:35 Última actualización 23 septiembre 2015 5:0
Chicago busca su pase a playoffs; su última conquista del Clásico de Otoño fue en 1908. (AP)

Chicago busca su pase a playoffs; su última conquista del Clásico de Otoño fue en 1908. (AP)

Al final de los años 50, un reportero preguntó a Ty Cobb por la calidad del beisbol de las Grandes Ligas. Cobb, quien se había retirado el 11 de septiembre de 1928 (debutó el 5 de agosto de 1905, con el Tigres de Detroit más grandioso), fue contundente: “es basura”. ¿Qué porcentaje de bateo tendría en este momento (ese momento) usted?, insistió el hombre de la prensa. “Digamos –respondió el Gran Durazno- que un .377”. “¿Tan poco?”, se asombró el entrevistador. Cobb sacó el veneno que tanto le caracterizó: “Bueno, tome en cuenta que Ty Cobb tiene 70 años...”.

En aquel 1908, el Tigres se hizo del gallardete de la Liga Americana con 90 ganados y 63 perdidos. Cobb, de 21 años, bateó para .324 y 108 carreras producidas. Era el anuncio de un tornado, el más intenso del que tenga noticia hasta ahora el diamante. Ni Ruth fue tan devastador como el Durazno de Georgia: terminó su carrera de 24 años con un .366 de porcentaje, mil 933 carreras impulsadas y 892 bases robadas.

Todo mundo daba como favorita para ganar la Serie Mundial a aquella novena, pero enfrente tenía un edificio de pitcheo. Chicago se apoderó de la Nacional con 99 ganados, 55 perdidos y un juego de ventaja sobre el Piratas de Pittsburgh (con el que en este fin de semana inicia serie en un pleito cabeza con cabeza por el segundo lugar de la Central de la Nacional).

Otro beisbol aquel. El bullpen cachorro tuvo como emblema a dos gigantes de la loma: Mordecai Brown, 29 ganados, 9 perdidos, un ya imposible 1.47 de carreras limpias admitidas y 27 juegos completos (igual de increíble), y Ed Reulbach, 24-7, 2.03 y 25 rutas terminadas.

Ambos equipos (rivales en el Clásico de Otoño de 1907; ganado 4-1 por el Cachorros) lograron sus diplomas en el último día de la temporada regular. El 1 de octubre la serie abrió en Detroit. El Tigres ganaba 6-5 en la novena entrada, pero seis hits consecutivos de la ofensiva de Chicago hicieron pedazos el brazo de Eddie Summers, quien cargó con la derrota 10-6 al recibir cinco carreras limpias en el cierre del juego. En el juego 2, en Chicago, el Cachorros resolvió el debate con seis carreras en el octavo inning (6-1). Ty Cobb no aparecía aún. Lo hizo en el tercero, con dos impulsadas, un 4-5 y un doble en el triunfo felino de 8-3. Fue lo único. Tres Dedos Brown se encargó de poner la serie en ruta al Medio Oeste: su segundo triunfo fue una blanqueada en el cuarto (13 de octubre, Detroit) con pelota de cuatro hits, cuatro ponches y ninguna base por bolas (3-0). Orval Overall ponchó a 10 en el quinto y final y se apuntó la victoria de 2-0 sobre Donovan.

Aquel 14 de octubre de 1908, ante 6 mil 210 personas (la entrada más baja en la historia de las Series Mundiales) en el Bennett Park de Detroit, el Cachorros se convirtió en el primer bicampeón en el Clásico de Otoño. Hasta ahora no ha vuelto a levantar el trofeo de campeón del mundo.

Todo en el beisbol es esotérico. Es matemática pura, dijo El Mago Septién. Pero tanto número sólo es soportable en la fábula, en el relato fantástico. Aquí hay algo de trágico, también. Un día (bueno, no un día, si no “el día”; era el cuarto juego de la Serie Mundial del 45) Billy Sianis quiso entrar al parque del Cachorros con una cabra, a la que algunos llamaron Murphy. Desde luego no lo dejaron entrar con el animal, por el mal olor que despedía. Sianis, abunda la leyenda, pidió hablar con el señor Wringley, dueño del equipo. Tampoco permitió que la pareja se hiciera de un lugar en las gradas. El griego, tenía que ser, gritó: “¡Malditos Cachorros, nunca ganarán la Serie Mundial, no hasta que dejen entrar a mi cabra a este parque!”.

Malas noticias, Murphy murió antes de que las autoridades del parque cambiaran de idea. El mito esconde un hueso estético: en aquel cuarto partido del Clásico, el Cachorros ganaba la serie 2-1 al (todo se cierra) Tigres de Detroit, sí el mismo equipo al que vencieron dos veces seguidas en la primera década del siglo XX. La maldición del griego rápidamente surtió efecto. Detroit no sólo empató el debate: lo ganó 4-3. En el mundo soplaban aires de paz después del final de la Segunda Guerra Mundial cuando el Cachorros jugó su último partido, hasta ahora, por el título del mundo.

Seis años después de aquel enfrentamiento ante el Tigres, Tyrus Raymond Cobb falleció en Atlanta, Georgia, a la edad de 72 años y 211 días.